“Esta noche el cuerpo me pide comisaría” (y II), salir del pozo para ir al calabozo

Encadenado en Tailandia

Esta es la segunda parte de las desventuras de mis colegas la noche en que la policía los enjauló por haberse tomado unas copas durante el estado de emergencia por Covid en Tailandia. Lee la primera parte de la historia en este enlace.

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Lo de la policía en Bangkok es un asunto muy poco serio que al torcerse te pone en un estado muy recio. Todo son risas cuando un fulano se salta un semáforo y le piden un puñadito de dólares para esquivar la multa. Pero el drama se planta si un agente con ganas te coloca un poco de polvo en un bolsillo y luego te registra con ansia.

La mayoría de policías, hay que decirlo, son tipos majos. Pero si a un malnacido uniformado y con poder se le paga un salario con el que no le llega ni para pipas, lo común es que abuse de su placa para pagarse los arroces y las birras. Sin embargo, lo peor que a un tipo despistado puede pasarle es verse envuelto en mitad de una operación policial mediática para darse un baño de masas. Y eso mismo fue lo que les había pasado a mis compas.

Acababan de sacar a los muchachos de aquel pozo ya nada clandestino donde servían copas, el Secret Story, y los montaron en una lechera de la policía de Bangkok. Aquello ya olía a gran evento, porque normalmente los maderos montan a los malos en la parte de atrás de sus camionetas como si fueran sacos de arroz. Lo de tirar de furgón decorado era para lucir guapos en las televisiones. Que por algo los polis estaban grabándolo todo aquella noche.

Bar ilegal Bangkok

Foto distribuida por la policía para regar los medios locales y mostrar a los ‘malos’ haciendo ‘maldades’.

Todo lo de aquel viernes noche era parte de un plan para copar las noticias del fin de semana. La credibilidad del Gobierno liderado por el golpista Prayuth Chan-ocha se desmoronaba, con todo el fregado de las vacunas al desnudo y Tailandia en jaque. Las protestas callejeras se multiplicaban y las redes sociales ardían. Era el momento más oportuno para que el Ejecutivo se quitara responsabilidades y buscara a un contrario a quien cargarle el entuerto.

Porque mientras los agentes de Bangkok ponían patas arriba el Secret Story, en Pattaya la policía protagonizaba redadas en todos los restaurantes que hacían las veces de bares con oferta de vicio. A la mañana siguiente, las televisiones tailandesas hablarían únicamente de las detenciones en la ciudad costera, y se guardarían todo lo grabado en el bar del soi 22 de Sukhumvit para abastecer los telediarios de la noche y luego de todo el domingo.

Don Vito, Pirata y toda la tropa, obviamente, desconocían que la policía había montado semejante operación para señalarlos a ellos como el enemigo, así que cuando iban de camino de la comisaría pensaron que pasarían por caja y podrían volver a casa. Solo El Sabio, hundido al verse sin dinero y a pocos días de volver a Mataró, se llevaba las manos a la cabeza.

Los muchachos llegaron a la comisaría de Thong Lor y fueron dirigidos a una mesa gigantesca. Las mujeres estaban en un lado y a ellos los colocaron frente a ellas. Pusieron unas botellas de agua para ver si así, trago a trago, se les pasaba la mona. Y cuando dieron buena cuenta de sus aguas, con las vejigas cargadas, pidieron a todos que mearan en botecitos. Si trincaban a alguien con rastros de droga en la orina ya se hubiera dado la campanada.

Comisaría de Thong Lor Bangkok

La comisaría de Thong Lor es conocida por ser la más chanchullera de toda la capital. Foto: archivo.

Sin embargo, dos horas más tarde se filtró por ahí que todos los análisis de orina habían dado negativo en consumo de drogas. Resultó evidente que se necesitaba a un interlocutor, y fue entonces cuando un agente avispado se dio cuenta de que Don Vito, con su porte de tipo apuesto -pero ante todo por su notoria tranquilidad-, era el más indicado como portavoz de los extranjeros arrestados.

