Memorias de un inconsciente: cómo una noche me las di de boxeador

Pelea Boxeo en Bangkok

Aquel viernes de los años 80 iba de la mano de mi padre a alquilar, otra vez, alguna cinta de Mazinger Z. El problema es que en mi casa íbamos a la contra y nuestro vídeo era un Betamax, aquel descalabro comercial de Sony. Y como cada día eran más los del VHS, a los que usábamos Beta nos miraban raro en el videoclub de mi barrio. Así que, ese viernes, el tipo narigón al otro lado del mostrador torció el gesto cuando le pregunté por los casetes de mi robot favorito en tan impopular sistema de vídeo; y sin pudor me dijo que los había vendido todos por un miserable puñado de pesetas. “Coge cualquier peli de tortas”, dijo ahuecando el ala. Y yo, que era un mocoso bastante alelado, pues le hice caso.

Estaba ojeando la carátula de la tremebunda Karate Kimura cuando mi padre, con un extraño brillo en la mirada, me acercó una cinta en cuya tapa salía un tipo de músculos abrillantados y vistiendo un calzón donde lucía la bandera estadounidense. “Esta sí que es buena”. Yo hice una mueca de horror al volver a mirar la tapa de aquella película con semejante He-Man pasado por rayos UVA. Sin duda era mi buen padre quien quería verla y no yo, algo de lo que se percató al instante, así que usó una artimaña con la que fue muy fácil camelar a aquel niño que era yo. “Sale el negro de El equipo A“.

Por supuesto, volvimos a casa con la cinta del fortachón aquel, que no era otra que la eterna Rocky III. Y ese fue el primer momento en mi vida que recuerdo me topé con el mundo del boxeo. Pero ni siquiera cuando, años después, colgaba pósteres del bueno de Rocky en las paredes de mi habitación pude imaginar que algún día acabaría subiéndome yo a un ring. Mucho menos que lo haría a mis 37 tacos y en un Bangkok donde gusta más el Muay Thai. Gracias por todo, papá, de verdad. También por tu cabezonería en querer seguir usando aquel vetusto pero también robusto Betamax.

Rocky III Betamax

Un clásico. Hoy es quizás de las que menos me gustan de la saga del buen Silvester Stallone, pero en su momento me apasionaba la tercera entrega de las aventuras de Rocco.

Rocky fue uno de mis héroes desde aquella misma tarde en la que alquilamos la película, pero no era el único de mi infancia o de mi adolescencia. Además, el boxeo no me llamaba mucho fuera del personaje creado por Silvester Stallone. En Street Fighter II podía ir con Ken o con Chun Li, pero nunca con Balrog. Y cuando me decidí a entrenar artes marciales empecé por las que se centraban en dar patadas y procedían de las tierras donde se come arroz en cuclillas y rasgados son los ojos.

Nunca peleé contra nadie en serio. Ni siquiera cuando me mudé a Bangkok y empecé a entrenar Muay Thai, hace ya cerca de ocho años. Me recorrí un buen puñado de gimnasios en Tailandia y me dejé el alma pateando sacos, pero siempre pasé olímpicamente de eso de pelearse de verdad. Ni en rings ni en discotecas. Soy un tipo más de reírme entre copas que de cabrearme al beberlas, y si de algo carezco es de instinto violento.

Ingram Gym Muay Thai

Ingram Gym es uno de los pocos gimnasios de Muay Thai a los que aún voy. Está sucio y destartalado, pero sus entrenadores compensan. En la foto, uno de ellos con sus chavales más jóvenes.

Pero de todo nos aburrimos y llegó un día en que lo de que cualquier gimnasio de Muay Thai estuviera a más de media hora de mi casa -además de que entrenar un solo día costara 12 euros- hizo que dejara de lado mis sesiones de patadas y codazos. Estaba pensando en buscar algún lugar donde entrenar cerca de mi barrio cuando mi amigo Pequeñín trató de convencerme para dar el salto. “Ponte a hacer boxeo como yo”. El de toda la vida, donde solo se golpea con los puños. Sin patadas, ni codazos, ni golpes de rodilla. El de Rocky, vamos.

Pequeñín, cuyo mote popularizó él mismo, había hecho Muay Thai casi toda su vida y se estaba pasando al boxeo. Tras regar aquella charla con un litro de Asahi por cabeza mientras engullíamos varias piezas de sushi, me lió para acabar visitando un antro local con karaoke. “Voy a decirle a Jed, mi entrenador, que venga y así os conocéis”.

Y allí, en un tugurio de Pra Khanong -rodeado de gualtrapas y supuestos policías corruptos que agarraban con afán a las damas a quienes pagaban copas-, conocí a Jed. Un filipino fibrado y carismático criado en las barriadas de Manila pero que hablaba un inglés con acento de rapero californiano. El mismo que iba a ser mi entrenador de boxeo. Y quien me acabaría liando bastante después para subirme a un ring y partirme la cara -o más bien que me la partieran- delante de medio millar de personas.

 

Boxeando entre camionetas y niños con sus mamás

 

Boxeo en Tailandia

De izquierda a derecha: la siamesa Oil, el buen Pequeñín, Jed el entrenador, el que escribe y Koudai el nipón.

Lo mío no es el instinto asesino, ni siquiera la violencia. No es solo que no me apetezca romperle la cara a nadie, es que ni siquiera me sale. ¿Para qué? Siempre que he visto a los peleadores enrabiados e insultándose antes de una pelea he pensado que o están de guasa para amenizar el cotarro o les falta una tuerca. Algunos dicen que eso de gritarse y odiarse por nada es para meterse en el papel. A mí, simplemente, me arranca carcajadas.

Desde que me puse unos guantes para practicar Muay Thai y empecé a dar golpes jamás me planteé pelear en serio con nadie. He hecho sparring hasta con el apuntador, pero cuando he dado algún golpe muy fuerte me ha sabido hasta mal. Incluso con Punkitano, un tipo en Barcelona que él mismo se definía como un cruce entre punkie y gitano. Luciendo cresta y al hombro una guitarra flamenca. Y eso que con él, peleando como colegas, nos hemos dejado los ojos morados antes de abrazarnos y volver a hablar de Los Ramones o de Camarón. Que en lo de darse tortas también nos juntamos los más estrafalarios.

Pero, como he dicho, lo del instinto asesino y las ganas de hacerle daño a un tipo no son asuntos que vayan conmigo. Admiro a aquellos que en el ring lo dan todo como si su oponente fuera el diablo y luego se van de cañas con él. Y el mundillo de las peleas siempre lo he visto con mucho cariño, pero desde la barrera. Como cuando hice un reportaje para mostrar las vicisitudes de quienes se pirran por el Muay Thai en Tailandia.

Así que cuando un día empecé a entrenar boxeo con Pequeñín en el gimnasio donde trabajaba Jed yo solo quería mover un poco el esqueleto, ponerme en forma y quizás soltar algunas manos entre colegas. Entrenamos poco tiempo allí, muy pronto la burbuja inmobiliaria engulló a aquel gimnasio y Jed se quedó colgado. Un filipino que solo sabe de entrenar boxeo, en la tierra de los hombres libres y del Muay Thai. Y sin trabajo.

Fue fácil convencer al manileño para que nos entrenara en la planta baja de su condominio. Sin pretensiones. Al aire libre, donde los niños juegan y a la tarde madres y padres pasean con sus hijos. Junto a un canal donde el filipino pone un saco de boxeo improvisado y cuatro cachivaches más para amenizar el ambiente.

gimnasio boxeo bangkok

Jed acabó juntando a unos cuantos colegas para entrenar en su condominio.

Todo estuvo tranquilo hasta que el verano del pasado año llegó un buen día Pequeñín al lugar donde entrenábamos y me dijo que quería subirse al ring en Bangkok por segunda vez. Para pelear en boxeo de ese de toda la vida, participando en un combate en amateur. “Yo creo que tú deberías probar también”. Cuando me soltó esa frase, obviamente, le dije que mejor nos fuéramos de cañas esa tarde.

