¿De médicos en Bangkok? Un día te abren el culo y otro sobrevives al dengue

Estudiantes tailandesas enfermería

No soy dado a excesos tales como abusar de las comedias tailandesas. Menos aún cuando decido ir al cine. Pero como la reincidencia es noble, hace ya unos cuantos meses me vi dándole de nuevo una oportunidad al cine siamés en pantalla grande y aquello se acabó convirtiendo en un dolor en las zonas menos nobles.

Lo curioso del caso es que no fue un dolor en sentido figurado. En realidad, la película tenía su punto. Y, en mitad de las risas, noté como si algo se desgarrase y me clavaran una aguja en el culo. Como cuando el doctor te metía un supositorio siendo un chaval. Acomodarse en la butaca para esquivar el dolor se convirtió en un equilibrismo similar al Twister, aquel juego de movimientos imposibles sobre un tapete de coloridos lunares.

No fui al médico al día siguiente, esperando que aquel dolor se fuese de la misma manera en que llegó. Pero no lo hizo y además apareció un bulto en la zona de marras. Ni siquiera cancelé un viaje a Hong Kong que tenía previsto para los siguientes días, sabiendo que por ahí iba a pasar un supertifón y que lo de volver a Tailandia -donde tengo seguro médico- se iba a poner cuesta arriba.

Un par de semanas más tarde, de regreso en Bangkok, me rendí ante la evidencia y fui al hospital Theptarin a mostrar mis bajos fondos a los de bata blanca. Una enfermera en sus cuarenta me llevó a una sala de luces muy claras con únicamente una camilla.

—Cuando tengas el pantalón desabrochado te tumbas en la camilla bocabajo y esperas al médico —me dijo la enfermera tras correr una cortina por eso de la intimidad.

El médico era particularmente bajito y tenía una cabeza de esas muy cuadradas, como si cargara con una caja de cereales sobre los hombros, y me miraba a través de unos ojos muy empequeñecidos tras unas gafas de cristal grueso. Sin ellas tenía que ser bastante cegato. Hablaba un inglés roto, pero se defendía mejor con la comunicación que hurgando en mis pantalones, aunque eso era culpa mía.

En una de esas estúpidas decisiones de las que te arrepientes cuando ya estás en faena -similar a lo de bajarse los pantalones frente a alguien con tus slips de corazoncitos descoloridos-, aquel día me había puesto unos tejanos más ajustados que los que vestía Slash en los 90 cuando rasgaba los acordes de aquel Welcome to the Jungle. El pobre doctor trataba de bajarme los skinny jeans para ver qué escondía ahí abajo y no era tarea fácil. Al final, entre los dos logramos que asomara el bulto.

—No te preocupes —me dijo tras haber inspeccionado mi culo efusivamente, guantes en mano y ojo avizor—, esto es algo muy normal.
—Entonces, ¿puedo irme ya? ¿Se cura con una crema o unas pastillas?
Aquí dentro hay algo que no es bueno, pero no corre riesgo —se separó de mí dejándome con el culo al aire, aún tumbado en la camilla—. Aun así, lo ideal es extirparlo.
—Bueno, pero si no es tan malo está todo bien. Ya me cuenta los detalles en la consulta y miro de venir otro día.
—Si se deja ahí, puede ser muy molesto y supurar.

Hice un ademán de incorporarme para subirme el pantalón, pero me lo impidió el buen doctor poniendo su mano derecha en mi espalda. Con la otra sacó un reloj de su bata y miró la hora.

—Tengo una operación en unos 40 minutos, puedo operarte ahora rápidamente.
—¿Operarme? Pero si yo lo que quiero es irme a casa con unas cremas para curar mi dolor.
—Dame la tarjeta de tu seguro médico, que esto lo arreglamos ahora.

No hubo manera de escaparse. El cirujano de cabeza cuadrada insistió en que aquello era complicado y valía la pena tratarlo de inmediato. Pero también en que no tenía ni tres cuartos de hora para encargarse de mí. Operación exprés. En unos instantes tenía a seis tipos de bata blanca a mi alrededor y yo estaba con el culo al aire. Trataron de bajarme más los pantalones, pero estaban muy apretados. Maldita moda la de los skinny jeans. Dos enfermeras ahí estirando de mis tejanos y no se movían. Al final cedieron un poco los pantalones y se quedaron por debajo de la nalga, como cuando uno tiene una emergencia. Seguro que asomaba un testículo, porque noté que tan íntima zona era rozada por el fresquillo del aire acondicionado.

Enfermera asiática

Ni siquiera me llevaron a otro sitio para operarme. Con los tejanos medio bajados y yo bocabajo en la misma camilla empezaron a inyectarme anestesia y a abrirme el culo. Quirúrgicamente hablando, claro.

—Voy a ir explicándote todo lo que vayamos haciendo me dijo el doc mientras cortaba con un bisturí en mi trasero anestesiado—, ahora mismo estoy abriendo un corte para ver hasta dónde llega el canal.
—Vaya, esto es como una retransmisión de fútbol, ¿pueden al menos ponerme una caña? Es la hora del aperitivo…

En aquel momento me di cuenta que con las prisas ni siquiera sabía qué diablos tenía. Había ido al hospital por un dolor en el trasero, con bulto incluido, y me estaban operando in extremis en el extremo del trasero sin saber aún por qué.