Más que nada porque mi amigo estaba ahí tranquilo dejando pasar las horas como si nada. Para un muchacho que en la discoteca pide una silla y se sienta a ver el panorama, con toda la calma, aquello de la comisaría era hasta acogedor. Solo le faltaba una Chang dentro de un termo de café.

El agente se acercó a Don Vito y le mostró un teléfono móvil. En la pantalla se veía un mensaje dentro de un traductor:

“Estabais reunidos en un bar con más de 20 personas, por lo que habéis incumplido la normativa de emergencia contra el contagio de Covid. Por ese motivo estáis arrestados. Se procederá a tramitaros una ficha criminal”.

Allí se estrenó el espectáculo. La policía empezó a llamar a los detenidos en grupos de tres, empezando con las mujeres, para requisarles todas sus pertenencias. Sobre todo mecheros y tabaco, pero también sus teléfonos móviles. Los detenidos subían arriba, ya que al contrario de lo que sucede en las películas, los calabozos no estaban en el sótano, sino en la planta superior.

Cuando mis compas llegaron allá arriba recordaron el mítico tema de El yonki, de Estopa, y entendieron que aquella noche dormirían en el pozo, o si no, en el calabozo. Qué carajo, se imaginaban pululando por ambos sitios.

 

Barrotes oxidados y agujeros meados

 

Policía tailandés

Mis muchachos estuvieron en su celda más apretujados que la barriga de un oficial siamés embutida en su entallado uniforme de marrón. Foto: The Thaiger.

La policía de Thong Lor pone cierto empeño en que no se filtren fotos del estado de las celdas en su comisaría, y por eso le requisaron a Don Vito su teléfono cuando subió las escaleras. Aquello olía mierda y orines, ya que los escasos diez metros cuadrados de calabozo que les asignaron a todos los hombres arrestados estaban coronados por un agujero que hacía las veces de lavabo. Sin siquiera un cubo de agua, la única manera de limpiar los rebosantes restos de cagalera era meándose encima de ellos. A la vista de todo el mundo, claro. También de las damas igualmente arrestadas, que fueron alojadas en la celda de al lado.

Hasta aquel momento, el único individuo en el calabozo de señores era un yonqui tailandés muy deteriorado por la metanfetamina. Se alegró al ver que tenía compañía, y el pobre diablo dedicó una sonrisa sin dientes a sus nuevos compañeros de celda.

Quien ha estado en situaciones límite sabe que no todo el mundo reacciona igual ante una calamidad inesperada. Ya sea un fortísimo accidente de tráfico, una redada policial o el asedio por parte de un puñado de tipos con ganas de dar palizas. En dichas ocasiones están los que se alzan frente a las adversidades y también quienes se hunden. Mis compas y protagonistas de todo este embrollo, bien curtidos en la vida siamesa, hicieron piña. Aunque no les quedaba otra, claro, porque la minúscula celda no daba para otra cosa que darse calor los unos a los otros.

Calabozo tailandés

Imagen del calabozo tailandés donde el británico Luke Thornton, en 2019, fue encerrado tras haber recibido una paliza en un claro ejemplo de cómo puede torcerse todo en Tailandia. Foto: Luke Thornton.

Pirata, con su eterna camiseta de las tibias y la calavera, refunfuñó y criticó el trato otorgado por los agentes. “Maldito país tercermundista”, repetía constantemente. Por suerte, el Bukowski capitalista estaba ahí para levantar sus ánimos. Y el Sabio, pese a lo feo que se había puesto todo, confiaba en los suyos. Siempre lo ha hecho, el de Mataró lleva muy bien lo de la lealtad.