El asunto es que Jed y Pequeñín trataron de convencerme para pelear en una velada de exhibición sencilla con otro novato. Yo no hice mucho caso, y al final todo quedó en agua de borrajas porque el tipo que hubiera peleado conmigo pasó del asunto. Así que en septiembre me fui a pasar unas semanas en España y estuve fuera del boxeo hasta que regresé a Bangkok. Y volví a entrenar con Jed, claro.

A finales de octubre, al acabar un entreno en el condo de Jed, el filipino me dijo que me había propuesto para pelear en una velada en diciembre. “Me han dicho si tengo a algún principiante en 70 kilos de peso y les he dado tu nombre”. No le hice mucho caso. Al día siguiente viajé a Malasia y, tras un fin de semana de excesos, iba rezagado en bus hacia Singapur. Resacoso, con la ropa del día anterior y con la urgencia de llegar tarde por haberme quedado dormido.

Estaba pasando el mal trago en el bus cuando me llegó un mensaje a través de Facebook. De un grupo llamado Bangkok Brawl 4. En él, unos tipos musculosos y sin camiseta en sus fotos de perfil me daban la bienvenida. “Muy bien, entonces a Luis lo emparejamos con Cowie para pelear en la categoría de 70 kilos, confirmado”.

Acababa de enterarme que tendría que subirme a un ring. Y faltaban solo cinco semanas. Maldito Jed, ni siquiera me preguntó si me apetecía.

 

Poco más de un mes de plazo para boxear en Bangkok

 

Bangkok Brawl 4

Me levanté al día siguiente en Singapur, sabiendo que estaría una semana por esos lares. Miré el teléfono y tenía un mensaje de Pequeñín. Era un audio donde se le escuchaba reírse a carcajadas. “Me llamó ayer Jed para saber si aceptarías una pelea, le dije que no te preguntara, que te apuntara directamente; así seguro que no te echabas atrás”. No era la única sorpresa.

“Vas a alucinar cuando sepas dónde será tu velada… en Insanity. Sí, en la jodida discoteca Insanity”. La verdad es que había motivo para la guasa. No solo porque yo, un tirillas, me la iba a jugar a que me dejaran la cara como un cromo. Sino que lo iba a hacer en el mismo tugurio al que solíamos ir más veces de lo recomendable. Siempre a esa hora en que las brujas ya son más que pirujas.

En Singapur traté de hacer algo de ejercicio y cuando regresé a Bangkok fui a ver a Jed, a preguntarle en qué consistía el jaleo en el que me había metido.

—No te preocupes —trató el filipino de quitar hierro al asunto mientras daba cuenta a un trozo de carne adobada de su tierra—, es una exhibición en una velada benéfica y el chaval es un primerizo.
—Entiendo que pelearemos con casco y que no iremos a matar —intenté que no sonase aquello como una súplica.
—Sí, es una pelea en amateur sencilla, sin riesgos. Serán solo tres asaltos de dos minutos y llevaréis casco y guantes muy grandes, seguramente de 16 onzas… ¡más fácil que cuando entrenamos aquí!

Quise hacer caso al filipino, pese a que lo que vi en los vídeos de ediciones anteriores de la Bangkok Brawl era otro asunto. Aquello se veía demasiado serio. También le di un vistazo en Facebook a Cowie, el galés que iba a ser mi oponente. En su foto de perfil salía descamisado, en calzón de boxeo y con los guantes puestos. “La vaca está lista para dar guerra”. Decía eso porque se hacía llamar Mad Cow. Vaca loca. Muy británico todo. Y a juzgar por el porte que lucía en sus fotos, más valía que yo me portase y empezara a entrenar si no quería que me pillara el toro. Bueno, la vaca en este caso.

—A partir de hoy, olvídate de beber alcohol hasta el día de la pelea —insistió Jed en nuestro primer día de entreno—, has de dar el callo a diario y controlar lo que comes.
—Dame alguna buena noticia, hombre —bromeé con el filipino.
—Ya lo celebraremos en el mismo Insanity cuando acabes tu pelea. Pero, ahora, nos ceñiremos a una estrategia para tu debut. Trataremos de que recibas pocos golpes y de que bailes mucho.
—Si es por bailar en Insanity, para eso mejor llamo a mi compa Miguel, el de los pantalones de leopardo.
—Has de bailar en el ring, Luis, que tú tienes buen fondo y así marearás al británico.

El buen filipino quería decir -con buenas palabras- que lo de golpear no era lo mío, vamos. Encajar las tortas, quizás. Pero no adelantemos acontecimientos. En aquel día quedaban unas cuatro semanas de entreno y Jed empezó a enseñarme lo que aprendió de su abuelo, un entrenador apasionado por el boxeo cubano que se hizo un nombre en los suburbios de Metro Manila.

Boxeo Bangkok entreno

Seguimos entrenando en las áreas comunes del condo de Jed. Aquí estaba el filipino machacándome los riñones mientras los niños jugaban a nuestro alrededor.

Del británico solo sabíamos que era de menor estatura. Y al ver sus fotos donde parecía gozar de un físico bastante más voluminoso que el mío, intuimos que yo tendría que ser bastante más alto. “Has de guardar la distancia y golpear de izquierda todo el rato para mantenerlo a raya”, me instruyó Jed. “No le has de dejar entrar, debes lograr que se desespere buscando un hueco”. Decirlo era fácil, por supuesto.

Durante tres semanas controlé todo lo que comí y las pocas noches en las que me enredé entre neones llené los vasos únicamente con agua mineral. Lo que sí hacía cada día de la semana era entrenar con Jed. La mayoría de los días ensayábamos técnicas, otros optábamos por que me castigara físicamente y un par de jornadas a la semana me partía el cuero con quien estuviera dispuesto.

Entreno boxeo Bangkok

De izquierda a derecha, Pequeñín -con sus pintas de peleador de lucha libre-, Kamiya el samurái, el sufridor que escribe y el manileño Jed, en el condo de este último. Ahí todos tienen pinta de repartir candela menos un servidor.

Entreno boxeo Bangkok

Pequeñín en el centro y a la izquierda el filipino Jay, quien también suelta buenos mandobles. Lo podéis encontrar casi cada noche en Hillary 2, es el guitarrista de una de las bandas del lugar.

Muchas de las noches de aquel noviembre tuve que zurrarme con Pequeñín, quien se volcó en mi pelea, y también con Kamiya, un japonés con buena experiencia en el mundo del boxeo a quien llaman el samurái. Un gran tipo que me ayudó desde el primer momento, y tanto él como Pequeñín estuvieron entusiasmados con mi pelea como si fuera en parte de ellos también, y sin duda así lo fue. Los colegas filipinos de Jed, integrantes de las bandas que tocan en Hillary, también vinieron a repartir lo suyo para prepararme en la pelea.

Las tres primeras semanas pasaron muy rápido. Buena parte de la emoción era lo casero que era todo, con un entrenamiento en el que salía a correr por Sukhumvit o en el que Jed me hacía subir y bajar las rampas del aparcamiento de su condominio. También me obligaba a hacer abdominales sujetado en el techo de un tuk tuk estacionado junto al lugar donde entrenábamos. Quizás sea porque hemos visto demasiadas veces las películas de Rocky, pero he de decir que aquello tenía su épica de barrio.

Habíamos previsto que entrenaríamos a fondo hasta que quedara una semana antes de la velada. Precisamente, el fin de semana previo a la pelea yo tenía un viaje previsto a la isla de Koh Lipe que no podía -ni quería- cancelar, donde me relajaría un poco durante tres días antes de afrontar la semana final.

Pero el día antes de irme a Koh Lipe casi se rompe todo. Y por un momento pareció que no iba a pelear.

 

A una semana de subirme al ring

 

Velada Boxeo en Bangkok

El primer cartel promocional de la velada, que durante semanas estuvo colgado en la entrada de Insanity.

Durante aquellos días previos a la velada estuvo el grupo de chat de Bangkok Brawl 4 muy activo. A veces se hablaba de las camisetas que vestiríamos, en otras ocasiones de las azafatas que pasearían los carteles de cambio de asalto. Y también de algo que, por supuesto, hace mucha ilusión a cualquier novato: la música que sonaría para la salida al ring de cada boxeador.

