“Esta noche el cuerpo me pide comisaría”, o cómo irse de cañas en Bangkok y acabar preso (Parte I)

Cárcel Bangkok y Hello Kitty

Tailandia es un país que aún muchos se toman por el pito del sereno. Pero bueno, es normal. Una noche envías a un mensajero a llevarle un disco original a un colega y al rato te llama el rider desde una comisaría porque ha sido arrestado por transportar mercancía supuestamente ilegal. Y es que la policía, muy canina ahora que no hay turistas, cobra mordidas hasta a los pobres chavales que se ganan un puñado de bahts subidos todo el día a una moto.

Es precisamente por la obsesión de los agentes en sacarse unos bahts destrangis que la noche de Bangkok ha sido siempre un despiporre, ya que si la policía hiciera cumplir las conservadoras leyes del país, este lugar al caer el sol sería más soso que un amanecer en el pueblo de Heidi. Con las montañas y las cabras de Pedro amenizando la estampa.

El Covid, no obstante, ha dejado tocada a esta ciudad. Y estuvimos meses en los que servir alcohol en cualquier sitio estuvo prohibido, hasta que en julio hasta se nos prohibió comer fuera de casa. Los bares, claro, permanecen clausurados y los restaurantes fueron castrados con una nueva ley seca hasta que ya los dejaron en bragas. Sin clientela en sus locales, vamos.

Pero basta con abrir un poco los ojos para ver que en cualquier esquina hay algún tugurio que se salta la norma a la torera con alguna excusa hortera.

Nana terraza

Método profesional para sortear la ‘ley seca’ que impuso un mítico bar de Nana que más de uno reconocerá. En la terraza servían la cerveza dentro de latas de refresco que reutilizaban tras haber retirado la tapa superior. Así podías saludar a los agentes que por allí pasaban mientras alzabas tu lata. Ahora mismo, eso sí, el garito está totalmente cerrado.

Normalmente, lo que suele cantar cual almeja para identificar un lugar donde tomar es ver que en un garito hay sobre las mesas termos de café o vasos de cartón. Como ese tanque de aluminio rosa decorado de Hello Kitty que encabeza esta historia, el cual no sé por qué me lo solían servir a menudo. Hasta arriba de zumo de cebada.

¿El Gobierno prohíbe el alcohol y la policía no puede ver botellas de licores o de cerveza sobre las mesas? Pues se sirven las bebidas en termos y problema resuelto. Y si luego un agente se acerca por allá, pues se le dice que a la clientela le gusta mucho el café antes de entregarle una propina por su ardua vida patrullera.

Lo de irse de picos pardos hasta el amanecer ya es otra historia. Es cierto que hasta julio había algunos bares que se la jugaban a abrir a persiana bajada e incluso se mantuvo abierta una discoteca llena de musulmanes y muchachas sorprendentemente amigables donde extraños chupaban de la misma shisha y compartían botellas como si allá afuera no hubiera habido una pandemia.

A día de hoy todo eso es más difícil. Pero en pleno agosto, y con más de 20.000 casos positivos oficiales por Covid cada día, aún me sé de demasiados bares que se lo montan para ofrecer vicios a través de resquicios. Y bueno, si un curioso se da una vuelta por el centro canalla de Bangkok, siempre se abre alguna puerta desde donde se ofertan pecados capitales. Pero es todo bastante dantesco. Tanto, que hasta quedarse en casa suele ser más apetecible.

Y sin embargo, es ilegal. Es más, tomar unos tragos entre amigos está ahora considerado como un delito contra la salud pública en estos tiempos de rebrotes de Covid en Tailandia. Pero también desde tiempos inmemoriales es ilegal la prostitución en el país, una norma que no ha impedido que a Tailandia se le colgara el sambenito de lucir como el mayor burdel del planeta. Así es normal que muchos se tomen todo a guasa, porque el asunto sin duda que no es serio.

El problema es si tienes la mala pata de que te pillen con las manos en la masa el día en que las autoridades quieran darse un baño de, precisamente, masas. Y eso fue lo que le pasó a mis compas hace un mes y medio, cuando quedaron para tomar unas cañas y acabaron esposados frente al juez. Cómo no, tenía que contar su historia. Ellos me lo pidieron.