Fue Don Vito quien se lo tomó mejor y decidió acomodarse tanto cuanto pudo en el suelo sucio de aquel lugar. Primero se descalzó y luego se quitó la camiseta, lo mismo que siempre hacía de madrugada en la sala de karaokes de la taberna antes de gritar poseído como una estrella de rock desafinada. Luego enrolló en la prenda sus zapatillas y con ello se hizo una almohada improvisada. Se tumbó en el destartalado pavimento como si protagonizara un anuncio ochentero de Levi’s, con sus tejanos azules como única vestimenta y las manos sobre la nuca. Solo le faltaba un pitillo en la boca.

Al poco rato apareció por allí la muchacha que comparte lecho y cuenta corriente con Don Vito. A él le dio tiempo para alertarla antes de que le requisaran el móvil y se percató de su llegada cuando empezó a escuchar su voz diciendo constantemente “big problem!“. La policía trataba de sacar tajada afirmando que el Bukowski capitalista fue incapaz de mostrar su pasaporte, lo que para ellos era una prueba irrefutable para insinuar que seguramente fuese un inmigrante ilegal. Típico truco de la policía para amedrentar. Otro más de tantos.

Trabajadores birmanos en el calabozo de Tailandia

Imagen de archivo de un calabozo en Tailandia donde se arrestó a un grupo de trabajadores birmanos. Foto: Chaiwat Subprasom/Reuters.

La amada de Don Vito, que no se sorprendió de que su querido se hubiera metido en semejante embolado, llevaba unas botellas de agua para los muchachos. Pero la policía dijo que si quería llevarles algo de beber, lo correcto era que volviera a la tienda y comprara más aguas para abastecer a todo el personal detenido en las celdas.

Así que cuando la muchacha volvió con botellas para todos, el yonqui sin muelas se arrastró hacia Don Vito para mendigarle una. El pobre llevaba casi un día deshidratado. Y cuando mi amigo se la dio, aquel pobre diablo juntó las palmas con pasión y agradeció infinitamente el gesto. En aquel lugar, el siamés sin dientes no había visto antes a alguien que le dedicara un detalle tan nimio como regalarle un poco de agua.

El tiempo pasaba y ya muchos pensaban que aquello no se acababa. Se hizo de de día y El Sabio empezó a lucir nervioso, moviéndose de lado a lado. “Será la Viagra que le está dando guerra ahí abajo”, pensó alguno.

—Tío, ¿qué te pasa? —preguntó el Bukowski capitalista al Sabio.
—Esto es muy chungo, me estoy cagando…
—Tranqui, saldremos todos, no creo que nos vayan a enchironar.
—Joder, si no es de miedo, lo que pasa es que me estoy cagando literalmente, he de evacuar a la de ya.

Reconoció entonces el Bukowski capitalista que él también sufría la llamada de la naturaleza más básica. Analizaron la situación. Era compleja. Había una pequeña pared de medio metro que cubría el agujero, pero la intimidad era nula y si uno se acuclillaba ahí a hacer lo suyo era como compartir la hazaña con los demás. También con las muchachas de la celda de al lado.

—Como esas tías te vean cagando con la polla dura enviagrada van a pensar que te gusta combinar placeres.

El comentario que mezclaba la fase anal del erotismo de Freud con el ensalzamiento que otorga la Viagra fue de Pirata, que por fin encontró algo de gracia a una situación que le irritaba profundamente. Y mientras, El Sabio padecía y el Bukowski capitalista quería ayudar para luego pasar él también por el agujero de reciclaje de los orgánicos. Pero no había manera. El joven de Mataró no se veía con cuerpo de ponerse en cuclillas con un cohete duro como la piedra en la entrepierna y sin más papel que una hoja sucia de algún vegetal con la que alguien envolvió un trozo de arroz pasado y maloliente.

 

Atardecer entre rejas

 

Comisaría de Thong Lor en Bangkok

La comisaría de Thong Lor tiene fama de ser la más corrupta de toda la capital.