Tras desechar mi elección inicial por algún tema del Dímelo en la calle de Joaquín Sabina -cuya portada me iba que ni pintada-, estaba indeciso por pedir que pusieran en mi presentación algún tema de Los Chichos o de Estopa. Sin remilgos. Lo de que un tirillas saliera a un ring en Bangkok sonando el Quiero ser libre de Los Chichos podía torcer algún que otro gesto, y de eso se trataba. Al no decidirme, finalmente tiré por la calle de en medio y, cómo no, solicité que para mi salida al ring sonara El del medio de los chichos. Eso sí, la versión en que Estopa cantaba con los mismísimos Chichos. Pero sin el del medio, claro.

Aunque no todo lo que se hablaba en el chat de la velada era tan dicharachero. Y precisamente el día antes de irme a Koh Lipe se comentó algo que casi tumba mi pelea. Un asunto tan importante como las normas definitivas de cada combate, que aún no habían sido especificadas.

Tres asaltos de dos minutos. Guantes de 12 onzas. Y sin casco.

Velada boxeo Bangkok

He aquí una de las peleas que se disputaron antes de la mía el 9 de diciembre del pasado año. Todo muy ilustrativo.

El asunto se ponía peludo. Tanto, que me tocaba ir casi a pelo. Sin más protección en la sesera que la cabellera y sin los guantes gigantes que Jed me había prometido. En realidad, desde el primer día intuía que aquello acabaría siendo así y que la pelea sería con lo puesto, pero había preferido dejar pasar el tiempo a ver qué pasaba y no tener una excusa con la que echarme atrás.

Le comenté el asunto al organizador de la velada, Tee Jay, cuyo apodo pugilístico se traduce como “el muchacho del infierno” y que era también el peleador principal de la noche. “Cowie lleva mucho tiempo preparándose para vuestra pelea y en Bangkok Brawl siempre hemos tenido las mismas reglas, si Jed no se ha querido enterar es culpa suya“. Esa fue la respuesta de Tee Jay -o Hell Boy para los fans-, el mismo que un rato después me llamó por teléfono, conciliador, y me pidió que entendiera la situación y que no hiciera caso al “niñato” que me entrenaba. “Pasa de él, pero tú no te eches atrás, seguro que no te arrepientes”. Aquello olía mal, muy mal, así que cuando fui a entrenar a la noche me encontré al filipino con una cara que parecía un poema y mirando hacia el suelo.

—Luis, tenemos un problema; creo que la he liado.
—No pasa nada, Jed —vi que allí estaba Kamiya ajustándose los guantes—. Me vas a pedir que hoy hagamos sparring sin casco, ¿verdad?
—Si, sin casco… pero bueno, tú pelea ahora y mejor te cuento luego.

Aquel fue el último día que hice sparring antes de mi pelea. A la madrugada del día siguiente iba a viajar hacia Koh Lipe para pasar tres días ausente de todo y los cinco días previos a la pelea nos los tomaríamos de otra manera. Así que Kamiya subió el ritmo e hicimos tres asaltos como si fuera un combate real. El samurái lo dio todo, como buen guerrero nipón. Y lo de pelear sin casco tampoco fue algo que a mí me llegase de nuevo, al menos entre colegas casi siempre había practicado sin él.

—Oye Luis —Jed empezó a sincerarse conmigo juntando sus manos y mirándolas como si esperara encontrar algo entre ellas—. ¿Y si abandonamos?
—Joder, Jed —vi que el filipino estaba alterado y no sabía por qué—. Si tú crees que es lo mejor, pues tiramos la toalla. Pero dime por qué.
—He tenido una discusión fuerte con Tee Jay. Le he llamado negrata.

No pude evitar echarme a reír, porque desde luego que si hay alguien a quien no se parece el rubio musculoso de Hell Boy es a Apollo Creed. Pero bueno, hay que entender al buen Jed. Con su manía de hablar y hasta insultar como los raperos estadounidenses.

—¡Pero si el “muchacho del infierno” es pálido como el jamón británico! —le contesté entre risas—. Hasta le patrocina un centro de estética de esos que hacen bronceados, es un guaperas de cuidado.
—Es que me he calentado, me ha dado mal rollo como me ha contestado —el filipino no sabía cómo decir lo que tenía que decir—. A ver, que lo vuestro es una pelea amateur en Tailandia, yo pensaba que lo normal era llevar guantes de 16 y casco, y no me ha gustado un pelo lo que me ha dicho.
—Vamos, que ahora encima es algo personal entre Tee Jay y tú. Vale, entiendo. ¿Pero qué hacemos nosotros?
—Está en tu mano, Luis. Pero podemos abandonar y ya está. No hay deshonra en ello. Tú mandas.

Entreno boxeo Bangkok

Jed a mi izquierda y Pequeñín y Koudai a mi derecha. De infierno aquí había poco, pero también habíamos hecho lo nuestro. Y aquel esfuerzo con ellos parecía que no iba a servir para mucho si seguía las instrucciones del filipino.

No era la única noticia turbia del día. En aquel momento, a menos de una docena de horas de embarcar hacia unos días de sol y playa, también logramos saber algo más sobre Cowie, quien iba a ser mi oponente. El galés era mucho más que un amigo íntimo del mismo Tee Jay, el organizador de la pelea y a quien Jed había llamado “negrata”. Entrenaban juntos y estaban muy unidos.

Además era el peleador más reciente y uno de los más queridos de Boxer Rebellion, uno de los mejores gimnasios de boxeo occidental de Bangkok. Llevaba además mucho tiempo preparándose para su debut. Yo, en cambio, era un inconsciente que había estado entrenando tres semanas para una pelea por aquello de ver qué se vive ante semejante tejemaneje. Y además había pensado que sería una pelea diferente. Algo más de estar por casa y casi como una pachanga, con casco y guantes grandes. Pero ahora tenía claro que no, que de guasa nada y que aquello podía ser algo muy distinto. Y, desde aquel instante, aquello ya olía a carnicería antes de que empezara.

Necesitaba reflexionar, así que esa noche me acerqué a los bares del soi 22 de Sukhumvit con Pequeñín y con mi gran amigo Rafa. Hablamos del asunto mientras me conformaba con una botella de agua mineral y decidí que sería en Koh Lipe donde tomara una decisión. Y así fue.

Restaurante paella Koh Lipe Tailandia

El restaurante Ten Moons tiene quizás las mejores vistas de Koh Lipe. Pero lo mejor es su paella. Y que conste que lo digo a modo personal, ni conozco a los dueños siquiera y solo he estado allí como cliente.

Cuando en mi fin de semana de asueto ya estuve en Koh Lipe fui a la terraza del restaurante Ten Moons, mi refugio favorito en la isla. Me pedí una Asahi bien fría y encargué una esplendorosa paella, dejando de lado las restricciones alimentarias previas a la pelea. Y allí, mientras saboreaba la cerveza y engullía un arroz excelente, agarré mi teléfono móvil y le envié un mensaje muy escueto a Jed.

I’m in.

No lo voy a negar, aquellos tres días en la isla de Lipe comí lo que me dio la gana, pero sin pasarme. Solo tomé esa cerveza junto a la paella, pero he de reconocer que una noche di cuenta de una botella de Juvé i Camps Gran Reserva que guardaba desde hacía unos meses. Qué menos.

Sabía que iba a subirme al ring con todo en mi contra, sin estar lo suficientemente preparado y en una forma física cuestionable. Pero, qué carajo. Era entonces o nunca. Tanto para darle matarile a la botella de cava como para exponerme en un ring a que me lo dieran a mí. No iba a tener otra oportunidad así para participar en una pelea, así que había que probar aunque fuera solo por curiosidad.

O quizás era que yo le ponía demasiados efectos especiales a una pelea sin importancia, frente a un novato y sin más peligro que romperse la nariz o algo así. Pero cuanto más te crees algo mejor lo disfrutas.