—Oiga doctor, ¿y qué es lo que tengo yo aquí?
—Espera, que antes he de comentarte que estoy inyectándote más anestesia en la zona inferior del coxis —noté un dolor punzante y yo torcí y alargué el cuello como un avestruz buscando sus ojos acristalados para ver si ponía cara de circunstancias—. Lo que hay aquí dentro es mucho más grande de lo que imaginaba.
—Sí, ya sé que el asunto es peludo —notaba cómo escarbaban dentro de mí, pero no sentí el dolor—, pero me gustaría saber qué es lo que tengo allá abajo.
—Es una fístula. Y creo que puede estar conectada con el ano, es bastante grande.

Lo de la operación rápida acabó convirtiéndose en algo mucho más tedioso. Escuché en boca del cirujano lo de que era necesario poner más anestesia varias veces. “Es aun más grande de lo que pensaba”, repitió en al menos tres ocasiones. Y yo sin tener ni idea qué era aquello de la fístula.

En un momento más peliagudo de la operación vi cómo dos enfermeros corrieron despavoridos. El personal se puso nervioso. El buen doctor dio instrucciones a toda mecha. Y llegó uno de los sanitarios con una máquina que corrió a conectar a la corriente, de ella saltaban chispas. El otro con una goma elástica con la que trataba de atar mis tobillos. Tuvo que pelearse nuevamente con los pantalones ajustados para poder acceder a mi tobillo y atarlo con fuerza. Ahí estaba yo. Tumbado con el culo al aire y atado de pies mientras un tipo ponía en marcha una máquina de la que saltaban chispas. Menuda estampa.

—Está sangrando mucho —el doctor continuó con su retransmisión en directo—, hemos de hacer un torniquete para evitar problemas.
—¿Y la máquina esa de las chispas?
—Hay que cauterizar la herida.

Finalmente, el buen doctor tuvo buenas nuevas. Miré mi reloj de metal, que obviamente no me habían hecho quitarme, y vi que llevábamos bastante más de una hora.

—Ya está, he logrado cortar la fístula, estaba conectada con tu ano.
—¿Y qué se supone que es eso?
—Un canal interno que se ha formado conectando el exterior de tu piel con tu ano —notaba sin dolor alguno cómo arañaba en mis entrañas anales—. Seguro que se creó por el roce de un pelo en las zonas bajas.
—Si es que lo de tocar pelo donde uno oculta el peludo siempre conlleva lo suyo.

Unos minutos más tarde, el doctor de cabeza cuadrada y ojillos acristalados esbozó una sonrisa que se intuía incluso con la mascarilla que le tapaba la boca. Se acercó a mi cara luciendo en su mano cubierta enguantada un trozo de tejido y carne del tamaño de un meñique.

—Mira, esta es tu fístula —miré aquel pedazo de carne sanguinolento sin entender por qué necesitaba presentarme al enemigo anal—. Me la llevo a analizar para ver si tienes algún problema ahí abajo.
—Muchas gracias, buen doctor —evité decirle lo asombrado que estaba de que hubiera encontrado algo parecido a un dedo dentro de mi culo—. ¿Cuánto tardará esto en curarse?

Ni tiempo le dio de responder a mi pregunta. Salió corriendo esgrimiendo disculpas y dejando la fístula en una bolsa a cargo de una enfermera. “Llego muy tarde a la operación que tenía programada, ¡te llamaré”, me gritó mientras me dejaba ahí con los enfermeros tratando de ajustarme los pantalones ajustados. Estaban empapados en sangre. Pero estaba todo bien.

La recuperación fue sencilla y todo quedó en una cómica historieta. Pero supuso algo más que eso. Mi operación de fístula anal, o el episodio en que me sacaron un dedo que no sabía que estaba escondido en mi trasero, fue la guinda final a un año en que he visitado el hospital siamés quizás demasiado. Tras muchísimos años sin conocer la sanidad tailandesa más que de pasada, para mí el ya pasado 2018 tuvo su qué.

Como el buen Gon me dijo un día, lo de mi fístula anal fue el colofón a un annus horribilis. Porque también antes de volar a Filipinas en agosto estuve ingresado un par de días por una bacteria estomacal que no me dejaba ingerir ni siquiera un sorbo de agua. O por un uñero que me hacía cojear por los callejones de Bangkok. Sin embargo, de lo peor hace ahora mismo ya bastante más de un año. Cuando sufrí un dengue hemorrágico en plena Navidad.

 

Un ‘octavo pasajero’ que se cuela en la fiesta ‘pattayesca’

 

Villa Pattaya

La típica villa vacacional en Pattaya donde uno no espera encontrar octavos pasajeros.

Al buen siamés de El Serpiente, experto en hacer de las suyas en las sombras de la noche siamesa, le dio por decidir casarse en el día previo a la Navidad de 2017. Por eso de hacerlo a lo grande. Y como siempre suele ocurrir en estos asuntos, unos días antes celebramos su despedida de soltero en Pattaya, ¿dónde mejor? Alquilamos una villa con varias habitaciones, piscina privada y sala de recreos. Al habitual precio de 40 euros por persona y noche.

A partir de entonces, lo habitual. Regresamos a la villa cuando ya era de día y a unos cuantos nos dio por ponernos el bañador y tirarnos a la piscina. Recuerdo que había visto algún charco en la villa donde revoloteaban unos pocos mosquitos, temiendo lo peor. “No habrá tan mala suerte, que ya no estamos en la temporada mala del dengue”, pensé.

Por supuesto, no me acordé de aquellos charcos cuando decidí dormir al raso y frente a la piscina, vestido únicamente con un mísero bañador. Y eso que dicen que el mosquito de marras gusta de morder en horas tempranas del día.

El fin de semana en Pattaya terminó y el jueves siguiente recibí una llamada de El Serpiente.

