El ascenso al ‘infierno amarillo’ de Indonesia

Kawa Ijen Volcán en Indonesia

Fotógrafo y reportero en erupción. Foto: John Bali.

Si me preguntan por qué una vez quise mudarme a Asia podría dar un buen puñado de buenas razones. Pero si pienso en por qué precisamente a Tailandia, sin duda tendría que señalar al hombre de la foto de arriba que está sosteniendo una cámara con las dos manos. Él tiene buena parte de culpa. Cuando en 2010 yo quería mudarme a Taiwán, vine a visitarle a él a Bangkok y me hizo cambiar de idea.

Y sin embargo, hoy no voy a hablar de Tailandia en estas líneas. Sino de Indonesia. Porque ese fue el último viaje que hicimos juntos por estas latitudes. Una epopeya de la que ayer hizo un año de su mejor momento y de la que guardamos un recuerdo que no se paga en bahts, euros o dólares. Hace ayer justo un año, mi hermano Baliellas  y yo estábamos en el infierno. Al menos en uno de azufre y erupciones.

Las historias rocambolescas de Bangkok y Tailandia pueden esperar por hoy. Porque hoy quiero hacer honor a las más de dos semanas que pasamos en los lugares más recónditos de la isla de Java en busca de una historia que sólo la madre Naturaleza nos pudo negar.

El nuestro no fue un viaje al uso. Y no porque no llevásemos ninguna Lonely Planet en la maleta. Sino porque teníamos un objetivo. Salir de Java con un reportaje para un periódico de nuestra tierra. Porque a mi hermano Bali, que es así como le llamaban cuando era el adolescente más duro del Carmelo en Barcelona, lo conocí en la redacción del periódico donde trabajamos juntos. Lo mío es darle a la tecla y lo suyo hacer fotos.

Cuando empezamos a compartir redacción en 2006 yo era un becario en busca de una oportunidad y él ya uno de los mejores fotoperiodistas españoles. Joan Manuel Baliellas. John Bali para los amigos. A base de trabajar juntos y de coincidir en Tailandia nos hicimos hermanos sin sangre de por medio.

Por eso, cuando hace un año sus días en Bangkok se acababan (de momento) para él y para su familia, quisimos quemar los últimos cartuchos. Hacer uno de esos reportajes que más nos la ponía dura en esta cara del mundo. El volcán de Indonesia que es una de las mayores minas de azufre del mundo. Kawa Ijen es el nombre de ese infierno amarillo

Un infierno sulfúrico en el que cada día entran unos cuantos héroes y a la vez trabajadores indonesios que recogen el azufre del núcleo del volcán y lo cargan con sus propios brazos. Un empleo que te lleva al otro barrio sin escala y en pocos años. Ya se había hablado antes de ello.

Lo que nosotros queríamos hacer era vivir unos días con un trabajador del azufre y hacer una historia humana sobre su vida. Contar un punto de vista en primera persona. Un reportaje de los que nos gustan para publicar en un par de medios que ya teníamos señalados.

Así que nuestro equipaje se limitaba a todo el instrumental fotográfico de Bali, mi ordenador, ropa y equipo adecuada para entrar al núcleo de un volcán, ademas de dos máscaras para respirar en las nubes de azufre. Vale, también llevábamos el bañador para pasar un par de noches en Bali antes de regresar a Bangkok. Viajar a Indonesia y que un hombre llamado Bali no pise Bali es pecado.

 

Indonesia, el más difícil todavía

 

Guitarrista bus indonesia Java

El único transporte en la Java profunda al menos cuenta con músicos locales para animar el trayecto. Foto: John Bali.

Cuando vives en Asia y has batallado con la cara oculta de medio continente desarrollas una peculiaridad. Digamos que todo te chupa un huevo. Te acostumbras a luchar por todo y nada te afecta. Como les ocurre a los tailandeses. Y después de haber peleado con chinos en provincias periféricas, sobrevivido a los chamanes de Camboya o blindado el estómago en ciudades santas de India, no esperábamos encontrarnos con que Indonesia fuese tan complicado.