Las necesidades fisiológicas fueron amainando, en parte porque lo más sufrido era el calor que hacía en aquel horno mal construido y sin un mísero ventilador bajo el sol de Bangkok. A las 12 del mediodía, sudados y cansados, los chavales vieron cómo la policía empezó a llamar a las mujeres en grupos de cuatro personas. Luego ellas regresaban al cabo de unos 20 minutos con unas toallas.

Avisaron entonces a Don Vito para que bajara junto a tres desconocidos. Él lo vio claro. “Estos tíos nos tienen en una caldera y cuando empezamos a oler muy mal de tanto sudar nos mandan a la ducha”. Pensó entonces en esas películas carceleras con tíos en pelotas bajo los chorros aspersores y en cómo se sufren amaños por parte de guardias corruptos. Pero luego recordó que en Tailandia lo de enseñarle la colita a un desconocido está mal visto incluso en las duchas del gimnasio, con lo que fantaseó con cabinas individuales para darse un chapuzón.

Ya que iba a bañarse, Don Vito no se molestó en lucir decente y abandonó la celda descalzo como estaba, recogiendo con sus pies toda la mugre de la zona más fea de la comisaría. Porque mi colega es de los que se mimetizan con las gentes locales. E igual que en las aldeas de Isaan engulle todo licor o aperitivo estrambótico que le den los campesinos, en comisaría se movía como un siamés acostumbrado a dar con sus huesos entre barrotes. Le gusta lo de mezclarse con las gentes locales y lo hace bien. Solo hay que verlo compartir copas con camboyanos en festejos coronados con supuestas danzas espiritistas del país vecino. Se pone a bailar con ellos, claro.

Don Vito y otros tres tipos fueron dirigidos hacia un piso inferior para llegar a lo que mi amigo intuyó que serían las esperadas duchas. Solo que su imaginación y la imagen de las arrestadas con toallas le jugaron una mala pasada. Porque en lugar de encontrarse en el baño se vio en una sala frente a cinco capos de la policía de Thong Lor tras una mesa. Todos muy malhumorados. Como si la noche anterior sus mujeres les hubieran dicho que preferían ver La casa de papel en lugar del habitual culebrón siamés.

Tenéis derecho a comunicaros con vuestros familiares.
Tenéis derecho a recibir visitas en los horarios estipulados.
Tenéis derecho a recibir atención médica en caso de necesitarla.

Un joven traductor se esmeraba en narrar en inglés lo que los agentes decían con solemnidad en su lengua. Les estaban leyendo sus derechos como en las películas, y solo entonces Don Vito temió lo peor. Ya se veía llamando a su familia para que fueran a verlo a una prisión siamesa. Le iban a enchironar y no tenía ni siquiera los zapatos puestos.

Policía de Tailandia

Una imagen de la policía siamesa repartida por las autoridades para lucir imponentes.

Los agentes siguieron hablando en tailandés y recitando el discurso habitual. Hasta que hubo uno de esos silencios incómodos. Don Vito cogió fuerzas y preguntó en inglés al chaval que hacía las veces de traductor.

—Oye, ¿es grave?
—Es un atentado contra la salud pública no respetar el estado de emergencia.
—¿Y cuánto tiempo nos va a caer?
Ahora os llevarán ante el juez y su señoría decidirá —mi compa contuvo la respiración—, pero normalmente se salda con 5.000 bahts.

Tuvieron suerte de que el juzgado estaba abierto y los iban a llevar allí ese mismo día. Aunque quizás la mayor fortuna, curiosa paradoja, les había llegado con la desdicha de estar en el lugar elegido por la policía para darse dicho baño de masas a la hora concreta. Ya que iba a salir todo en la tele, los agentes no cometerían irregularidades. Se libraron de penosas negociaciones que empiezan en los 2.000 dólares para justificar dudosas fianzas, como suele ocurrir en estos casos cuando no hay cámaras delante.