El lunes regresé a Bangkok, cuando ya solo faltaban cinco días para la pelea. Con Jed ya no hicimos más sparring y mi entreno hasta el jueves se basó en mejorar mi explosividad y potenciar mi fondo. Me iba a tocar correr por el ring, ya se veía venir. El problema era que el galés había sido futbolista hasta hacía poco, y esos de correr saben mucho.

 

La curiosa sesión de pesaje

 

Pesaje boxeo

El día antes de la pelea se celebró la habitual sesión de pesaje previa a la velada. Con todo el show que ello supone. Así que la noche de viernes fui con Pequeñín y nuestro compa Alexis “el guapo” a ver qué se cocía por allí. Lo de llevar al guapo tenía su qué, ya que Hooters patrocinaba la velada y en el pesaje estaban algunas de las damas que en dicho bar trabajan para amenizar el asunto. Y al guapo lo tenían más que fichado en Hooters por mucho más que por ser cliente habitual.

Cuando llegamos a Sportsman, donde pesarían a los boxeadores y a los inconscientes como yo, quedó aun más claro que mi equipo y yo jugábamos en campo contrario. El presentador, el público y hasta la mitad de los asistentes en la previa a la velada eran colegas de Tee Jay, quien además era la estrella del evento. Quizás por eso el bueno de Jed, tras haber llamado “negrata” al muchacho del infierno, no se preocupó demasiado cuando un retraso en un vuelo le impidió ir al pesaje.

A los pocos instantes de estar por allá vi a Cowie, el que sería mi oponente, apostado en el grupo de Tee Jay. El que se apodaba Mad Cow me miraba de reojo, sin malicia alguna pero con curiosidad. Alguien tenía que decir algo, no íbamos a mirarnos solo desde la distancia, así que decidí ser yo quien se acercase a saludar.

—Cowie, ¿verdad? Entiendo que no hace falta que te diga quien soy.
—No, para nada… me queda claro, por supuesto. Encantado.

¿Qué quieren que les diga? Aquel galés de mirada divertida me pareció un tipo agradable. Educado y algo reservado, con una media sonrisa sincera y bastante emocionado por lo que se nos venía encima. Vestía un chándal de boxeador y la camiseta oficial del evento, y era innegable su origen británico. Eso sí, aunque era algo más bajito que yo, no lo era tanto como habíamos imaginado.

Charlamos un rato de lo común y también de lo que nos tocaba. Y con un apretón de manos y el deseo de hacer un buen papel nos despedimos.

—Oye, ¿tú has hecho algo de Muay Thai? —me preguntó antes de que yo regresara con los míos.
—He entrenado un buen puñado de años, pero nunca he peleado —me sinceré—, en realidad soy un paquete. Es la primera vez que me subo a un ring, ¿y tú?
—He sido jugador de fútbol desde casi siempre, pero ahora llevo muchos meses preparándome para este debut.

A estas alturas no he comentado uno de los detalles que más nos sorprendieron a Jed, a Pequeñín y a mí. Y no era que mi oponente llevara meses de entreno cuando yo solo había tenido cuatro semanas escasas. Sino que de los ocho combates de que se celebrarían en la velada, el nuestro era el quinto. Normalmente, en Bangkok se va de menos a más, y los debutantes son los primeros en salir al ring. En cambio, la mía sería la primera pelea de la segunda ronda, cuando ya estuviera todo el local abarrotado y la cerveza hubiera hecho mella en el público.

Pesaje en boxeo

El momento en que subí a la báscula.

Cuando en el pesaje anunciaron mi nombre para subirme a la báscula y calcular mi peso, simplemente me presentaron como “Pi Luis”. Sin apodos rimbombantes. Decidí que me citaran de esa guisa porque algunos amigos me llaman así en Bangkok, lo que significa “hermano mayor”. Nunca fue tan agradable que a uno le llamaran viejales con buenas palabras.

El problema de aquel pesaje es que yo no daba la talla. El día que tenía que subir a la báscula yo no llegaba a los 70 fijados para la pelea. En la playa perdí un par de kilos y no los pude recuperar antes de aquel día, así que antes del pesaje me bebí casi una botella entera de agua para entrar en vereda.

—Oye Luis, ¿cuánto pesas? —me preguntó el que intervenía aquella báscula, sin mirar lo que marcaba.
—Estaré en los 70 kilos —le contesté.
—Y el peso de Pi Luis es… —aquel tipo cogió aire para gritar sin siquiera fingir alguna calibración en los pesos de la báscula— ¡Setenta kilos exactos!

Pesaje de boxeo chicas Hooters

Salí de la báscula algo confuso y me quedé a un lado, junto a las damas del Hooters, esperando a que llamaran a Cowie e hiciese lo propio. Por supuesto, su subida al escenario fue increíblemente más celebrada y cuando él se subió a la báscula casi todos los allí presentes empezaron a vitorear su nombre. “¡Cowie! ¡Cowie!”. Otros le llamaban aquello de vaca loca, Mad Cow, pero desde luego que lo decían con orgullo.

Cuando anunciaron que pesaba los mismos 70 kilos, en un gesto de autoconfianza arropado por los suyos, alzó los brazos en señal de fuerza, marcando bíceps. Como si fuera Conor McGregor o cualquier otro. Estaba en su salsa, no había duda. Aquel chaval de gesto amable a quien había conocido hacía un rato se había transformado en un hombre decidido y con una mirada que denotaba un hambre enorme. Y, nuevamente, más vítores y gritos. Él quería a su público y sin duda a él también lo querían. Yo no era más que un mal necesario.

Combate boxeo en Bangkok Pesaje

La clásica estampa previa al combate.

Tras la típica imagen cruzada de nosotros dos todo quedó cerrado. No había vuelta atrás. Al día siguiente, me subiría al ring arropado por Jed como mi entrenador y Pequeñín como mi esquinero. Delante de 500 personas y, ante todo, frente a Cowie.

He de reconocer que, pese a no sentir deseo alguno de fustigar al galés, la sensación de saber que hay que subirse al ring para defenderse de alguien a puñetazos es algo que te toca la patata. Aunque para muchos no sea más que el ridículo de dos pardillos que ni idea tienen de boxear, el asunto tiene su miga a nivel personal. Y para mí era una de esas emociones que acercándote a los 40 años es muy difícil de sentir.

Así que ahí estaba yo, con la adrenalina de un niño descubriendo un parque de atracciones o la de un adolescente cuando nota que el agua de la ducha le da gusto en las partes bajas. Y estaba solo en el pesaje, descamisado como si pudiera lucir, cuando en realidad había más por ocultar.

Cowie, en cambio, tenía cinco años menos que yo, los ojos inyectados en fuego al subirse al escenario y un físico notablemente más trabajado que el mío. Los organizadores y muchos más lo jaleaban frente al que sería su debut. Pero daba igual. Al menos iba a estar arropado por los míos, ya que un grupo de amigos tailandeses y españoles se dejaron un riñón para alquilar una mesa pegada al ring durante la velada. Y eso ya era mucho.

 

Una noche en las peleas

 

Bangkok Brawl 4 Bangkok

Unas 500 personas se reunieron en Insanity para ver la velada en persona.

“Nos vemos a mediodía en la estación de BTS”. Jed, recién llegado de su viaje atrasado, estaba listo para que fuéramos con lo puesto a ver qué podía hacerse. Kamiya vino con nosotros y Pequeñín nos esperaba en el soi 11 de Sukhumvit.

La primera impresión cuando entramos en Insanity, con el garito reconvertido para la ocasión, fue como para quedarse patidifuso. Cámaras de grabación en directo, pantallas gigantes, set de luces y un ring espectacular. Por no mencionar que no cabía un alma en el lugar. Conmigo como boxeador aquello no podía ser serio, por supuesto, pero como decía Doc en la eterna Regreso al futuro, “si vas a hacer algo hazlo con estilo”.

Pueden decirse muchas historias del muchacho del infierno, de Tee Jay, y en el mundillo del boxeo en Tailandia tiene tantos seguidores como detractores. Pero donde no ha habido nunca discusión es en que sabe cómo organizar una velada espectacular.