Viajar de turista a Indonesia es fácil si vas con la billetera preparada. No lo es si vas a hacer un reportaje periodístico en un volcán perdido en mitad de la isla de Java. Parte de la dificultad nace del ansia por sacar todos los euros posibles al turista. Si piensas que en Tailandia o en China te están robando por todo, date una vuelta por Indonesia.

Más allá de la capital, no hay listas de precios en Indonesia. Ni en los restaurantes, ni en los autobuses y ni siquiera en los hoteles. Para cambiar dinero has de regatear en tugurios con olor a matarratas y el transporte se negocia con las mafias locales. Incluso dentro del aeropuerto, donde cambiar dólares sólo nos lo ofreció en un lavabo un tipo con un fajo como los de los cocaleros.

 

Taxi Indonesia Java

Pocos taxis he visto con tanta roña como el que nos llevó en Banjuwanvi. Foto: John Bali.

Así, cuando aterrizamos en la ciudad secundaria de Surabaya, nada fue tan fácil como en otras ocasiones. Llegar a la estación de autobuses tuvo un pase. Pero encontrar un medio de transporte que nos llevase a algún lugar cercano al volcán no lo fue. Tras compartir autobús con restos de comida y botellas por el suelo, acabamos en Banjuwanvi, una de las peores ciudades que hemos visitado en nuestras vidas,  donde poco faltó para que llegásemos a las manos con los taxistas locales.

En Java nos encontramos lo mejor y lo peor del ser humano. Puedes odiar y con motivo a una buena parte de los indonesios. Pero también puedes querer y mucho a otros. Hay gente maravillosa en las ciudades secundarias de Java, con historias muy interesantes y a las que vale la pena escuchar. Sólo hay que apartar a toda la purria que pulula por la isla.

Nuestro primer día no fue bueno. Nada bueno. Afortunadamente, Bali y yo nos levantamos ante las dificultades como el miembro de un adolescente en la puerta de Nana. Y el segundo día viajando por Java ya no nos la dieron con arroz. Así que tras dos autobuses secundarios a través de la montaña, llegamos a una de las ciudades más encantadoras de esta parte del mundo. Bondowoso.

 

La ciudad donde poder amar a Indonesia

 

Rickshaw en Bondowoso Indonesia

El taxi local en la hermosa ciudad de Bondowoso. Foto: John Bali.

Nuestro plan era hacer un reportaje de los mineros que se sumergen en el núcleo del Kawa Ijen para recoger azufre a diario. Y Bondowoso era la ciudad más cercana al volcán. Una localización secundaria lejos del deterioro moral de Yakarta, donde la vida transcurre relajada, sin ninguna marca internacional y con una población encantadora. Lo mejor que encontré en Indonesia.

Las buenas sensaciones de Bondowoso ya las notamos antes de llegar. Tras un intento de engaño en el autobús local, que no lograron consumar debido a nuestra cabezonería, un estudiante en su adolescencia y un hombre ya en sus 50 nos sonrieron y empezaron a hablar con nosotros.

Se interesaron por nuestra historia y nos confirmaron lo que era evidente. Que ese billete de autobús que te quieren vender por 12 dólares y puedes regatear a 9, en realidad, vale un dólar si eres indonesio. Más amigos que hicimos luego en Bondowoso nos dijeron que el plato de comida por el que te piden un dólar ellos lo tienen a una décima parte. Puedes pagar menos siendo extranjero. Pero nunca el precio indonesio. Por eso nunca hay precios en ningún sitio. A cada uno le ponen uno distinto.

Nuestros amigos improvisados del autobús nos dijeron que no sabían cómo llegar al Kawa Ijen a menos que fuese para pasar un día de forma turística. Nosotros necesitábamos un alojamiento al lado del volcán, y ninguno de los tours para extranjeros nos servían, además de costar 60 dólares por día. Afortunadamente, aquel hombre en sus 50 nos dijo que iba a llamar a su hija de 17 años para ayudarnos.