Al llegar Don Vito a la celda, alegre y relajado, se encontró con los amigos mirándole con incredulidad y esperando saber qué iba a ser de ellos. “Tranquilos, ya nos llevan al juzgado, no nos van a encerrar aquí”. Respiraron aliviados unos instantes, pero la alegría no duró demasiado. En seguida aparecieron unos oficiales cargando con cadenas y candados.

 

“Cuando era más joven me he visto esposado delante del juez”

 

Encadenado en Tailandia

Tailandia, ya lo hemos dicho, es un país donde uno puede saltarse a la torera lo redactado en el código penal y salir ileso. Por eso de estar amparado en leyes ambiguas que dan juego para hacer trampa y dejarlo todo al antojo del juez. Como ocurre con la prohibición de exhibir obscenidad. ¿Ponerse un bañador apretado rosa en la playa es obsceno? ¿Y comerse un plátano con ansia frente a la cámara? El de la toga decidirá, claro.

Esto es algo común en un país liderado por unas elites que quieren seguir hundiéndolo en esa categoría que algunos aún insisten en describir como “vías de desarrollo”. Así la policía está más por sus mordidas que por perseguir a los malos. Sin embargo, como es norma en este tipo de naciones, lo importante es mostrar mano férrea ante las cámaras y castigos, cuando menos, ejemplares. O que lo parezcan.

Mis compas, cuyo delito había sido salir a tomarse unas cañas cuando estaba prohibido pero todo el mundo lo hacía, vieron con sorpresa que al abandonar la celda no solo eran esposados, sino encadenados al más puro estilo de película sobre el esclavismo en las eras coloniales. Separaron a los muchachos de dos en dos y en parejas los aprisionaron en hierro, Así, además de las esposas, tenían los pesados -y muy visibles- eslabones de metal uniéndolos. Amistades de lazos férreos a la fuerza.

Pirata y Bukowski salieron juntos. A Don Vito lo encadenaron con Júnior el Sueco, que era quien peor ánimo llevaba debido a su escasa edad y al no estar acompañado por el ex medallista dopado. Quien lo tuvo peor en la pareja de baile fue El Sabio, que se vio esposado frente a un inglés bastante agrio con quien casi no cruzó palabra.

Llegó otra vez la lechera de la policía y embutió a todos los peligrosos delincuentes dentro de ella. Encendieron las sirenas y las luces para recorrer a toda mecha y con estilo la distancia entre la comisaría de Thong Lor y los juzgados de Huai Kwang. Así llegaron al lugar donde mis compas serían exhibidos como los más malos del barrio. Empezaba el show.

encadenado en Bangkok tribunal

A los chavales se les devolvió el tabaco para amenizar la espera.

Aparcaron a todos los detenidos, mujeres y hombres, a la puerta del juzgado. Les tocaba esperar bajo un sol inmisericorde durante una hora y media en la que serían exhibidos como trofeos de la policía, que no tuvo reparo alguno en mofarse de los acusados.

La estampa era para mear y no echar gota. Un montón de tipos vestidos como para irse de copas junto a un buen puñado de damas disfrazadas de pecadoras, todos ellos encadenados los unos a los otros, pero con un punto de mercadillo barato. Muy tailandés, vamos.

Un tipo se encendía un pitillo, una muchacha tonteaba con un cualquiera para quedar otro día y alguien se las apañó para conseguir algo de colesterol prefabricado en forma de sándwiches del 7 Eleven. Porque mientras los de las fuerzas del orden querían mostrar su firmeza frente a quienes rompían la Ley, allí a nadie se le escapaba que aquello era un postureo de escándalo. Como diría Don Vito luego, la sensación era más de viaje en convivencias escolares que de enfrentarse a la Ley.

No obstante, tampoco faltaron las amenazas vacías. “Pues igual el juez hoy está indispuesto y tenemos que llevaros al calabozo hasta el lunes”, comentó otro agente malhumorado. El asunto en manos de los oficiales era hacer que los delincuentes se sintieran culpables, mostrarse desmedidos en las formas frente a una inminente sentencia que, se olía, iba a ser de chichinabo pese a semejante espectáculo.