—Luis, ya tengo tu traje para el sábado —Serpiente se casaba en dos días y yo era uno de los cinco padrinos.
—Has logrado que vaya a ponerme un traje tradicional siamés.
—Te llamaba por otro asunto —se aclaró la garganta—. Hoy es el último día que dormiré solo, mañana he de abandonar mi apartamento de soltero, ¿hacemos unas cervezas?

Como buen siamés tradicional para según qué, El Serpiente retrasó su matrimonio todo lo que pudo para así no compartir techo y ante todo lecho con su amada hasta haber pasado por el altar. Que en Bangkok lo de vivir en pecado aún se mira muy mal. Así que aquel jueves no pude negarme a acompañarle en su “última noche”. Como si fuera aquella fantástica película de Spike Lee.

—Vendrá Chris, se queda hoy en mi casa, así que podemos cenar algo y luego ir a Cheap Charlie’s.
—Vale, pero que sean solo un par de cervezas.

Por supuesto, las dos cervezas fueron solo las primeras de quizás demasiadas. A la medianoche cerraba el bar y habíamos acabado con sus reservas de botellas de Black Label. Así de contenidos son los precios donde los charlies.

Cheap Charlie's Bangkok

Mucha gente despotrica de Cheap Charlie’s. Yo he de decir que me gusta bastante pasar por ahí. Sobre todo desde que el bar se ha movido a On Nut y lo tengo al lado de casa.

El Serpiente decidió que lo ideal aquella noche era ir a un garito del extrarradio, allá en Raminthra, para seguir festejando su soltería a punto de escaparse por el desagüe. Así que acabamos en Saengchan, con su música en directo y sus botellas a precios populares. Y fue al llegar a aquel garito cuando empecé a notar algo extraño. Las rodillas empezaban a quejarse. “Será que llevaba demasiado tiempo sin practicar Muay Thai”, pensé. Hacía casi dos semanas de mi aventura en el ring y justo el día anterior había vuelto a entrenar boxeo siamés.

A la media hora me quejé de la fuerza del aire acondicionado. Hacía frío. Mucho frío. Pero empecé a preocuparme de verdad cuando además de en las rodillas empecé a notar dolores en los codos. Y pronto también en la espalda. A mí, que nunca me había quejado de semejantes percances. Pero lo peor en aquel lugar era el frío, estaba terriblemente congelado en aquel garito.

Discoteca Bangkok

El garito del extrarradio en la noche de actos.

Serían las tres de la madrugada cuando le dije al Serpiente y a los demás que yo me largaba a casa. Cogí un taxi y llegué tambaleándome al condominio. Me puse el termómetro y entonces entendí el por qué de sentir aquel frío siberiano en la tórrida Bangkok. El aparato marcaba casi 39 de fiebre.

“Esto yo lo solvento con medio gramo de Ibuprofeno y sudando la gota gorda con la manta en el sofá”. Estúpida idea la mía. A la hora y media estaba aun más hundido y, sin saber cómo, acabé viéndome de camino al hospital.

—Esto no es nada grave, como mucho el virus Influenza —la doctora de guardia en Theptarin no estaba muy por la labor.
—Pues yo creo que es dengue —eran ya tantos años temiendo al mosquito que se me había metido en la cabeza que era eso—. Siento como si los huesos me fueran a estallar.
—No es la temporada del dengue —la joven doctora se ajustó entonces unas gafas de monturas muy finas y miró hacia otro lado—. Y, mira, son las cinco de la mañana y ahora los laboratorios del hospital están cerrados; además, yo solo estoy de guardia y esto no lo controlo.
—Entonces, ¿qué hago yo?
—Paracetamol. E Ibuprofeno. Puedes combinarlos alternativamente cada cuatro horas. Y si sigues estando mal vuelve en un horario normal y te haces todas las pruebas. Pero ya te digo yo que lo del dengue es pura fantasía, simplemente está en tu cabeza.

Theptarin hospital BangkokTheptarin es mi hospital de referencia. Aunque a veces puedan ser un poco chapuceros, en lo importante son eficientes. Y sus tarifas además son razonables. Sin embargo, desde aquel encontronazo tuve claro que hay que ir directamente al especialista y no dejar que te atienda cualquier médico. Menos aún de guardia.

La factura por aquella pérdida de tiempo fue de unos 18 euros. Y lo único salvable fue agenciarme con un puñado de analgésicos. Mi seguro médico cubre lo importante como los accidentes y las operaciones, pero no las visitas esporádicas al médico, así que aquel pato lo pagué yo.

Las pastillas hicieron algo de efecto, sobre todo el Ibuprofeno. Pero a las cuatro horas volvió a decaer mi estado y tomé Paracetamol. Me seguía sintiendo fatal, el extremo dolor de huesos no me dejaba dormir y el dolor de cabeza era cada vez más intenso. Así que a mediodía volví a Theptarin.

—Te haremos todas las pruebas que quieras. Pero yo no creo que sea dengue —la voz de la doctora Johns fue como un bálsamo de paz en mitad de aquella tortura. La había conocido hacía unos instantes y ya me había inspirado la mejor de las confianzas. Su inglés era casi melódico y sus rasgos mestizos, de blanca piel y azules pero rasgados ojos, me recordaron que mezclar a veces sí es bueno. Había estudiado en Europa y estaba acostumbrada a atender a extranjeros. Sin duda, su bilingüismo ayudaba. Pero lo importante era su profesionalidad, se tomaba el asunto en serio. Nada que ver con la doctora de guardia en la madrugada.