 

Unas copas para despedir a un buen colega

 

Khaotom Yaowarat en Bangkok

La taberna nocturna del barrio donde pasamos tantas noches, en una imagen de marzo antes del brote de Covid. Allí se ve al más habitual de sus clientes reír junto a las camareras camboyanas que regentan el lugar.

Fue el primer viernes de junio y el último fin de semana de escasa libertad en Bangkok. Los restaurantes podían abrir sin servir alcohol -al menos de cara a la galería- y muchos bares se la jugaban durante la madrugada para seguir sirviendo copas. Porque si algo nunca escasea es la clientela con ganas de tomar y festejar.

Los ánimos del personal, no obstante, andaban ya bastante turbios en aquellos días. La noche de Bangkok llevaba más de dos meses cerrada oficialmente y los pocos lugares que compensaban -ya fueran bares clandestinos o restaurantes haciendo de clubes a persiana cerrada- tenían que lidiar con peleas casi cada noche. La gente estaba caliente y harta de encerrarse en los hogares de esta ciudad de tamaño gigantesco pero donde los apartamentos son diminutos.

Mis compas y yo suplíamos las ganas de socializar en aquellos días bajando a la taberna del barrio, un garito de khaotom (arroz hervido) que abre a la tarde y suele darlo todo hasta la mañana del día siguiente para ofrecer comida y sobre todo bebida a cualquier beodo que por allá se acerque.

Muchas de nuestras noches arrancan allí con eso de hacer una cerveza previa para luego también terminar entre sus paredes, las de nuestra taberna, ya bien entrada la madrugada. Además, para quienes se sienten estrellas de rock al amparo del whisky, en la planta de arriba del local hay unas oscuras salas de karaoke, con carcomidos sofás de sky negro donde anidan cientos de cucarachas demasiado bien alimentadas, sobre en los que a más de uno le ha dado hasta por quitarse la ropa -como si hubiera alguien a quien enseñarle algo- mientras berreaba frente a un micrófono de esos que parecen del Singstar.

Fiesta privada Bangkok

Una de las salas de karaoke de la taberna, en plena madrugada, en una noche que se fue todo un poco de las manos.

Ese viernes, estaba claro, todo iba a empezar en la taberna. Era la despedida del más joven de todos nosotros, El Sabio, que tenía que volver a su Mataró natal durante una temporada a hacer dinero y poder regresar por todo lo alto. Así que aquel viernes nos había citado a unos cuantos en nuestro garito de referencia para cenar y ante todo tomar.

Haciendo honor a su apodo que robó al eterno Luis Aragonés, El Sabio llegó enfundado en su eterno chándal, su atuendo favorito, que llevaba tanto a una entrevista de trabajo como a cualquier discoteca de Bangkok.

“Es que es muy cómodo, fácil de quitar y de poner”. Y también le entiendo, porque al Sabio de Mataró -un tipo muy apuesto que rezumaba carisma- si algo le sobraba eran pretendientes que quisieran tirar del elástico de su pantalón. Rápido y fácil, sin tener que lidiar con botones ni cremalleras.

Taberna Bangkok

Cuando se podía comer en restaurantes pero con ley seca, la taberna -como casi cualquier restaurante de noche en Bangkok- servía las cervezas y copas en esos termos. Incluso muchos lugares aún se la juegan y siguen haciéndolo.

Por supuesto, ahí no pudo faltar Don Vito, el más habitual de la taberna, un tipo que se ha hecho un hueco en los corazones -y sin duda también en la facturación- de nuestro garito callejero. Alto y juvenil, cada vez que llega al local es como si tiraran la alfombra roja en un suelo bastante echado a perder. En su taberna, Don Vito se quita la camiseta cuando le da la gana y si quisiera refrescarse metiendo la cabeza en la pecera nadie le diría nada. Incluso le dejan largarse dejando facturas de cientos de dólares a deber, lo que en Tailandia es casi un imposible.