Y así fue. Silfani, una muchacha musulmana de gran sonrisa y buen inglés, nos explicó que lo mejor era viajar a un pueblo llamado Sempol y buscar algún alojamiento allí. Nos dio su Facebook y nos recomendó el único hotel que hay en el área urbana de Bondowoso, Palm Hotel.

 

Luis Garrido-Julve escribiendo en Palm Hotel, Bondowoso

Palm Hotel es uno de los lugares más agradables en los que he estado. Escribir allí era toda una delicia. Foto: John Bali.

Bondowoso fue un oasis para nosotros. Tras haber batallado durante casi 40 horas con lo más doloroso de Java, aquella ciudad con muy poca gente y grandes avenidas fue como haber llegado al Pacífico tras sufrir el estrecho de Magallanes. El mínimo tráfico de Bondowoso y un enorme parque oxigenaban el ambiente, donde todo el mundo sonreía a los dos únicos extranjeros que paseaban por allí.

Y quizás las habitaciones del Palm Hotel no fuesen lujosas. Cierto es también que el agua de la ducha era terriblemente fría a la mañana. Pero aquel viejo hotel está construido en una antigua casa colonial holandesa, por lo que mantiene una belleza que en pocos sitios es tan profunda como en la vegetación de Java. Su terraza cubierta es de las mejores oficinas que he tenido jamás.

Tras dos noches energetizantes allí, a la madrugada siguiente nos montamos en el único transporte público que llegaba a Sempol, el pueblo campesino a las faldas del volcán Kawa Ijen. Fueron unas cinco horas dentro de una furgoneta nueve plazas que fue recogiendo gente por el camino y cargando mercancías que dejaba en otros destinos.

Y al llegar a Sempol sabíamos que estábamos en el lugar que deseábamos. A las faldas del Kawa Ijen.

 

Sempol, un pueblo de sonrisa agraria frente al infierno amarillo

 

Volcán Indonesia Kawa Ijen

En Sempol ya se vislumbraba el destino principal de nuestro viaje. Foto: John Bali.

Sempol es uno de esos sitios en los que puedes disfrutar de lo que es un pequeño lugar de campesinos en Java. Y quizás la única alternativa si no quieres pagar 60 dólares de taxi para llegar al Kawa Ijen, que es la opción turística. Y nosotros no estábamos allí para hacer turismo.

Afortunadamente, hay una casa de huéspedes a medio kilómetro del pueblo donde puedes encontrar unas habitaciones bastante rudimentarias pero baratas. Cuando llegamos hace un año estaban reformadas con electricidad y agua caliente. Lo que era todo un lujo.

Aquel pequeño pueblo era una delicia para los sentidos. El aire era limpio y la vida transcurría tranquila. Había muchos jóvenes y todo el mundo se movía en motos en la pequeña calle que cubría toda la aldea. Cuando llegamos casi al final, nos encontramos a un grupo de niños jugando a fútbol. Bali, gran padre de familia, no dudó en correr hacia ellos cuando nos llamaron y se unió al partido.

 

Sempol niños Indonesia

Mientras Bali le daba al balón, yo hablaba con los mozos del lugar. Uno de ellos hablaba inglés y era un fanático del fútbol español hasta el punto de hablarme de los jugadores que él creía importantes en el segundo equipo del Barcelona. Había invertido buena parte de su sueldo de un año en una parabólica enorme que le permitía ver todos los canales de televisión europeos. Era un adicto a Barça TV.

Gracias a esa primera toma de contacto, pudimos proseguir en nuestro viaje. El negocio del amante del fútbol parecía una tienda de bebidas por la cantidad de botellas de cristal que tenía de Coca Cola, pero nada más lejos de lo que parecía. Aquellas botellas estaban rellenadas de gasolina, ya que en esta zona de Indonesia no existen los surtidores. El carburante se transporta y se vende en botellas de Coca Cola.

Al ser aquello la gasolinera local, pudimos contactar con un hombre sexagenario y sin dientes y con un treintañero dejado que antes de darnos la mano se rascó la huevera por dentro y con pasión. Iban a ser nuestros conductores de moto. Nos llevarían al Kawa Ijen por pocos dólares a la mañana siguiente. Subir a las faldas son menos de diez kilómetros de ascensión.