—¿Y qué puede ser si no es dengue? —pregunté en mi lastimoso estado—. He leído que a la enfermedad la llaman la quebrantahuesos. Y yo estoy peor que si el Enterrador me hubiera dado una paliza en el Pressing Catch.
—Yo apostaría a que es Influenza, los síntomas se confunden con los del dengue en una primera fase. Pero te haremos muchas pruebas para asegurarnos de qué es lo que tienes.

Por supuesto, todos los análisis costaban lo suyo. Me sacaron sangre, me hicieron radiografías y me clavaron un bastoncito larguísimo en la nariz para hacerme la maldita prueba de esa Influenza.

Aquella especie de aguja que me introdujeron en una fosa nasal me recordó entonces a la última vez que por aquel entonces me había atendido un médico. Había sido un par de años atrás en el aeropuerto de Sheremetyevo, en una escala con Aeroflot. Antes de embarcar en Barcelona me había accidentado en la terminal uno de El Prat al impactar con la rodilla derecha en una escalera mecánica. Se me clavó un canto afilado en pleno hueso y vi las estrellas.

escalera mecánica

Uno de esos filos se me clavó en la rodilla.

El personal de El Prat pasó olímpicamente de mí, aún cojeando y dejando gotitas rojas a mi paso. Tenía la pierna mojada de sangre, pero les daba igual. Y otra vez iba con los pantalones apretados, maldita manía, así que no podía arremangarlos para ver cómo estaba mi rodilla. Entré en un lavabo y al bajarme los tejanos vi un agujero profundo que supuraba sangre. Si doblaba la pierna escupía un chorro rojo como si aquello fuera otro líquido en situaciones más íntimas. Un panorama muy feo.

Como en el aeropuerto todo el mundo pasaba de mí y se limitaron a amenazarme con perder mi derecho a vuelo si osaba molestar sus rutinarias labores laborales, me metí en el avión ruso con lo puesto. Una chica de la aerolínea me había comentado que si entraba en la aeronave ya era responsabilidad de los hijos de la hoz y el martillo.

Al entrar, les conté lo acontecido a las dos azafatas rusas. Me pidieron ver la herida y trataron de aportar privacidad al asunto corriendo una cortina frente a la cabina de mando; de esa forma me ocultaban del resto de pasajeros para que yo me bajara los pantalones y les enseñara lo mío. La rodilla, por supuesto. Vieron la herida y luego se miraron la una a la otra. Finalmente, se encogieron de hombros y a la más mayor se le iluminó la mirada.

—Vodka —dijo ella.
—¡Sí! Vodka —repitió la joven.

Abrieron un cajón al lado de la cabina del piloto y apareció una botella de litro de un vodka de marca desconocida, todo de un muy dudoso reglamento. “Esto es como en las películas”, pensé; “antes de la cura nunca está de más meterse un lingotazo”. Así que agarré la litrona del licor ruso favorito y le di un buen trago. Con los pantalones bajados y delante de las dos azafatas, muy rubias y mucho más altas que yo.

—Eh, que no… —dijo la azafata joven sin mostrarse demasiado extrañada— que el vodka es para la herida.
—Es que no tenemos botiquín en este vuelo —añadió la otra mientras cogía unas toallitas de esas con las que nos limpiamos las manos antes de comer en un vuelo—, cúrate con esto y en la escala en Moscú te atenderá la médico.

¿Qué quieren que les diga? Desde ese día, Aeroflot es mi aerolínea de referencia. Suelo volar con ellos siempre que puedo. Lo de estar de pantalones bajados chupando vodka delante de dos rubias de voz poderosa es una experiencia que no creo que sea fácil de vivir en otras aerolíneas. Además de que hacer escalas largas para así visitar Moscú es una gozada.

Vuelo Aeroflot Sheremetyevo

La llegada a Moscú en invierno con Aeroflot a veces parece de ciencia-ficción.

En el aeródromo moscovita tenía una hora y media de escala y la profesionalidad de la médico fue eficaz además de rápida, todo lo contrario al trato lamentable que había recibido en Barcelona. Lo curioso fue cuando una practicante de dos metros de altura y unos cien kilos me tuvo que poner un calmante en el culo en la enfermería de Sheremetyevo. Entró en ese mismo odioso momento la responsable de la aerolínea para informar que estaba lista mi silla de ruedas para llevarme al avión y me pilló a cuatro patas y con los pantalones bajados. El culo y lo que cuelga descubierto, y detrás mío la practicante de gran tonelaje lubricando mis nalgas blancas, paso previo a la inyección. La cara de la agente de Aeroflot fue un poema que ni los de Joaquín Campos.

No sé si fue por eso del pinchazo que me acordé de mi peripecia en el aeropuerto de Moscú cuando estaba en Bangkok frente a mi peor fiebre. Lo que tenía claro era que estas situaciones solo se viven cuando uno sale de su tierra con lo puesto. Y que un buen médico puede ser siamés o ruso, hombre o mujer, joven o adulto. Y que si estás en la otra cara del planeta más te vale que te toque alguien que sepa lo que hace. Ya con mi mente de regreso a Bangkok, pensé que aquella siamesa de origen mestizo que me atendía era una de esas que merece la pena que te traten.

El pinchazo en la nariz para la prueba de la Influenza aún me dolía cuando la doctora Johns regresó con los resultados. Y con escasas noticias.

—Has dado negativo en la Influenza —me enseñó unos documentos— y también en la prueba de dengue.
—¿Qué puedo tener entonces?
—Las radiografías muestran una situación bacteriana anormal, voy a recetarte antibióticos muy potentes.

Me dio una lista de varios medicamentos, además de endosarme más Paracetamol e Ibuprofeno. También para compaginar cada cuatro horas y así mitigar la fiebre.