Antes de prepararme pude ver el primer combate de la noche, que fue más bien un circo. Uno de los peleadores previstos había abandonado esa misma semana, así que la organización tuvo que buscar un reemplazo de última hora con un pobre diablo. No duró nada contra su oponente, un joven ruso muy ducho en lo de darle un baño al que le pusieran delante. En seguida lo tumbó.

Velada de boxeo en Bangkok

La tercera pelea de la noche. En el público se ve a mi gente, apostada contra el ring, como al buen Mr Ma ajustándose las gafas tras haberle salpicado sangre y sudor. Porque aquella pelea acabó con un KO y mucha sangre.

Antes de realizar el último calentamiento para poder subir al ring pude saludar a Ham Ze, un gran tipo que, además de ser muy carismático, es un fantástico boxeador profesional. Y él iba a arbitrar todas las peleas de la noche, incluida la mía, ya que el que es conocido como el bateador persa se había tomado un descanso del ring durante demasiados meses.

—¡Eh puto! —me saludó el iraní que además de un buen puñado de idiomas también habla algo de español con acento mexicano—, ¿qué hacer aquí, puto?
—Joder, ¡Ham Ze! ¿Arbitras tú? —le dije emocionado porque hacía tiempo que no lo veía—. A ver si te portas, que hoy me estreno.

Ham Ze me miró con la misma cara de horror que cuando se cuando se le acaba la cerveza. Se tocó la perilla y miró hacia donde estaban Pequeñín y Kamiya. Los vio sin vestir guantes. Luego se fijó que en mis manos ya tenía yo bien fijados los míos.

—Luis, puto… —pasó al inglés para sentirse más cómodo—. Pero, ¿de verdad que vas a pelear tú?
—¡Claro! Pensaba que lo sabías.
—Bueno, eh… ¡Venga nos vemos!

Ham Ze salió escopeteado como si al otro lado de la sala estuvieran dando un concierto los mexicanos de Molotov, su banda fetiche en español. Gran tipo. Quizás ante la sorpresa de mi pelea se asustó porque me reconocía en otro tipo de lides muy alejadas del camino del puño, pero sin duda era un lujo tenerlo a él en el ring.

Puñetazos en velada de boxeo en Bangkok

El persa Ham Ze, haciendo de árbitro, en el centro de la imagen. En aquellos días finalizaba su temporada fuera del ring y también su descanso dietético. A la semana siguiente hizo su primera pelea en profesional tras su parón con semejante aspecto físico de luchador de sumo -como gustaba decir- y aun así destrozó a su oponente.

La espera al combate se hizo eterna, y eso que Jed, Pequeñín y Kamiya estuvieron conmigo tratando de animarme y me preparaban para lo mejor y, ante todo, para lo peor.

Pequeñín me untaba la cara con abundante linimento y vaselina. “Si este pestazo no lo echa para atrás, al menos que con la vaselina se le deslicen los golpes”, me decía sin desdibujar su traviesa sonrisa. Jed, en cambio, me había preparado un brebaje con plátanos, huevos y un par de Red Bull, por eso de salir como un toro. Que en Filipinas aún son tipos duros y lo de las barritas energéticas o lo de comer quinoa les provoca carcajadas. Aun así, la gran sorpresa era la que me tenía preparada el nipón.

Kamiya había decidido cederme su mejor defensa, la que siempre había vestido en sus peleas y que no era otra que su protector para lo que cuelga. Un tanga rígido y gigantesco que se coloca donde los gayumbos para parar los golpes bajos, pero que en realidad te hacía sentir como si hubieras caído en lo más bajo.

Cuando el buen Kamiya logró enfundarme el armatoste me pareció que aquello se asemejaba más bien a un instrumento de sadomasoquismo japonés, como esos que salen en el más sonrojante porno nipón, que no a un protector que pudiera ser de ayuda alguna. Y bueno, además de apretarme la barriga como la peor de las fajas, en seguida noté que aquel engorroso accesorio tampoco le otorgaba un descanso a mi ganso. Vamos, que tenía lo que me cuelga terriblemente aplastado por la huevera.

Los míos no lo veían de aquella forma. “Es un honor vestir la armadura de un samurái”, me dijo Jed con voz solemne, como si estuviera en una película donde saliese Ken Watanabe en kimono. Yo la sentía, en cambio, como si fuera una armadura cargada de roce sin cariño en ese lugar donde lo que uno precisamente necesita es de cariño.

Y así, luciendo la cara blanquecina como un fantasma y oliendo a muerto, con el mejunje taurino en un estómago aprisionado por la huevera sadomaso nipona, me di cuenta de cuánto quería a aquellos tipos, más allá de lo aparatoso del asunto. Podía estar a punto de que me dieran la paliza de mi vida, pero aquellos instantes los guardo con mucho más que cariño. De ese que, ya lo he dicho, para el peor de los males flaqueaba más que nunca en mi entrepierna.

Puñetazos en velada de boxeo en Bangkok, pelea de mayores

La segunda pelea de la noche la protagonizaron dos peleadores entrados en años que lo dieron todo como si fueran jóvenes gallos. Miguel el bailador y Alexis el guapo miran desde la barrera en un Insanity al que solían acercarse por otros menesteres.

Mi combate se retrasó algo más porque justo antes bailaron en el ring las chicas de Hooters. He de decir que estaba bastante tranquilo pese a lo puntilloso del asunto, pero quizás un poco más de nervio no me hubiera ido nada mal. Y, finalmente, me dijeron que cruzara la puerta que daba al pasillo hacia el ring.

Allí esperaba una de las damas que trabajan en Hooters, enfundada en su indumentaria habitual, para acompañarme en el paseíllo hacia el ring. Un camino durante el cual, por primera vez en Insanity, sonaría la rumba de los de Cornellà. Además de la muchacha que hacía las veces de azafata, Pequeñín y Jed se apostaban junto a mí. Nos miramos nuevamente y sonreímos. Joder, ¡al final lo íbamos a hacer!

—Bueno, y para la siguiente pelea, demos la bienvenida a… —el presentador del evento, con su traje y su ensayada emoción,  cogió aire para gritar mi nombre a los cuatro vientos como si yo fuese un tipo importante— ¡¡¡Pi Luis!!!

Y empezaron a sonar los hermanos Muñoz junto a los reyes del extrarradio al compás de las luces con aquello de “me ha dicho que en otra vida yo era un perro callejero”.

Pelea boxeo Bangkok

Pequeñín no pudo evitar desternillarse al acompañarme al ring, precisamente a mí, mientras sonaban los Estopa. Jed se quiso esconder de las cámaras, esperando que los suyos no lo vieran salir al ring ante semejante melodía.

Pelea de boxeo en Bangkok

Caminaba hacia el ring rodeado de un público que me lanzaba gritos de ánimo y con los hermanos Muñoz junto a los reyes de las cintas de las gasolineras sonando a todo trapo.

Y como Los Chichos despiertan a un muerto, en lugar de desconcertarse el personal muchos empezaron a bailar al ritmo de “esta rumbita pa’ alegrar los corazones”. No lo tenía previsto, pero pronto me vi yo dando también algunos pasos antes de llegar al ring. Jamás podré soñar con acercarme al betún de Mike Tyson en esto de boxear, por supuesto, pero al menos puedo decir que canto y bailo tan mal como él.

Ring boxeo Bangkok

Jed y Pequeñín, junto a mí, al llegar a mi esquina. En aquel momento escuchaba los gritos de mi gente a pie de ring. Cómo no, me dedicaron varias bromas. Así ha de ser.

La fiesta se acabó antes de que terminara mi canción. Tras unos instantes de recreo en el ring, pronto cambiaron la música y anunciaron la salida al ring de Cowie, quien eligió que le acompañara el tema noventero Here Comes the Hotstepper. El mismo que sonaba en casi todas las pasarelas de moda de los años noventa.