Días antes de todo esto fue él quien organizó una huida desde la mismísima taberna cuando la policía llegó por culpa de una dama que, al borde del coma etílico, decidió que para no pagar su abultada factura lo mejor era llamar a la policía y escaquearse con la confusión. Pero ahí estuvo Don Vito que, pese a ser un parroquiano y no el dueño, sacó a toda la clientela del local y la escondió en las habitaciones de los trabajadores. Un cocinero laosiano salió entonces de la ducha medio en pelotas sin importarle que hubiera una docena de tipejos en sus aposentos, y ahí se estiró en su cama a jugar con el móvil ataviado con una toalla. Qué carajo, estaba en su casa.

Aquella última noche yo quería acercarme a despedir, termos mediante, al Sabio de Mataró, pero acababan de ponerme la primera dosis de la vacuna de garrafón contra el Covid, la china, y a su enésima llamada le dije que nos tomaríamos algo al día siguiente. Aun así, el tumulto era notable en la taberna y no paraban de llamarme y enviarme fotos.

No faltaban por allí ni el Bukowski capitalista ni otros habituales como Pirata. Hasta se apuntó al festejo Júnior el Sueco, un joven aprendiz de un ex campeón olímpico nórdico a quien le quitaron la medalla por haber consumido sustancias ilegales frente a su heroica gesta deportiva. Lo cachondo del asunto es que si invalidaron su marca no fue por dopaje, sino por haberse emborrachado como un adolescente en un botellón la noche anterior. Si a mi me preguntaran, diría que fue muy injusto que el COI le penalizara en lugar de avalar su fortaleza frente a las adversidades de la resaca. Si bien ahora es feliz en Bangkok y particularmente en la taberna, donde cada noche le cuenta su historia al que llegue nuevo por allí.

 

Mezclando Viagra y cerveza

 

Un vecino de la taberna baja a tirar la basura.

A partir de ahí, ya pueden imaginar la historia. Copas, risas y abrazos. Las camareras no dejaban de servir más y más cerveza hasta que llegó Míster Ma, nuestro compa tailandés de origen chino, y como es costumbre entre los suyos pidió más platos de los que eran capaces de comer. “Esto es lo que más felices nos hace, ver la mesa llena de alimentos y que seamos incapaces de acabarlos“, dice siempre antes de recordarnos que eso era con lo que soñaban sus antepasados cuando llegaron a Bangkok sin un solo baht.

Tras unas cuantas cervezas, alguien sacó el tema de las medicinas. El Sabio entonces comentó que nunca se había tomado una Viagra.

—Me da rollo —el joven de Mataró siempre fue muy aprensivo con las sustancias y las enfermedades—, pero si es de farmacia me gustaría probar.
—Espera, que yo siempre llevo una Kamagra encima —contestó Don Vito, que hurgó en el bolsillo pequeño del pantalón donde otros llevan las llaves y él guarda su medicina.
—¿Esa es la que la gente suele tomar chupada?
—Aquí la tengo, abre la boca y para adentro.

Es muy normal que encontrarse en Bangkok con quien se toma una Kamagra -la versión india de la Viagra que contiene el mismo genérico- durante unas copas como el que se enchufa un chupito. Por eso a veces en los baños de las discotecas se ven tirados sobres de la versión del fármaco que se toma en gel, sin agua, y que es efectiva en muy poco tiempo. Y es que al personal le gusta ir de fiesta con el ganso empinado, lo que habitualmente acaba con un montón de tipos que, ya de madrugada, se meten solos en la cama de la misma guisa en que Don Andrés Octogenario estiró la pata.

Kamagra Bangkok

Una mañana de esta misma semana, en el paso elevado de la comisaría de On Nut, me encontré un mismo sobre sospechoso de la popular Kamagra. Seguro que ocultaba alguna historia interesante.

Durante la pandemia, muchas noches empezaron y acabaron en la taberna. Ya fuera cantando en la planta superior o contando nuevamente las mismas historias frente a las siempre eternas cervezas, con la discusión habitual de si Chang es mejor que Singha. Pero aquel día era la despedida de nuestro Sabio, así que se envalentonaron los muchachos y decidieron irse al centro.

—Nos vamos al bar del soi 22 —Pirata me informó por mensaje de un movimiento que ya imaginé que iba a ocurrir.
—¿A ese antro? Ya sabía yo que hacía bien hoy en no acercarme a la taberna.
—¡Vente!