—Bueno, entonces he de estar tranquilo que no es dengue y puedo comer lo que quiera, ¿verdad?
—No creo que sea dengue, de verdad que en esta época del año casi no hay casos,  menos aún en esta parte del país.
—Si los resultados han dado negativo ya me voy tranquilo.
—Bueno, no es exactamente así —forzó su mejor sonrisa tratando de mostrar la máxima confianza—. El dengue no suele salir positivo en las pruebas hasta que han pasado hasta 48 horas desde los primeros síntomas. Pero no sufras, de verdad, que es algo muy poco probable.

Le hice caso. En el coche de regreso a casa, acompañado de la muchacha que soporta mis penas y mis historietas, decidí llamar al restaurante que hay frente a mi apartamento y pedí un plato de arroz frito con albahaca picante. Me lo comí con ansia en casa y al acabarlo engullí los antibióticos a capón. Y un encapsulado de Ibuprofeno para rematar la fiesta. Fue lo peor que pude haber hecho.

 

De ‘Nochemala’ a una hemorrágica Navidad

 

Medicinas hospitales médicos Bangkok

El pack medicinal que me entregaron en el hospital. Ibuprofeno, paracetamol y antibióticos.

“He de ir a la boda, no le puedo hacer esto al Serpiente”. Avisé a mi compa siamés de mi deplorable estado. Pero le di las buenas nuevas. La doctora me había dicho que no podía ser dengue y ya estaba inflándome a antibióticos, así que podía augurar una recuperación rápida. A unas 18 horas de la ceremonia matinal de su boda, pensé que iba a poder ir. Aunque fuera atiborrado de pastillas.

Sin embargo, la situación fue a peor. La mezcla de Ibuprofeno y Paracetamol, tomados alternativamente, solo lograba bajar unas décimas de fiebre durante un tiempo. En seguida volvía a estar a más de 39. Además, la situación era nueva para mí. Creo que la anterior febrada que había sufrido en mi vida fue aún con mi madre preparándome paños húmedos en nuestro piso del extrarradio. Y de aquello hacía casi dos décadas.

Al caer la noche, el Serpiente llamó al buen Gon para que se preparara para suplirme como padrino en la boda en caso de que yo no pudiera ir. Por mi lado traté de convencerle de que no era necesario, pero bien cierto era que no fui capaz ni de escribir un maldito mensaje de texto. Sin embargo, lo peor estaba por llegar.

No abandonaba la cama más que para mear y me tapaba con una manta hasta la barbilla. Y cuando fui al lavabo, el espejo reveló otro berenjenal. Tenía todo el brazo cargado de manchas rojas. Me quité entonces la camiseta y me asusté al ver mi triste estado reflejado. Además de notar mis ojos inyectados en sangre, tenía el cuerpo empantanado en puntitos rojos. Pasé un dedo por un brazo tratando de marcar un poco con la uña. Una línea roja se dibujó en mi piel como si pintara con un rotulador.

Estornudé. Cogí una servilleta y me soné los mocos. El papel estaba empapado de mi sangre. La cabeza me iba a estallar, la sensación era como si tuviese a un enano de los de la tierra media de Tolkien golpeando en mi cerebro con su martillo. Daba igual la posición en la que me colocara, me dolían todos los huesos. No me daba tregua ni el más pequeño de ellos. Desde los de la espalda hasta los huesecillos de los dedos de los pies, aquello era una tortura.  Lo de la boda del Serpiente se ponía muy pero que muy cuesta arriba.

Tsuge

La confusión era extrema. Tanto, que me sentía como si estuviera dentro de una viñeta del excéntrico dibujante nipón Yoshiharu Tsuge. A quien le robo esta imagen y de quien recomiendo leer, al menos, ‘El hombre sin talento’.

Regresé a la cama y empecé a buscar en Internet como si me fuera la vida en ello. Dengue. Dengue. “También conocida como fiebre quebrantahuesos“, volví a leer en un artículo médico. Se nombraban síntomas como un dolor de cabeza muy agudo y una fiebre descontrolada. Y en todos los sitios insistían en un detalle importante. Que si aparecía sangre, el riesgo era mayor y podía tratarse de dengue hemorrágico.

Pronto descubrí que hay cuatro tipos de mosquito que pueden infectarnos de dengue -ahora se habla de la existencia de un quinto-, con una patología similar pero distinto virus. Si bien se suele diferenciar entre dos tipos de dengue principales, el hemorrágico y todos los demás. Y es el hemorrágico el más peligroso, además del que mayor mortalidad tiene. Los síntomas son mucho más devastadores y provoca hemorragias internas y externas. A los cinco días, cuando baja la fiebre, puede provocar un shock hemorrágico capaz de llevarte al otro barrio si no estás en buenas manos.

Recordé las palabras de la doctora Johns. Hasta pasadas 48 horas desde los primeros síntomas, el dengue no aparece como positivo en los análisis de sangre. Eso significaba que aún me quedaba más de un día entero para poder confirmar algo. Al menos a nivel clínico.

Por si acaso, decidí medicarme únicamente con Paracetamol. Beber mucha agua y comer sin condimentos, aunque aquello era ardua tarea. No tenía nada de hambre y comer me repugnaba. Pasé una noche horrible.

Al día siguiente, los compas empezaron a enviarme fotos de la boda del Serpiente. El recuerdo que tengo de aquel día es bastante confuso, vagaba de la cama al sofá y parecía como si la cabeza me fuera a explotar. No podía ver siquiera una maldita película, mucho menos aún leer unas míseras líneas en un libro cualquiera. Trataba de dormir, pero me despertaba violentamente el dolor de los huesos. Sangraba con facilidad.