Al verle salir me di cuenta del olor a jaleo. Aquello iba en serio. Muy en serio. Mientras mi rival avanzaba hacia el ring sonando por los altavoces aquello de “aquí viene el más puesto, asesino”, vislumbré que la canción le iba como un guante. Vaca loca movía los hombros con violencia al caminar y no movía ni un músculo del cuello. Los ojos enfurecidos y apretando los dientes con tanta energía que pensé que iba a partir en dos el protector bucal. No era una vaca loca. Era un toro bravo.

Árbitro en pelea de boxeo

Ham Ze nos da instrucciones antes de empezar la pelea.

Nada más subir al ring Cowie clavó sus ojos en mí y me dedicó una profunda mirada de odio. Profesaba tanta mala leche hacia mí en aquel juego psicológico que cualquiera hubiera dicho que yo, como mínimo, tenía que haberle liado alguna buena. No sé, mearme en el sofá de su casa o algo así.

Haciendo las veces de árbitro, Ham Ze nos juntó en el centro del ring para darnos las instrucciones de rigor. Yo le hice caso, Cowie no. Él seguía concentrado en mirarme con aquel odio tan peliculero. Y cuando nos enviaron a nuestras esquinas él me miró. Me señaló y luego hizo chocar sus puños mientras gruñó alguna barbaridad. Y justo tras ello empezó el combate.

Pelea de boxeo en Tailandia

Mad Cow me embistió como un tren expreso. Suyo fue el primer golpe y también el primer apretón. ¿Cómo lo sentí? Sin sorpresa alguna. Yo me dediqué a tratar de llevar a cabo mi estrategia sin demasiado éxito, con el galés totalmente entregado a ejecutar su castigo.

Durante aquel primer asalto se nos vio el plumero a los dos. Y también las costuras. Cowie avanzaba y golpeaba tanto como podía y yo trataba de responderle. Y, por suerte, cada vez que recibí algún obús de los suyos -y fueron muchos los que me impactaron- logré pararle los pies. Pese a que él tiraba y tiraba hacia adelante. Siempre que quiso fulminarme con alguna ráfaga de golpes logré zafarme o abrazarle. Menos mal.

Pelea boxeo Bangkok

Puñetazos boxeo golpes Tailandia

En algún momento el galés me cazó por abajo. Menos mal que la entrepierna estaba protegida por la armadura del samurái.

Otros dos asuntos clave quedaron claros. El primero, que Cowie se las daba de animal rabioso, el sí tenía aquel instinto asesino del que yo carecía. Quedó claro cuando para abortar su ataque lo abracé -algo totalmente legal y común en el boxeo- y él no quiso aceptar el necesario parón de forma algo marrullera. Imagino que dicha gesta ha de ser una herencia del fútbol. El segundo detalle importante era mucho más doloroso para el que escribe. Vaca loca pegaba más fuerte que yo. Muchísimo más fuerte. Y cada uno de sus golpes hacían mella en mí.

Sin embargo, el primer asalto acabó sin grandes sorpresas, todo muy amateur. Suficiente tuve yo con mantenerme en pie ante lo que podía considerarse una paupérrima exhibición por mi parte. Y aunque pudiera parecer que aquello tenía que haber sido doloroso, entre la emoción del momento y la concentración no sentí ningún daño. La sensación era embriagante y necesitaba estar tan concentrado que no había lugar para nada más.

Sí, era un combate amateur entre dos novatos sin estilo. Uno con más garra que el otro. Pero, en aquel momento, para mí aquel primer asalto había sido un mundo.

Pelea de boxeo en Tailandia

Durante el tiempo muerto, Jed me dio unas cuantas instrucciones y Pequeñín ayudó con los tejemanejes del deporte. La toalla, el agua y más vaselina. “No dejes que entre, si rompe tu defensa pues lo abrazas y reinicias el combate”, me decían. “Y usa más tu golpe de derecha, joder”. Desde el público empezaron a tirarme cubitos de hielo los amigos de Cowie y a dedicarme ininteligibles deseos. Lo dicho, en otra vida tuve que mearme en el sofá de vaca loca o algo así.

El segundo asalto fue mejor, aunque también resultó ser donde empezó a romperse todo. Pude sentirme bastante más cómodo, solté unas cuantas manos que impactaron en mi oponente y logré llevar un ritmo mucho más animado. Me encontraba bien y sentía que estaba desarrollando mi estrategia y que mantenía a distancia al galés, a la espera de que se agotase su energía.

Pelea de boxeo en Insanity Bangkok Tailandia

Viendo las fotos oficiales de Insanity, cualquiera pensaría que en mi pelea yo dominé el asunto. Debería agradecerle eso al fotógrafo, ya que desde luego que así no fue.

Aun así, Cowie empezó a tirar mucho más fuerte en lugar de apagarse. Yo lo sentía en mis carnes como si fuera un todo-terreno arrasando con todo a su paso. “No puede mantener ese ritmo, ha de cansarse en algún momento”, pensé de forma totalmente ingenua.

Además de su fortaleza física, sus cinco años de diferencia y el intenso entreno que aseguraba haber llevado a cabo, el galés generaba toda aquella energía gracias a una furia inusitada. No podía parar, necesitaba seguir hacia adelante. Incluso en un momento en que se paró el combate y fuimos a chocar guantes, él aprovechó dicha circunstancia para romper todo código ético y atacarme antes en lugar de guardar respeto. Aquello podía ser una pelea de novatos, pero para él parecía ser algo mucho más en serio. Y desde luego que el asunto no era amistoso.

Esquiva de boxeo

No lo sabía mientras duraba el segundo asalto, pero uno de sus golpes me había cazado la nariz. Por suerte, no había nada roto, pero empecé a sangrar sin disimulo. Por supuesto, yo no me di cuenta. Quizás por eso Ham Ze, en un momento del segundo asalto, paró el combate para ver si yo estaba bien. Poco antes de que sonara la campana.

En el parón entre asaltos me senté de nuevo en la silla, mucho más cansado que antes, pero con la sensación agridulce de haber hecho un mejor asalto en el que, desgraciadamente, también me había llevado golpes más fuertes.

—Oye Pequeñín, ¿me ha roto la nariz este bruto? —pregunté desde la silla al ver cómo brotaba la sangre y manchaba mi calzón mientras mi compa me inspeccionaba.
—Estás sangrando bastante, pero no sufras, no hay nada roto.
—Has de seguir, Luis —me animó Jed—. Ahora has de dar todo lo que te quede.
—No voy a echarme atrás, Jed.
—Ahora es tu momento —el filipino me agarró por la nuca con una mano y con la otra señaló a Cowie, que seguía mirándome con sus ojos enrojecidos de rabia—. Está cansado, ¡has de ir a por él! Es imposible llevar ese ritmo todo el combate, no puede seguir así, ¡ha de haber quemado todo su fondo!

Me levanté de la silla y Ham Ze nos señaló que empezaba el tercer y último asalto. Y en mi cabeza aún resonaban las palabras de Jed. “Está cansado, no puede seguir así”. El filipino desconocía lo muy equivocado que estaba. Y en mis carnes tardé solo unos segundos en darme cuenta de ello.

Puñetazo boxeo

Si me enorgullezco de algo en mi pelea es de haber aguantado aquel tercer asalto. Por supuesto, muchos de los que vieron mi escaramuza dicen que lo mejor hubiera sido borrar por completo aquellos dos minutos de castigo. Eliminarlos del combate. En cambio, para mí es el momento de aquella pugna al que otorgo más mérito. Del que más orgulloso me siento.

Muy pocos instantes tardó Mad Cow en cambiar el guión y ponerlo a su gusto, contar la película de una forma en la que él gozase muchísimo más. La del martirio y la paliza. Como si se hubiera puesto el traje de pendenciero y alborotador. Un golpe suyo al principio del tercer asalto destrozó todo mi fondo de un plumazo, y eso lo cambió todo. De repente, mis fuerzas se desvanecieron en un mísero instante. Y él, al verlo en mis ojos y en mi penuria, se creció muchísimo más.

Mi única opción era resistir. Aguantar de la forma que fuese. Sobrevivir al embiste. No dejar que aquel toro bravo me tumbase.