Me sentí tentado, pero no fui porque no era plan. Tampoco Míster Ma lo hizo, que prefirió quedarse en la taberna con su sinfín de platos de cerdo frito y pollo con anacardos. El de Gandía también se retiró, y finalmente al Sabio lo arroparon Don Vito, Pirata y el Bukowski capitalista. Se les unió en el último momento Júnior el Sueco, que aquella noche se sentía valiente al no tener a su lado al sancionado medallista olímpico.

Alguna noche de mayo que se complicó más de la cuenta visité dicho bar en el soi 22 de Sukhumvit. Un antro que incumplía el estado de emergencia por Covid llamado Secret Story, donde normalmente pululaban un par de perdidas y los trabajadores del local. Don Vito, que gusta de los sitios vacíos donde le pongan una silla junto a la barra, llegó a besar allí la mañana alguna noche que se le pasó de larga.

Bar en Bangkok

Una estampa del Secret Story en una noche anterior, con una de las habituales llevando en su mano un falo de madera, curiosa costumbre siamesa.

La sorpresa se la llevaron cuando llegaron al Secret Story. La voz se había corrido y todos los que echaban de menos eso de trasnochar habían acabado en dicho garito. No cabía ni un alma. Pirata me contaba la historia enviándome mensajes de lo que allí ocurría.

Don Vito miró entonces su cerveza antes de echar un vistazo a las de los demás. Estaban todas por la mitad. Y las miradas de los chavales eran iguales, como diciendo que la primera caña sería también la última. Así que transcurridos pocos minutos, Don Vito anunció que regresaba a su querida taberna. “Vámonos todos”, contestó el resto.

No les dio tiempo. Las luces del garito se encendieron a la vez que se apagaba la música y dos agentes aparecieron frente a la puerta.

¡Los hombres a un lado y las mujeres a otro! Nadie sale del local —anunció un agente mientras el otro se puso a hacer fotos; entró media docena más de uniformados.
—Disculpe —Don Vito se acercó a la puerta como el que se va a la calle—, voy a echar un pitillo y ahora vuelvo.
—No.

El tipo de marrón -curioso color el de los maderos en Tailandia- ni siquiera miró a Don Vito cuando lo mandó de vuelta al grupo de los hombres. “Esto va para largo”, pensó. Tras el cristal pudo avistar varios coches de policía con las luces encendidas y a una treintena de uniformados ahí montando guardia. Dentro del local, por eso tan del país que es el postureo siamés, la policía se puso a hacer fotos para demostrar que estaban trabajando y desvelar que se incumplía el estado de emergencia. Como si en la misma calle no hubiera otros bares haciendo lo mismo y muchos más en la misma zona, sin pudor, durante semanas y semanas.

Redada en bar de Bangkok

Instantánea ofrecida por la policía sobre la operación.

“Nos va a tocar pagar”. Eso me comentaba Pirata, que seguía comentándome por teléfono en aquel momento. No era mucho más tarde de la medianoche y el pastel ya se complicaba, pero en dicho instante mis compas aún pensaban que sería lo de siempre, una mordida y para casa.

Llegó un furgón de la policía y anunció a las chicas que, por caballerosidad, ellas irían primero. La policía seguía a lo suyo, haciendo fotos y poniendo caras de malos amigos. El sueco trataba de hacerse el sueco, como si no conociera a nadie allí, pero no le sirvió de nada. Y El Sabio era el que peor lo llevaba. Era su última noche, volaba en poco más de dos días a Barcelona y estaba sin blanca. Para más inri, la Kamagra hacía efecto y andaba empalmado como una bestia en celo, el bulto ya se le aprisionaba en el pantalón y quizás por eso se retorcía de dolor.

Redada en Bar de Bangkok

Foto distribuida por los agentes que salió al día siguiente en todos los medios en un baño de masas para dar renombre a la policía, muy criticada en días previos por hacer la vista gorda en todo el país.

No pasó más de un cuarto de hora hasta que llegó un segundo furgón policial y mandó a los chavales que entraran de manera ordenada. Entonces la policía hizo una barrida y encontró a una mujer escondida dentro del diminuto armario debajo de la barra, que casi logró escabullirse del viaje a prisión. Eso fue más digno que los occidentales ebrios que, en una redada similar en Pattaya, trataron de camuflarse detrás de plantas imaginando que colarían como arbustos. A veces me sorprende lo que puede hacer un exceso de cervezas.