 

Sempol anciana Indonesia

Algunas de las sonrisas de Sempol. Foto: John Bali.

La mala noticia vino cuando estábamos negociando el precio de los motoristas que nos llevarían. En el Kawa Ijen los trabajadores habían parado de trabajar. Que no había mineros, vamos. Miramos a los hombres locales con una sonrisa, recordando el timo habitual de Tailandia de decirle al turista que un templo está cerrado.

“Es imposible que no estén trabajando, trabajan todos los días del año”, dijimos. Nos contestaron que no trabajaban, pero con su inglés rudimentario y nuestro inexistente bahasa no nos entendíamos. “Lo único que puede haber sacado a los trabajadores del volcán es que el Kawa Ijen haya entrado en erupción“. Cuando pronunciamos aquellas palabras, ya no nos miraron con extrañeza.

Cada cinco años suele entrar en erupción esa gran mina de azufre. En 2007 ocurrió. Así que en 2011, dos días antes de que llegásemos nosotros, la lava y la actividad volcánica llegaron puntuales para estropearnos la cita. “Una semana o dos puede seguir así”, nos dijeron.

En aquel momento entendimos que nos habíamos quedado sin reportaje. Se acabó lo de ir con los trabajadores del azufre y seguirlos todo el día. Lo de ir a sus casas.

Lo que estaba claro es que, al menos, no nos íbamos a ir de Indonesia sin al menos entrar dentro del infierno amarillo. Aunque estuviese en plena erupción.

 

Minero en el Kawa Ijen, un trabajo en el infierno

 

Volcán Indonesia Kawa Ijen

El descenso al núcleo del Kawa Ijen. Foto: John Bali.

Bali y yo somos tipos afortunados. Los dos nos hemos criado en el extrarradio de Barcelona, aunque en edades diferentes. Y a veces el destino nos juega malas pasadas, como hacer coincidir el maldito día que hemos ido a hacer un reportaje a la cara oculta del mundo con una erupción volcánica que se da un par de semanas cada cinco años.

Y sin embargo, la suerte siempre suele sonreírnos. También aquel día. Tras levantarnos a las cuatro de la mañana como Bali ya comentó en su blog tiempo atrás y llegar en moto a la falda del volcán, nada más empezar a escalar el volcán nos encontramos a un hombre indonesio de robusto cuerpo y mirada amable. Se fijó en las cámaras de Bali y en nuestras máscaras, justo antes de hablarnos en un mínimo pero suficiente inglés.

Era el supervisor de los trabajadores en el Kawa Ijen. De los mineros que transportan el azufre del núcleo del volcán a la superficie. Empezamos a subir con él las dos horas de subida que hay hasta la parte más alta del volcán. Él nos contó que el volcán había entrado en erupción y todos los trabajadores habían vuelto a sus pueblos hasta recibir nuevas noticias.

El Kawa Ijen es un volcán de azufre. Su núcleo es una enorme piscina de ácido sulfúrico y hay nubes sulfuro por todo su interior. Los trabajadores escalan dos horas el volcán para luego descender una hora. Solidifican el azufre y luego lo cargan en dos canastos que suelen pesar hasta cien kilos. Aunque ellos pesen unos 50. Cobran a peso cuando lo han transportado a las faldas del volcán. Repiten esa operación durante dos veces al día mínimo.

Aquel día del que ayer se cumplió un año, nuestro amigo supervisor subía a comprobar el estado del volcán. Tenía a dos trabajadores allí haciendo vigilancia. Cuando llegásemos a lo alto, veríamos si era posible descender a los infiernos. Ya que podían haber erupciones fuertes ante las que nadie estaba preparado.

Afortunadamente, pudimos bajar con él. Con nuestras máscaras de gas profesionales, gafas para evitar el sulfuro y ropa adecuada. Especial mención a mis Converse, mi calzado todo-terreno con el que he escalado en la nieve, pateado discotecas y descendido a un volcán en erupción. Sé que no es lo más práctico, pero sí mi favorito y un riesgo que puedo asumir.