Tribunal en Tailandia juez

Esperando al juez como si fueran los hermanos Dalton en aquella mítica estampa donde los villanos de cómic lucían encadenados.

Finalmente se les dijo a los encadenados que se verían frente a su señoría. Para El Sabio, que era el más joven del grupo, aquello era como la preciosa canción de Joaquín Sabina en que rememoraba sus años mozos, esos en los que comía salchichas y dormía de un tirón cada vez que encontraba una cama. Los dichosos años donde no tienes de nada pero la vida es más feliz. Porque El Sabio, carente de efectivo pero sobrado en vivencias, siempre podrá decir aquello de “cuando era más joven me he visto esposado delante del juez”.

Solo que este juez era muy de estar por casa. Y lo era en un sentido muy estricto, ya que aquel ilustrísimo fulano, en lugar de vestir toga y coronar un estrado, presidía únicamente el salón de su hogar con una falta de solemnidad pasmosa. Con la excusa del Covid, la sentencia se otorgó por videollamada a través de la manida aplicación de mensajería Line -cómo no- mediante un teléfono que exhibía una funcionaria del juzgado.

La joven se plantó frente a todos los esposados para que escucharan un chorreo en tailandés y, tras oír su nombre en boca del juez, pudiera decir que sí. Era la forma de asumir su culpabilidad.

“El juez ha decidido aplicaros una condena de 30 días de prisión. No obstante, al ser la primera vez que cometéis una infracción penal en Tailandia, la sentencia es evitable mediante el pago de 5.000 bahts (unos 130 euros). Si en un plazo de un año no volvéis a delinquir, se os borrarán los antecedentes y estaréis limpios. Pero si vuelven a deteneros rompiendo el estado de emergencia no evitaréis la cárcel”.

Por supuesto, todos aceptaron conmutar la sentencia y pagar dicha multa, aunque aún hubo tiempo para arañarles unos cuantos billetes más a los extranjeros. La muchacha del juzgado que había hecho de traductora del juez con su teléfono móvil pidió mil bahts a cada uno por la gestión del idioma, que por supuesto no podía estar incluida dentro de su salario. Recaudó en un rato lo que un tipo de clase media en Bangkok se lleva en un mes.

 

El brazo más duro de la Ley

 

Bar ilegal Bangkok redada

Imagen ofrecida por la policía de la redada en el Secret Story y recogida por la prensa tailandesa.

Desde entonces, las redadas en varios antros de Bangkok y Pattaya han seguido sucediéndose. Y normalmente con peor fortuna para los detenidos, ya que cuando no hay cámaras es común que los oficiales quieran saldar el asunto con varios billetes bajo mano. Conozco a muchachos que, estando cuatro tipos en el bar de un colega haciendo una cerveza, se los han llevado al calabozo de peores maneras.

Para el público es un notorio cachondeo. Porque, claro, todo el mundo sabe que la realidad es distinta a la que cuentan las autoridades. En Phuket, donde estoy ahora mismo, no hay bar que no sirva alcohol camuflado dentro de vasos de cartón o tazas de café. Incluso los tugurios de neones estuvieron abiertos durante demasiado tiempo diciendo ser restaurantes. Me acerqué a uno de ellos en la carretera de Bang La, famosa por haber sido la Sodoma y Gomorra de la isla, dos horas antes de la medianoche. Tenía hambre y vi que los bares ofrecían los platos más clásicos del país.

—¿Aún servis comida a esta hora? —pregunté al tipo de seguridad en la puerta señalando un enorme menú donde se exhibían todos los clásicos tailandeses.
—Si quieres comer mejor ve a la playa y pide algo en los carritos callejeros, aquí no tenemos cocina.
—Pero, ¿y este menú?
Es falso, pero la policía lo exige.