“Esperaré, mañana vuelvo al hospital para confirmar si me picó el maldito mosquito“. Era en lo único que podía pensar. Así que en la mañana del 24 de diciembre, cuando ya hacía más de 48 horas de los síntomas iniciales, regresé a Theptarin.

Dengue mosquito,

He aquí el Aedes Aegypti, más conocido como el mosquito tigre y que puede ser portador del dengue, entre otros. Algunos en Perú lo llaman “el transmisor del mal”, algo así como “el patrón del mal” pero en el mundillo de los insectos.

Nada más llegar al hospital salieron a recibirme con prisas. Otra vez el occidental pesado, pensaría alguno. Pero por la apariencia que seguramente llevaba yo, vi que algunos enfermeros espabilaron y me llevaron frente a la doctora Johns lo antes posible. Su cara seguía mostrando aquella expresión de tranquilidad. Como la de esas personas que son capaces de anunciarte que ha habido un terremoto en su barrio con una sonrisa y sin torcer el gesto.

—Haremos pruebas de nuevo —dijo la doctora pausadamente—, pero yo te recomendaría que te quedaras hospitalizado.
—Prefiero estar en casa.
—Tu seguro cubrirá los gastos, en el hospital estarás mejor.
—Bueno —suspiré—, primero veamos los resultados a ver qué tengo.

La doctora Johns inclinó un poco la cabeza hacia un lado y mantuvo su sonrisa. Se pasó la mano por su sedoso pelo rubio y cogió aire antes de decir nada. Si no fuera por sus ojos redondos sería muy difícil decir que tenía parte de herencia asiática.

—A ver… el análisis es para ver qué tipo de dengue tienes.
—¿Significa eso que está confirmado el dengue?
—No hace falta ningún análisis para saber que es dengue. Y creo que te debo una disculpa…

No dejé que se disculpara ni le atribuí error alguno al haber obviado que lo mío fuera el mosquito del mal. Realmente era muy poco probable que fuera eso, y lo importante es cómo a partir de entonces empezaron a tratarme.

A unas cuantas horas de la Nochebuena me subieron a una de las plantas más altas de Theptarin y me alojaron en una habitación más grande que mi casa. Me conectaron a varias máquinas y me inyectaron una vía que me daba suero en todo momento. Me indicaron que tenía que orinar tantas veces como pudiera, siempre en un bidón de plástico. Si quería soltar lastre debía hacerlo en una palangana.

Hospital Theptarin

Mi llegada a la habitación donde me quedaría hasta la Nochevieja.

Cuando me estaba aclimatando a la nueva habitación apareció la doctora Johns con los resultados y las indicaciones que tendría que seguir a rajatabla durante aquellos días.

—Primero de todo, no te preocupes —volvió a ofrecerme aquella sonrisa tranquilizadora— estás en buenas manos y tenemos experiencia en esto. Te vigilaremos a cada instante.
—Entiendo que el análisis mostró positivo en dengue, ¿verdad?
—Sí, pero no te preocupes.
—¿Es el hemorrágico?
—No sé si sabes que no hay tratamiento farmacológico para esta enfermedad —revisó que las máquinas estuvieran dando los resultados apropiados—, solo podemos darte Paracetamol cada seis horas. Recibirás muchísimo líquido por vía intravenosa, has de orinar tanto cuanto puedas.

Fue reconfortante saber que, pese a todo, estaba en un hospital y que si se obraba el desastre podrían actuar rápidamente. La doctora Johns me comentó que la recuperación dependía sobre todo de mi capacidad de ingerir alimentos y de que no vomitara, además de que no padeciera diarreas. Insistió mucho en que tenía que comer lo que me dieran pese a que no tuviera hambre.

—Las altas fiebres y el malestar general durarán una semana, hemos de controlar en todo momento tu nivel de plaquetas, está descendiendo ahora mismo y al borde de llegar a niveles de riesgo. ¡Ah! Y no vuelvas a estornudar ni a sonarte los mocos, mucho menos a rascarte.
—¿Por qué?
—Has de evitar perder sangre.
—¿Significa eso que tengo dengue hemorrágico?
—Eso no importa —volvió a poner aquella sonrisa de cemento, inamovible pese a todo—, pero sí. Tienes dengue hemorrágico.

A partir de ese momento, el número que se convirtió en mi obsesión fue el nivel de plaquetas en sangre, que son las encargadas de coagular la sangre para detener el sangrado. Las alarmas suenan cuando bajan de las 100.000 por milímetro cúbico. Yo estaba en aquel momento alrededor de las 45.000 y dicho número seguía bajando. Debía evitar llegar a descender hasta las 10.000 plaquetas, y para eso solo podía alimentarme lo mejor posible.

El momento clave del dengue hemorrágico, según me explicó la doctora Johns, es cuando remite la fiebre. En las siguientes 24 horas puede producirse un shock hemorrágico cuya devastación dependerá del número de plaquetas en sangre. Si el ataque te coge en el hospital pueden encargarse de ti, pero si te engancha en casa seguramente la fría dama se acerque a tu lecho.

De dicha guisa me enfrenté al guiso de aquella Nochebuena. Sopa insípida con algo de pasta y cerdo hervido. No había manera de engullirlo, pero me forcé a ello. Me esperaban días bastante duros y comidas aún peores.