El paisaje no era lo que uno se podría esperar. Parecía más bien un mundo de ciencia-ficción, con aquella piscina de ácido sulfúrico, las nubes de sulfuro y el terreno amarillo.

 

Volcán Indonesia Kawa Ijen

El supervisor mide la temperatura del ácido sulfúrico. Su temperatura normal son 35 grados. Estaba a casi 70. Se notaba calor en los pies justo delante. Foto: John Bali.

Volcán Indonesia Kawa Ijen

El supervisor haciendo su trabajo. Foto: John Bali.

Volcán Indonesia Kawa Ijen

La piscina de ácido sulfúrico. Foto: John Bali.

Volcán Kawa Ijen Indonesia

Nuestro amigo el supervisor y yo, en las tripas del volcán. Foto: John Bali.

Respirar era complicado incluso con aquellas máscaras, que eran mejores que las que suelen llevar los trabajadores del Kawa Ijen. Aquella ropa fue a la basura, incluidas mis Converse. Y si bien es cierto que no estábamos acostumbrados a subir a un volcán y luego descender a su núcleo, somos gente atlética y vimos que hacer ese camino cargando el doble de tu peso en un canasto no debe ser fácil.

No pudimos hacer nuestro reportaje. El dinero invertido se derretía como el azufre en aquella piscina sulfúrica. Y sin embargo, no había arrepentimiento. Hicimos todo lo posible. Llegamos al volcán y entramos dentro. Teníamos todo preparado. Pero contra la Madre Naturaleza no se puede luchar y no somos nadie como para poder parar a un volcán en erupción.

 

Kawa Ijen Indonesia reportaje periodístico

Siempre nos quedará esta magnífica foto para recordar que llegamos allí.

Nos quedamos sólo una noche más en Sempol. No las seis o siete que habríamos deseado. Era innecesario volver al volcán, allí no había nada más que hacer. Y aun así, estábamos contentos de haber ido allí. Dolidos por los esfuerzos económicos, pero muy felices de la experiencia que estábamos viviendo.

Con los planes rotos, pensamos en regresar a Bondowoso una noche más y pensar en una alternativa. Bali quedaba bastante cerca y volábamos a Bangkok desde allí, así que pensamos en cambiar los volcanes por la playa. El día que regresamos a Bondowoso para una sola noche, algo hizo que cambiásemos de opinión.

 

Una visita a la escuela

 

Bondowoso

No se ven extranjeros en Bondowoso. Así que los locales seguramente te paren por la calle para hacerse fotos contigo. Foto: John Bali.

Silfani nos tenía en Facebook desde que nos ayudó en la manera en cómo llegar a Sempol desde Bondowoso. Y cuando leyó que regresábamos a Bondowoso, nos pidió un favor. Su profesora de inglés quería conocernos. Por eso de poder practicar con gente europea. Si bien nosotros no somos sajones. Así que decidimos retrasar un día nuestro camino a Bali y quedamos con ella a la mañana siguiente.

Encontrar su escuela en Bondowoso no fue difícil. Nada es difícil en una ciudad tan pequeña. Lo que no esperábamos era lo que habían montado para nosotros. La profesora no quería hablar con nosotros, sino que diésemos una charla a dos clases que estaban a punto de acabar la secundaria y llegar a la universidad y respondiésemos a sus preguntas.

Así que nos encontramos en una clase de secundaria, en aquella escuela en mitad de la nada, ante una cuarentena de adolescentes a los que les quedaban pocos días antes de los exámenes universitarios. ¿Con qué motivo? Escuchar a dos personas de fuera con un trabajo atractivo. Un periodista y un fotógrafo, a miles de kilómetros de su casa.

Estuvimos toda la mañana y hasta fuimos a la cafetería de la escuela a probar dulces locales. Pero la sensación que nos dio aquello es casi inexplicable. Aquella maestra era una de esas profesoras entregadas a la causa que cuesta mucho encontrar. Y los alumnos la respetaban y hablaban con total confianza con ella. Y pensar en lo malo que era yo en mi adolescencia me sabía hasta mal.