Cowie seguramente no era un buen boxeador -aunque mejor que yo sin duda-, pero era tremendamente superior en todos los aspectos. Y vi claro en aquel momento que buscaba el KO. En realidad, luego supe que aquello era lo que esperaban los suyos y muchos de los que por allí pasaban. Mi papel era el del tipo al que tenía que tumbar.

Y sin duda hizo todo lo posible para que aquello ocurriese. Prueba evidente era mi cara, que con tanto golpe parecía el mapa de las tierras por las que Atila pasaba. Y me gustaría decir que me crecí ante la adversidad, o que simplemente me quedé atontado y por eso aguanté. Pero no. Simplemente, quería acabar el combate. Mantenerme en pie. Parar los golpes sin huir del embiste de aquel tipo que un día antes me había parecido ser amable. Continuar. Mantenerme en pie. No dejar que me golpease. Tratar de colar algún derechazo. Eso era lo único que había en mi mente.

Pero la realidad era otra. Cowie me encajó un golpe, y otro más. Y mantuvo un impulso ante el cual yo solo podía dejar clara mi resistencia y las ganas de morir de pie. Con las botas puestas.

Ham Ze, en su faceta de árbitro y amigo preocupado, tuvo que parar el combate y darme una cuenta estando yo de pie en más de una ocasión. Yo le pedí que dejara de contar, que me permitiese continuar. Tenía que seguir. Y justo cuando reanudó el combate llegó el momento más delicado de toda la pelea.

El gancho. Durante toda mi actuación había esperado poder lanzar yo un gancho. Pero fue al contrario. Mi cansancio hizo que me descubriera y Mad Cow cargó su brazo y lanzó un gancho con todas sus fuerzas que enganchó en mi mandíbula como si aquello fuera un golpe de película.

El dolor, entonces sí, era atenazador. Pero no me dejé caer. Ham Ze, más preocupado que nunca, se interpuso entre los dos y empezó a contar delante mío, aprovechando las reglas de los combates amateur.

—Luis, ya está —mi amigo el persa, con cara descompuesta, fingió contar para hablar directamente conmigo—. Lo has hecho fantásticamente bien, has resistido, pero retírate ya.
—Ni lo sueñes, Ham Ze. Déjame continuar, he de acabar el combate.
—Ya has demostrado todo, de verdad. Perderás a los puntos igualmente, ¿por qué no abandonas antes de que esto vaya a peor?
—Porque he de acabar en pie cuando suene la campana —clavé mis ojos en Ham Ze a modo de súplica—. Déjame terminar. No voy a rendirme ahora.

Ham Ze bajó la mirada resignado y me permitió continuar. Seguí como hasta entonces, sabiendo que estaba todo decidido. Pero sin tirarme hacia atrás, sin bajar la mirada ni esconderme. Cowie, visiblemente alterado, gritó y vino con todo a por mí. Quería su KO en su debut.

Pero no me tumbó. No logró el galés que yo besara la lona.

Sucedió algo extraño entonces. Ham Ze paró el combate en el momento en que sonaba la campana. Su intención era hacer caso omiso de mis palabras y pararlo, regalar un KO técnico a Cowie estando yo aún en pie para garantizar mi bienestar. Reglas de los combates amateur para evitar accidentes. Lo raro fue que el tiempo del asalto, los dos minutos, se había agotado un poco antes. ¿Por qué no había sonado antes la campana? A saber. Cuando menos puedo decir que acabé el tiempo reglamentario.

Pero eso ya daba igual. Cuando anunciaron la victoria de Mad Cow y él salió corriendo por el ring y lo celebró con locura, el ganador no era el tipo más feliz entre las cuerdas. Y esa sensación, aquella adrenalina, es algo que se me quedó grabado y que duró muchos días más en mí.

“Felicidades”. La chica de Hooters que me había acompañado al ring fue la primera en tratar de regalarme los oídos.

—He perdido y me ha dado una paliza —le contesté sonriendo—. Es a él a quien hay que felicitar, ha sido muy superior y ha demostrado tener un gran espíritu para ello.
—Yo no lo veo así, has de estar orgulloso.

Bajé del ring y, junto a Pequeñín y Jed, emprendí el camino hacia el vestuario para lamerme las heridas. Y allí, entre el público, empezaron a saludarme y a felicitarme. A darme la enhorabuena. Quizás en realidad los allí presentes simplemente no querían hacer leña del árbol caído y aquello era simplemente un consuelo. Pero lo agradecí muchísimo.

 

Finiquito de tan rocambolesca pelea de boxeo

 

Bangkok Brawl Tang Mo

Justo después de mi pelea se celebró el combate entre los pesos muy pesados de Tangmo y Antero. Y allí sí que hubo sangre a borbotones y un KO.

Cuando descansé y me aseé tras la pelea pude comprobar el daño realizado. Un ojo morado cuando bajó el hinchazón de mi cara. Al menos, a nivel visible esa fue la única marca tras la necesaria cura. Nada grave y por lo que antes no hubiera pasado. Eso sí, estuve más de una semana viendo las estrellas cada vez que abría mucho la mandíbula debido a aquel gancho feroz en el último asalto.

Uno de los primeros en llamarme al acabar la pelea fue Vélez el arquitecto. “Luis, colega, no te rendías, ¿pero tú has cobrado algo por esto?”. Por supuesto que no. Me llevé una paliza sin ganar ni una moneda por ello. La velada era benéfica con los fondos destinados a asociaciones protectoras de los menores de edad en el conflictivo barrio de Khlong Toei. No todo ha de hacerse por plata.

Ya tras haber acabado la pelea, Cowie vino a hablar conmigo. Volvía a ser aquel joven amable, de ojos curiosos y sonrisa ingenua. “Muchas gracias, de verdad”. Creo que es un buen tipo. Un pura sangre ahí arriba, pero seguramente un chaval agradable.

Esa noche, por supuesto, hubo que festejarlo. Mis amigos esperaban frente al ring viendo el último combate de la velada, ya visiblemente perjudicados por todo el whisky al que habían dado cuenta en todo aquel tiempo. Me uní a ellos y el primer trago tras tantas semanas me supo a gloria.

Y la pregunta que todo el mundo me hizo. ¿Por qué diablos lo hice? No demasiados dicen entenderlo, pero es algo realmente sencillo de explicar. Me subí al ring para vivir nuevas experiencias. Igual que un día cogí un vuelo a Bangkok sin billete de vuelta. O como en todas esas inconfesables situaciones en las que uno se mete por probar.

Enredarse en una pelea de boxeo a los treinta y muchos contra un chaval más joven y mejor entrenado, a cara descubierta y sabiendo que vas con todo en tu contra, puede parecer una locura. A mí, en cambio, lo que me parecería una locura es no hacerlo por miedo o por temor a hacer el ridículo, si realmente sientes ganas de ello. O por la posible vergüenza de que te destrocen la cara delante de medio millar de personas y siendo grabado en directo.

Al fin y al cabo, y aunque yo haya puesto emoción en contar este relato porque así lo viví, la realidad es que fue solo una pelea amateur. Con otro novato y solo durante tres asaltos. No es nada extraordinario, pensarán muchos y tendrán razón. Como los que dicen que aquello de espectáculo no tuvo nada. Pero yo lo cuento como si hubiera sido algo importante porque, a nivel personal, para mí sí que lo fue.

Es ese asunto de hacer lo que realmente te apetece. Para unos puede ser participar en una pelea de boxeo. Para otros, viajar con lo puesto a una isla remota de Indonesia. O escalar una montaña nevada en la que se te calan los huesos. Fundar una banda y tocar versiones de los Stones en garitos de mala muerte a cambio de cerveza gratis. Qué sé yo, quizás lo que te haga sentir bien sea enseñar a tu hija tu pasión por las motocicletas para convertirla en campeona o largarte a dar la vuelta al mundo con tu pareja en lugar de quedarte en una oficina donde no ocurre nada.