 

A la espera de remitir la fiebre del dengue hemorrágico

 

Comida enfermo dengue

Alimento para combatir el dengue. En la cena de Nochebuena tuve al menos el plato más apetecible de todos los que vendrían después

Lo mejor de aquellos días fue la compañía. En mi primera noche a la víspera de Navidad, una horda de salvajes alcoholizados se presentó en mi habitación para festejar la Nochebuena conmigo. Venían de cenar y de beberse hasta el agua de los floreros en el restaurante de Ekkamai donde solemos juntarnos cuando somos muchos. Trajeron regalos y un tremendo hedor a whisky. Todos gritaron como energúmenos en el hospital y Mr Ma casi se desploma en una camilla. Al salir fingió ser chino y no tailandés para evitar reprimendas. Cómo amo a esos tipos.

La compañía de quienes iban y venían fue lo que me alegró los siguientes días en el hospital, jornadas de las que conservo un recuerdo extraño. Cuando me tomaba la dosis de Paracetamol lograba estar medianamente lúcido durante tres cuartos de hora, pero el resto del día lo pasaba con el cerebro martilleado y los huesos clamando al cielo. Era extenuante. Se me taponaba la nariz con sangre reseca y se hacía difícil lo de respirar.

Mi único esfuerzo físico del día a día era visitar con frecuencia al señor Roca que en estos lares es el señor americano -en Tailandia casi todos los lavabos los fabrica la compañía nipona American Standard-, tratando de no caerme por el camino. Pero eso era lo fácil, la tarea compleja era engullir la comida que me ponían.

“Has de comértelo todo, de la alimentación dependerá que puedas afrontar mejor o peor la posibilidad de shock hemorrágico”. Recordaba esas palabras de la doctora Johns cada vez que trataba de meterme en la boca los menos apetecibles manjares. Sopa de arroz con trozos de cerdo hervido al vapor, papillas de un color extraño o una especie de pastel de huevos con sabor a nada.

Comida hospital Tailandia

Mi sopa de arroz con cerdo hervido. Me encantaría decir que acabé cogiéndole cariño. Desgraciadamente, no fue así.

Las enfermeras estaban siempre pendientes de mí, midiéndome la temperatura y la presión constantemente. Fueron encantadoras, pero mi favorita era Nat, una alta jabata morena mucho más corpulenta que mi compa Miguel el marino. Ella se encargaba de bañarme tres veces al día, y cada vez que la veía venir no sabía si temblar o alegrarme.

Durante un eterno cuarto de hora, la enfermera Nat dejaba mi camilla como un manantial. Cubría el colchón con un plástico y me regaba como si yo fuera una planta, rociándome agua muy fría encima. Luego, extendía sobre mi piel una enorme toalla helada y la frotaba por todos los recovecos de mi cuerpo. Más que masajearme parecía que me manipulase como si yo fuera un saco de patatas en un camión.

Aquello me recordaba a la historia que siempre contaban un par de amigas del norte de España. Una noche, me narraron cómo a un amigo suyo, esquilador de ovejas, le pedían que les realizara el proceso de esquilado sobre una cama cuando las mozas norteñas iban de éxtasis hasta las cejas. Según ellas, el vaivén que representaba el movimiento del esquilado, con el globazo que arrastraban, era una inexplicable experiencia psicotrópica impregnada de cierto aroma rural. Cuando menos el relato sonaba muy auténtico.

Y cuando la forzuda de Nat me movía de un sitio a otro en el hospital, yo me acordaba de las damas esquiladas, solo que la enfermera le añadía al proceso unas palmadas de luchador de sumo que ni las de Honda en Street Fighter II. El punto psicotrópico tampoco faltaba, pues si bien yo no soy dado a las sustancias ilegales, de pelotazo andaba sobrado en mi periplo febril con el mosquito de marras.

dengue plaquetas

Así pasaron los primeros cuatro días en el hospital tras la Nochemala. Cada mañana, recibía la noticia de que mis plaquetas seguían bajando. Llegué a tener un valor preocupante de solo 12.000, a las puertas del límite que me habían comentado, pero en mi quinto día en el hospital el total de plaquetas subió por primera vez, aunque solo un poco.

La recuperación ha comenzado —me anunció la doctora Johns aquella mañana, luciendo la misma risueña expresividad con la que podía anunciarte que tenías dengue hemorrágico o que estaba todo bien.
—¿Significa eso que ya pronto no tendré fiebre?
—Quizás mañana ya no tengas fiebre, será el momento en que debamos controlarte mejor.

Aquel día, sin embargo, fue el peor de todos. Como si la infección quisiera morir matando, el dolor de cabeza se intensificó y, unido al cansancio acumulado, me dejó temblando hasta bien entrada la noche. Pero después de la cena empecé a sentirme mejor y cuando la enfermera Nat me despertó para el baño nocturno, con la misma sonrisa bonachona y blandiendo su jarra de agua helada, la fiebre estaba remitiendo.

Aún me quedé un día más en el hospital. Lo paradójico fue que aquella jornada era en la que más peligro corría mientras que también fue cuando mejor me encontraba. En todo momento me tomaban el pulso y la tensión, y las enfermeras vigilaban mi estado en todo momento. Yo leía algunos relatos de 20 brotes sin pensar en brotes infecciosos y sonreía; ya no había enanos de la tierra media martilleando dentro de mi cabeza.

El momento más crítico de un dengue hemorrágico es cuando tu cuerpo está venciendo la enfermedad por la escasez de defensas que ha generado la enfermedad. Por eso, la mejor manera de pelear contra la enfermedad es siguiendo la dieta estricta y evitando las hemorragias, para así llegar a dicha situación en el estado menos lastrado. En caso de que se produzca el shock hemorrágico, mejor que te agarre en el hospital. No fue mi caso, por lo que el 31 de diciembre abandoné la camilla. Eso sí, incluso levantar una mano me suponía un esfuerzo titánico.