 

Escuela Bondowoso en Indonesia

Una de las fotos que nos hicimos en Bondowoso.

Lo que más sorprendía a aquellos jóvenes fue sin duda nuestros orígenes. Mucho más que las vicisitudes de la profesión. O el día a día que vivíamos cuando trabajábamos en un periódico. Lo que les fascinaba es que dos tipos de orígenes humildes pudiesen estar al otro lado del mundo diciendo que se habían dedicado a lo que deseaban.

Alguien como Bali. Su familia no tenía dinero, como tantas otras en su barrio, y empezó en esto de la prensa siendo botones en El Periódico. Mientras que era un apasionado por la fotografía. Cuando le salió una pequeña oportunidad, sin dudarlo dos veces dejó su trabajo de electricista.

Arriesgarse es a veces necesario. Yo dejé un trabajo fijo, con buen sueldo y mejor horario, por trabajar siete días en aquel diario en el que coincidimos. Y al final esos días se convirtieron en cinco años. Trabajo que abandoné para venir aquí. Y en cada uno de esos procesos, me ha ayudado escuchar historias de gente que lo ha logrado. Sin hacer caso a los que te dicen que no es posible.

Escuela en Bondowoso, Java Indonesia

Yo no sé tocar la guitarra. No sé qué diablos hacía con aquello. Foto: John Bali.

Por ello aquel día pensamos que si alguno de aquellos chicos y chicas de Bondowoso se decidiesen a coger una cámara o a empezar a escribir, motivados por las historias que les contamos, en ese caso ya habría merecido la pena.

Un año más tarde, Silfani acaba de actualizar en su Facebook las fotos sociales que hace con su cámara reflex. Y uno de los muchachos cuelga un poema suyo en inglés cada semana para que sus contactos lo compartan y le comenten.

Aquella fue nuestra despedida de Bondowoso. Pasamos el resto del día trabajando y luego fuimos a cenar. Queríamos regresar pronto a casa, pero fue imposible al conocer a un balinés que nos paró por la calle. Era muy amigo de una mujer española casada con un colega suyo, así que casi nos obligó a tomar té con él y pasar la noche hablando de su cultura y de la nuestra.

Ese fue el recuerdo que nos llevamos de Bondowoso. El de la mejor gente que hemos conocido en Java. Leo en los típicos sitios de Internet para turistas que Bondowoso es una ciudad olvidable, sin nada que hacer. En la que no hay atracciones turísticas y que se ha de evitar. Y rezo para que sigan siendo así los comentarios en Internet. Porque gracias a ello, las gentes de Bondowoso, lejos de las zonas turísticas, son de los mejores ejemplos que he encontrado en toda Asia. Y en Europa.

 

Una última parada en Bali

Ferri Java Bali

Cruzando desde Java hasta Bali. La foto la hizo una de nuestras chicas favoritas.

Fue un largo trayecto hasta llegar al ferri con el que cruzamos de Java a Bali, la isla que presta su nombre a mi hermano. La última aventura con alguien de Java la tuvimos en ese mismo barco. Fuimos a cubierta durante la hora que tarda en cruzar de isla a isla y, cómo no, una ladyboy ya entrada en años vino a hablar con nosotros.

La historia que contaba era la de un novio italiano que se enamoró de ella y la llevó de viaje por Italia. Y que estaba en un pueblo recóndito comiendo pasta con la mamma. Todo ello con mucha alegría y con lo que parecía mucha imaginación, pero le dejamos hacer ante las ganas que ponía en su historia.

La pena fue que no iba en nuestra dirección. Porque cruzaba con su coche dentro del ferri y nos ofreció a llevarnos por la isla. Una pena que ya habíamos reservado hotel en Kuta Beach, la playa más turística de Bali para volver a la realidad farang.

 

Surf en Bali

Ya que estás en Bali… al menos ponte a surfear.