Todo lo que te haga sentir vivo es algo por lo que merece la pena seguir dando guerra por aquí. Igual que cuando, un día, desempolvas aquella vieja cinta de vídeo en la que sale un fortachón en la portada y vuelves a conectar tu maltrecho Betamax. Para volver a ser aquel niño que desde el sofá de su casa gritaba y animaba a Rocky en la pantalla. Golpe a golpe en aquella lejana Filadelfia cuyas escaleras que escalaba el potro italiano, aún hoy, nos parecen tan nuestras.


Esta historia tan larga y tan personal solo puedo dedicársela a esa persona que, desde mi niñez, me animó a salir de casa para descubrir esos lugares que él solo pudo explorar en sus libros. A vivir en carne propia aquello que él se tuvo que resignar a disfrutar a través de sus películas. En aquel vetusto Betamax quemado por el uso que le dábamos en casa. Gracias papá.

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25 comentarios

  1. Aaron dice:

    Bravisimo Luis el semental italiano español thai. Coño hermano Rocky se tomaba un vaso de huevos crudos antes de entrenar. Esa mezcla con plátanos y red bull creo que a mi en el primer asalto un puñetazo en el estómago y por alli se me sale. Yo creo que no le meastes el sofá, creo que te cogistes a su hermana en su sofa favorito probablemente donde veía a Rocky y aunque te saludo no pudo evitar transformarse de vaca loca a toro bravo pero lo bueno luis es lo que dices la adrenalina y la experiencia de haberlo hecho y llegando a los 40 retomando un poco de las ilusiones del betamax cuando uno es un chavalito. A mi hermano me encantaba rocky 4 aunque todas las historias del semental italiano son un gran clásicaso.

    • Me gusta más lo del luchador del Betamax, que siempre está bien apostar por las causas perdidas. Aunque estés acercándote a los 40. Precisamente, en la misma velada pelearon dos tipos en sus 50 que llevan muchísimos años participando en peleas amateur.

      • Aaron dice:

        si eso tipos com de 50 y tantos en la foto parecen evander hollyfield y mike Tyson. Parece se dieron duro solo que no hubo mordida de orejas pero al final hubiera preferido ir a ver a la rubia tetona que sale en un anuncio.

        Su pelea en todas las fotos pareciera que usted sus golpes iban mas acertados pero bueno quizas la rubia del otro anuncio era su hermana y se record de todo lo que paso en ese sofa y se transformo en apollo creed en la primera pelea, te queria mandar al extraradio del semental italiano barcelones.

  2. Efra dice:

    Bravo Luis!

    Me ha encantado el relato y me he partido la caja a más no poder.

    La historia parece sacada de una parodia de Karate Kid o mejor dicho de karate kimura (yo también tenía un betamax ;)). El trasfondo de la historia y los personajes buenísimos, desde el entrenador filipino a tu colega el peque. Y qué decir de los entrenamientos y las sorpresas que van apareciendo a medida que avanza la historia. Todo muy bien escrito y con el humor que te caracteriza.

    Yo también me he subido al ring con poco entrenamiento en un combate de kick boxing, contra una marroquí que me dio una buena tunda, pero no me tumbó. Y leyendo como aguantaste los asaltos, me has hecho retroceder a mis tiempos de púgil novato.

    Claro que si tío, ahí tus testículos por subirte al ring y hacer estas locuras que te hacen sentir vivo.

    Un saludo!

    • ¡Gracias Efra!

      Siempre hay que tomárselo todo con humor y vivirlo con ganas. O al menos eso pienso yo. En ningún momento pensé que sería el texto una parodia de Karate Kid, pero quizás sí que ha quedado así. Que conste que este año gocé como un enano viendo la serie de Cobra Kai 🙂

      Ganar o perder, aunque suene a tópico, importa poco. La sensación de subirte allá arriba y plantar cara es lo que realmente merece la pena.

      ¡Saludos!

  3. Enrique dice:

    Que grande eres Luis! Yo creo que los nervios me hubiesen superado. El ganar no da mas satisfaccion que el haberte enfrentado sin echarte atrás… Y delante de 500 personas que no es poco!

    He disfrutado mas leyendo de lo que hubiese disfrutado viendo el combate. Animo y sigue contandonos tus anecdotas en este pedazo de blog que tienes (mas amenudo si tu tiempo libre te lo permite).

    Un abrazo Luis, a ver si nos vemos en Filipinas este año que viene 😉

  4. Guillem. dice:

    Sigo de pie desde ayer cuando te leí, aplaudiendo a manos llenas. You are the eye of the tiger.

  5. RaulB dice:

    Magnifico Luis, enhorabuena. Nos ha hecho muy felices, hemos despertado leyendo ansiosamente tu aventura, que ya seguimos en su momento de cerca.
    Sin duda el recuerdo de tu papá está más presente que nunca, disfruta como él te enseñó. Un abrazo!

  6. Gazzano dice:

    Sin duda una experiencia inspiradora que derrocha vitalidad por los cuatro costados. Y de eso y nada más se suponía que iba la vida: de estar y sentirse vivo. En cualquier caso su narración, además de leerse del tirón, me viene como anillo al dedo, ya que se convierte en un acicate motivacional añadido para encarar con entusiasmo los entrenos de boxeo carabanchelero. Con suerte, si la Santa Bohemia nos proporciona el suficiente cuartelillo, podrá usted acudir como visitante al gimnasio el próximo mes de diciembre una tarde y guantearemos a la par que transpiraremos alcohol. Luego, de inmediato, tomaremos más cañas, locales, para recuperar la hidratación perdida. Faltaría más.

    • Si sirve de motivación ya es mucho. Y no dude usted que la bohemia en forma de dama nos otorgará unos instantes para acercarnos al boxeo carabanchelero. Antes de, claro, refugiarnos en las tabernas de Madrid.

  7. Miguel Olivares dice:

    Menuda experiencia la de meterse en un ring en un sitio así y con nada a favor salvo las ganas de vivir ese momento novedoso. Yo también hice algo de boxeo hace algunos años pero no creo que hubiese sido capaz de meterme en un ring. De todas formas está genial probar cosas nuevas y tener siempre ilusión por algo.

    • No creo que sea imprescindible meterse en un ring para salir escaldado para vivir lo que es el boxeo, pero la experiencia mereció la pena. Si lo pienso con perspectiva, no fue especial -fue algo amateur y sencillo-, pero lo importante es cómo lo vivimos. ¡Saludos!

  8. Mal dice:

    Ostras, Luis, qué pedazo de crónica! Homérica, impetuosa! Enorme! Como tú mismo escribes, ésta es una de esas páginas que harán que la vida sea digna de recuerdo. Pero… primero hay que vivirlas! El episodio me confirma que eres un tipo grande que consigue congregar en su entorno a gente arrojada, valiosa y singular, de esa que tan difícil resulta reunir en un solo espacio y tiempo. Gracias por permitirnos contemplar ese pedacito de singladura oriental y, por favor, no pares. Queremos más Bizarro. Mucho más! 🙂
    Hasta pronto!

  9. Edgar dice:

    Muy grande la historia, me ha emocionado!!! Grande Luis

  10. Alan dice:

    Luis , hermoso relato excelente experiencia ! te felicito
    te lei y me dieron unas enormes ganas de volver para esos lados

  11. NONAME dice:

    Todo muy asiático, “vivir el momento” y eso. Aunque arriesgadas, al final son esta clase de cosas las que se recuerdan para toda la vida con cariño.

  12. Carlos dice:

    Tu artículo me ha tenido atrapado hasta la última línea!. Gracias por compartir esa inolvidable experiencia con todos nosotros.

  13. Antonio dice:

    Hola Luis!
    Lo he leído de un tirón. Este artículo me ha encantado y a su vez me ha hecho llorar, al recordar a mi padre, con tu homenaje dedicado al tuyo.
    Sigo pensando, que tu forma de redactar para mi gusto, es muy buena y fácil de entender..
    Enhorabuena!
    Un saludo.

  14. Mal dice:

    Acabo de releer la entrada, macho, y es excelente!
    Me encantan las fotografías!
    Eres grande, Maestro!

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