 

Finiquito de una enfermedad tropical casi augurada

 

Enfermo de dengue recuperado

Siete kilos menos y unas ojeras de campeonato tras sufrir el dengue hemorrágico

Los hay que tras pasar una infección de dengue dicen estar unos cuantos meses con secuelas. O que les cuesta hasta levantar la jarra de cerveza. Yo tuve suerte, a los tres o cuatro días de estar en casa ya me vi en buen estado y en muy poco tiempo me vi volando a China con los horarios cambiados sin problema alguno. No me puedo quejar.

Perdí unos siete kilos y por suerte mi bolsillo no sufrió percance alguno, el seguro médico se encargó de los gastos. Algo más de mil dólares en aquel momento al cambio. No me llevé más que algunos analgésicos a casa, aunque sí los buenos augurios de la doctora Johns y todas las enfermeras. Volví a verlas unos meses más tarde al acabar hospitalizado por una bacteria estomacal y seguían acordándose de mí.

Factura hospital Tailandia

Algo menos de mil euros por una semana de hospitalización para tratar una infección de dengue.

Quizás Tailandia es uno de los mejores países donde pasar una infección de dengue si has tenido la mala fortuna de toparte con el mosquito del mal. Por un lado, la experiencia que tienen en el Sureste y en otros países tropicales para combatir la enfermedad es enorme. Y, por otro, los hospitales son asequibles por estos lares y además su calidad es notable.

Sin embargo, la sanidad en Tailandia tiene los mismos problemas que aquellos lugares donde el dinero y el sector privado tienen la voz cantante en temas médicos. Me he encontrado a fantásticos médicos en el Sureste Asiático, muchos de ellos de gran vocación. Pero también me he topado con otros que por arañar unos bahts de más son capaces de alarmarte con supuestas complicaciones que luego no existen para tratar de hospitalizarte o te atiborran a antibióticos que no necesitas y que solo servirían para destrozar tu flora bacteriana.

¿Un ejemplo? Frente a dolencias que se suelen tratar con Ibuprofeno a mí me han recetado Celebrex, un potente anti inflamatorio cargado de efectos secundarios. ¿El motivo? Se factura a casi diez veces el precio de los medicamentos más extendidos, y eso me ocurrió en el prestigioso Samitivej. Peor es el caso de los antibióticos en demasiados centros médicos, a muchos pacientes les han inflado a tratamientos sin la confirmación de que tuvieran infección bacteriana solo para que lo que se inflara de verdad fuera la factura. Problemas que ocurren cuando la sanidad es un negocio en primer lugar y los médicos cobran comisiones a destajo.

Y pese a todo ello, yo he de agradecer el trato de la doctora Johns frente a mi infección de dengue. Además de lamentar que se llevara su sonrisa de piedra lejos de Theptarin. Es más, casi siempre que he ido a dicho hospital me he encontrado con grandes profesionales y un trato excelente.

¿Abandonaría Tailandia si me encontrara frente a un problema grave de salud? Eso nunca se sabe. A nivel general, estoy muy satisfecho con la sanidad tailandesa. Sobre todo si la comparo con los abultados precios de países como Singapur o con la falta de medios de Filipinas y otros destinos.

Lo que sí he de decir es que esta extensa historia empecé a escribirla en diciembre y si he tardado tanto en publicarla es debido a que este año también se me complicó lo de la salud, por lo que no estaba de humor para publicar este relato. Durante casi un par de meses sufrí unos problemas de próstata y de testículos que cercenaron mi prevista marcha a Filipinas durante un tiempo y me dejaron al pelado en mal estado. Y es que parece ser que las partes bajas serán mi talón de aquiles, ya que si antes fue la trasera ahora es la que cuelga. Pero qué sé yo, espero que tras haber sufrido un annus horribilis, que empezó con un dengue y acabó con una fístula anal, ahora no le toque el turno a un año de pene. Digo de pena.

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2 comentarios

  1. Fernando dice:

    Enhorabuena Luis, por el estupendo artículo y por haber salido airoso de tus percances de salud.

    Conozco varios casos a los cuales les han “encontrado” tumores y otros numerosos males, y posteriormente descubrieron que no eran tales, al pedir segundas opiniones, o bien en diferentes hospitales, o bien enviando radiografías a sus médicos en España.
    En dichos casos por suerte lo peor quedó en tremendos sustos al decirles que tenían un tumor en el cerebro (cuando por lo visto era un defecto en la máquina de rayos x), o que debían operarle el corazón ese mismo día (cuando eran solo gases), entre otros casos variados…

    Es muy grato conocer también anécdotas satisfactorias, ya que normalmente las que le cuentan a uno suelen ser sólo las más “anecdóticas”, y no las positivas, y por ello te entra miedo de acudir a hospitales por estos lares, “por si acaso te lian”, yo lo llevo evitando desde que llegué hace 15 años, aunque por suerte de momento no he tenido sustos como los tuyos, e incluso me libré de ese mismo mosquito aquella noche…

    Me quedo un poco más tranquilo tras leerte, y no dudaré en ir a tu hospital y preguntar por tu enfermera, si un día se tuerce y debo acabar entubado…

    Un abrazo, espero verte pronto, si no el 3, a tu regreso de China.

    • ¡Gran Fernando! El único que pringó con el mosquito aquel en Pattaya fue el tonto que se quedó durmiendo al raso de madrugada. Vamos, un servidor.

      Me encantaría acercarme el 3 a lo vuestro, pero creo que será imposible porque aterrizo a última hora. Pero nos vemos pronto en Bangkok, ¡abrazo!

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