No estuvimos mucho tiempo viendo australianos beber cerveza en la parte turística de Bali. A los dos días nos movimos al interior y nuestros últimos días en la isla teníamos que hacer un reportaje fotográfico de unas villas en las que nos quedamos a dormir. Allí alquilamos un coche con chófer una mañana. En lugar de ir a ver las hermosas playas que nos propuso, fuimos a lo nuestro.

Porque Bali, sinceramente, no convence si has estado en Tailandia. Es más caro, sucio, las playas sólo tienen más olas y encima hay más putas que en Phuket. Ladyboys también, pero de eso no hay tantos como en Pattaya. Así, lo que nos interesaba ver era una festividad hindú al estilo balinés con lo que más les gusta a los lugareños tradicionales. Las peleas de gallos.

 

Peleas de gallos Bali

Los espolones son de verdad. Cuchillas que matan. Foto: John Bali.

Se trata de otro reportaje que tenemos guardado en la nevera y que esperamos publicar. Si no lo hemos hecho hasta ahora, es por motivos que no vienen al caso. Pero hablar de las peleas de gallos en Bali, que es algo sagrado y religioso, tiene lo suyo. Al fin y al cabo, su justificación es el sacrificio animal para venerar a los dioses.

El resto del viaje fue totalmente diferente. Nos quedaron dos noches en aquellas villas de lujo donde nos dedicamos a ver españoladas en DVD y películas de Ridley Scott. Aunque a nosotros nos gustaba más su hermano y difunto Tony. Y a disfrutar de la piscina.

 

Patada voladora

Somos unos críos cuando nos dan una piscina. La cámara estaba en autodisparador.

Fue un viaje muy especial. He estado en muchísimos sitios, pero en pocos hubieron tantas sensaciones como en los días que mi hermano y yo nos recorrimos nuestra Indonesia. Igual tenemos que volver algún día a hacer aquel reportaje que se quedó colgado. Yo espero que así sea.

Tan largo y a la vez personal artículo se lo quiero dedicar a él. A John Bali. Joan Manuel Baliellas. O Bali. Por los santos cojones que tiene tras lo que ha tenido que pasar en estos últimos meses, donde ha plantado cara a una enfermedad terrible y la ha derrotado. Como Bruce Willis lo habría hecho. Yo le echo mucho de menos en Bangkok. A él, y también a su mujer Anna y a su hija Rebeca.

La próxima semana regreso con Bangkok, Tailandia, la suciedad que uno se encuentra por estos lugares y todo lo bueno que aporta Siam. Hoy quería hacer un paréntesis. Porque hace un año nos lo ganamos.

 

 

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6 comentarios

  1. Daniel dice:

    En lo que he viajado por el sudeste asiatico tengo que decir que la gente mas sucia y que mas te intenta timar la he encontrado en Indonesia, mi experiencias por Sulawesi, Lembeh y bunaken fueron gratas, pero la gente me decepciono bastante y en algunas zonas de buceo habia ingentes cantidades de basura flotando…

  2. A mí me sorprendió el nivel de timos y engaños. Creo que peor que en ningún otro sitio. Y en Bali u otras zonas turísticas es atroz. Yo cada vez que pienso lo que tuvimos que sufrir…

    Por eso Bondowoso me gustó, allí la gente era diferente. Pero porque no tenían relación alguna con turistas. Y a nivel de playas recreativas, me quedo con Tailandia. Incluso con Syhanoukville en Camboya.

  3. Sucre14 dice:

    Brutal reportaje fotográfico, buena historia Luiso. Al final ese maldito bañador va a recorrer mas paises que su propietario! Solo espero que con esa guitarra en la mano se te escaparan almenos un par de letras estoperas, no espero menos de ti.

  4. Son fotos de Bali, por eso son cojonudas. Y lo primero que hice, Sucre, fue hacerme un ‘tu calorro’. Como está mandado.

  5. John Bali dice:

    Precioso texto hermano, has hecho que al final me costase leer debido a la humedad en mis ojos, pues Bruce Willis y un tío del Carmelo no lloran nunca. Gracias, muchas gracias.

  6. Aaron dice:

    Que buena historia, pero que mierda con esos timadores. Asi no da ganas de visitar Indonesia.

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