La historia de siempre de hacer primero la Ley y luego la trampa. Como los restaurantes pueden abrir, pubs y garitos de copas se reconvierten en supuestas casas de comida donde hay cartas y menús, pero en los que no se sirven ni unos cacahuetes. Ahora, tras ser todo tan evidente, se hizo una gran redada y ha vuelto a dejar la zona de bares totalmente clausurada. Al menos de momento. Pero en Phuket, al protagonizar el gran reto turístico del Sandbox, no se arrestó a ningún cliente de los bares y las penas fueron solo para los dueños de los garitos.

 

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En la isla de Koh Samui, donde también hay una intentona turística pero con menor éxito, sí que se ha puesto más ahínco en detener a quienes quieren tomarse algo. En la última redada la policía dijo sorprenderse de que el bar en cuestión fue muy imaginativo al servir tazas de café que ocultaban bebidas alcohólicas. Como si en todo el país no fuera vox populi que los restaurantes ponen vasos de cartón o tazas para camuflar licores desde siempre.

Todo esto quizás se solucionaría con unas leyes más razonables, pero las autoridades por estos lares siempre han preferido moverse en los claroscuros de normas difíciles de mantener para luego permitirlo de tapadillo. Así han estado siempre los bares de Pattaya o Nana. Culpar a las bajas pasiones de todo es menester habitual en suelo siamés, pero luego se permiten las bacanales mirando hacia otro lado para embolsar billetes sin pagar impuestos.

Como epílogo al periplo de mis colegas en su detención, comentar que cuando llegaron a su casa a la hora de la merienda ya empezaban a salir las imágenes de su arresto en los medios. En todos ellos se hablaba de cárcel para los delincuentes que se atrevieron a irse de cañas aquella noche. En pocos noticieros se señalaba que la sentencia fue conmutable por un puñado de bahts.

Pero lo importante es que las redes sociales sacaron espuma por la boca ese fin de semana cada vez que las fotografías de la redada salían en la tele. Durante un par de días, los internautas olvidaron la nefasta gestión del Gobierno para combatir el brote de Covid y la nula provisión de vacunas. Esa pequeña tregua lograron los que mandan.

Don Vito estaba viendo esas noticias donde hablaban de su incidente al día siguiente y luego nos envió un tuit donde un puñado de gualtrapas occidentales ponía a parir al Sabio por una foto que había aparecido. Como esos que se quejan de quienes se juntan con amigos durante el Covid y luego son los primeros en tomarse algo con los suyos. Es cierto que los muchachos obraron mal, pero también que seguir tomando en bares aqui no dejó de ser algo habitual y la policía, hasta dicho incidente, no lo impedía.

También nos comentó mi compa más tranquilo que habló con la dueña del Secret Story, quien le comentó que lo de haber abierto el bar durante el estado de emergencia se saldó con una multa de 20.000 bahts para el establecimiento. Sin embargo, lo que siempre recordaremos es la despedida por todo lo alto -o más bien por los bajos fondos- tuvo nuestro colega el de Mataró. A quien, por supuesto, esperamos volver a ver pronto en Bangkok.

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6 comentarios

  1. SIAM KING dice:

    Muy buen final. Había intriga por saber el desenlace 👍🏻

  2. Potorato dice:

    Siempre resulta apasionante leer las entradas de tu blog. Gracias por compartir semejantes historias.

  3. MaPo dice:

    Excelente nota. Me reí muchísimo. Saludos desde Argentina.

  4. Jaime dice:

    Me alegro que todo les fuera bien a tus compinches.
    Una experiencia más, que tienen para poder contar en su vida.
    Un saludo.

  5. Edu dice:

    Triste pero cierto! Buena historia a la que se le ha sabido sacar su punto de humor!

  1. 26 septiembre, 2021

    […] La historia del periplo carcelero de mis colegas en Bangkok continúa en este enlace […]

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