Mientras viajaban en el furgón, mis compas pensaron que aquello se saldaría ya en comisaría con la citada multa. Se sabía que el daño era de unos 5.000 bahts, 130 euros al cambio. Pero la experiencia iba a ser muy diferente y lo que allí les esperaba eran los barrotes y las cadenas.

Porque Tailandia es así, ese país libertino en el que las leyes importan muy poco y siempre hay una forma de saltárselas. El mismo en el que se prohíbe la prostitución pero donde hay bares de mamadas a plena luz del día en la misma calle. Y si bien normalmente se mira hacia otro lado, al que le toca la china le suelen hacer pagar con creces para dar ejemplo. Antes de volver a permitir los incumplimientos.

· La historia del periplo carcelero de mis colegas en Bangkok continúa en este enlace ·

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15 comentarios

  1. ¡Deseando conocer la siguiente parte!

    Una lectura muy amena 🙂

  2. Jaime dice:

    Enhorabuena vuelves a escribir en tu bloc.
    Estoy ansioso por leer el segundo capitulo de esta historia.
    Vaya manera de romper las fiestas locas, como en todos los lugares de la tierra, la policía es hipocresía hasta la médula y de la justicia no quiero ni comentar, no merece ni la pena.
    Un saludo.

  3. Carlos dice:

    ! Bravo! Otra vez liandola
    Espero con impaciencia la segunda parte

  4. Gazzano dice:

    Fantástico, buen Julve. Tire pronto la segunda parte.

  5. Aron dice:

    Saludos Luis como siempre este blog tiene grandes historias siamesas.
    La mujer con el falo de madera(nada nuevo, muy normal todo eso) jaja y el joven aprendiz de el medalliista sueco oye que cosas las del coi que no le dan la medalla Coño si tenía resaca….. Coño ese si esta salado y tampoco no pudo hacerse el sueco en tailandia. Que cosas de la vida.

    Ya me imagino ese movimiento en el cuarto del laosiano en el baño pues me imagino que era un montón de gente en menos de 30 mt2.

    Que buena vida tienes en tailandia con tus amigos europeos.

    Saludos y esperemos todo se solucione pronto a ver si me hago otra vuelta seria bueno que fuera para siempre y no regresar mas.
    Ese mes en tailandia mi vida cambió volver por aquí realmente no importa mucho si hay asiáticos chinos, las mujeres chinas son bastante aburridas (el negocio del cuarto con el chino se jodio) o si hay indios asiáticos ni me asomo por alli con estas diferencias de las comidas eso de que si te vas de copas un día y a la hora de comer vas a tener que comer lo que ellos ordenan todo el tiempo por sus limitaciones y creencias no me parece un buen tríp.

    Realmente una cosa es estar en Asia pero aquí no vale mucho la pena realmente ni para recordar un poco algúna noche feliz en taillandia creo que para eso tengo que ver si al menos agarro una que se haga la sueca en eso. Ya que aquí aunque no caiga una nevason es un lugar frío pero al menos creo que la nevason me recuerda un poco más la realidad de como es esto aqui.

    He vuelto como el sueco joven aprendiz del borrachon deportista algo jodido que mientras tu ves el acto heroico de competir en ese estado pues a los demás no les parece así.
    Tanta disciplina dicen algunos pero terminan es jodiendo.
    Oye pero que buena idea esa de usar latas de refresco para las cervezas…. Jajaj

  6. Jon dice:

    Siempre es un placer leer las bizarradas que pasan en Bangkok contadas por Luis. No es que sea el más habitual, pero ya he terminado en ese garito varias noches, incluidas esas salas de karaoke. Deseando leer la segunda parte.

  7. Miguel dice:

    Un placer volver a leer un nuevo articulo en tu blog!

    En cuanto tengas la segunda parte….aqui me tienes.

    Saludos Luis!

  1. 26 septiembre, 2021

    […] Esta es la segunda parte de las desventuras de mis colegas la noche en que la policía los enjauló por haberse tomado unas copas durante el estado de emergencia por Covid en Tailandia. Lee la primera parte de la historia en este enlace. […]

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