La galopante ‘juventud’ del sida en Tailandia

Templo Sida Tailandia

A algo menos de 200 kilómetros de Bangkok, existe una escuela que no debería existir. Un lugar donde niños ríen, lloran, juegan y estudian. Y aun así, no deja de ser una desgracia encontrar un sitio así. Duele el hecho de que alguien tuviese un motivo para abrir sus puertas y llenar el lugar de críos, algunos de ellos siendo aún unos renacuajos.

Porque en la Casa de los Niños de la fundación Thammarat, en Lop Buri, a los chicos no se les acoge por ser vecinos del lugar. Tampoco por sus notas, mucho menos por ser más altos o más delgados; tampoco separan entre chicos y chicas. El único requisito indispensable que pide la escuela para dejarles vivir y estudiar allí es que den positivo en VIH.

Esa pequeña y sin embargo aislada escuela tuvo que ser levantada -desgraciadamente- debido a los más de 14.000 niños siameses portadores del virus causante del sida. No en vano, Tailandia sufre el estigma de ser el país asiático con mayor porcentaje de gente contagiada por VIH, con el 1,10% de la población infectada.

Una mancha que el país más popular del Sudeste Asiático acarrea desde hace tres décadas. Y una guerra contra una enfermedad ante la que muchos prefieren mirar a otro lado, perder batallas antes que asumir el estigma que supone afrontar la realidad.

“Es cosa de homosexuales, putas y drogadictos”, dicen aún algunos, por muy rocambolesco que parezca. Incluso señalan a los afectados y los discriminan. En un país con más de medio millón de personas infectadas, sorprende que no se eduque a la gente sobre el riesgo mínimo de quienes toman los retrovirales. Prefieren aislar a quienes sufren el contagio, sacarlos de la sociedad aún sin tener culpa.

niña tailandia sida

Unas niñas ríen en su sábado de San Valentín, en la Casa de los Niños de Lop Buri. Foto: LGJ.

Los niños que juegan en el centro de la fundación Thammarat ríen y cantan. Bailan las mismas canciones pop y luk tung que cualquier otro chaval, copian las bromas que ven en televisión y celebran su día de San Valentín. En su 14 de febrero, día en que les visito, llevan pegatinas con corazones que se pegan unos a otros, que ofrecen a mí y a un grupo de personas que han ido a donarles comida. Hasta adornan con sus pegatinas a los animales que viven con ellos.

Todos llegaron allí cuando se quedaron huérfanos. O en el momento en que sus padres ya no podían encargarse de ellos. Fueron contagiados por sus padres, pero mantienen la enfermedad a raya a base de retrovirales. La escuela se encarga de que todos reciban su tratamiento.

Más allá de tomar unas pastillas cada día, son iguales que cualquier otro niño tailandés. Gracias a sus cuidadores, tienen un lugar donde aprender y reír. Agraciados dentro de la desgracia, aislados del mundo. Se tienen los unos a los otros, lejos de la discriminación. Y pese a su suerte, no deja de ser una pena que sólo puedan jugar entre ellos, que sea tan difícil que se mezclen con los otros niños del país.

 

El estigma del sida en Tailandia

 

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Un chaval escucha a sus profesores durante el día de San Valentín. Foto: LGJ.

El sida siempre fue una enfermedad estigmatizada. Un virus del que existe muchísima información, pero del que se desconoce mucho a pie de calle. Y que, en cualquier sociedad, puede hacer que al portador del virus se le señale y se le dediquen muecas de horror y de desprecio.

Quizás sea debido a que en sus albores se relacionó con la homosexualidad y la drogadicción. Y porque su principal vía de transmisión sea la sexual. Pero tras varias décadas sabiendo de su existencia, estudiándola, es desalentador que aún muchos renieguen de los portadores del virus y que los quieran bien lejos.

En Tailandia, el problema se recrudece. Con su medio millón de infectados y siendo uno de los principales focos de la enfermedad, durante estos años tendrían que haberse dado progresos notables en la percepción de la enfermedad. En su entendimiento. Pero no. Cuando la mojigatería acosa y azota a la educación, la razón queda a un lado. Y la llama del conflicto sólo encuentra gasolina.

Fue en 1984 cuando apareció el primer caso de sida en Tailandia. Valerosamente, el país hizo algo que no fueron capaces sus vecinos del Sureste Asiático. Reconoció la infección y a los siete años inició una campaña para prevenir el contagio.

Niños Sida en Tailandia

Los niños y adolescentes de la fundación Thammarat son mayoritariamente huérfanos que nacieron infectados. Otros acaban en la escuela cuando sus padres no pueden valerse por sí mismos. Foto: LGJ.

Los primeros infectados fueron, como en tantos otros lugares, hombres homosexuales. Les siguieron aquellos que cabalgaban sobre la aguja de la heroína y las prostitutas. A principios de la pasada década, la mayoría de portadores eran mujeres que hacían los bares o la calle y, a través de ellas, la infección se propagó a los hogares.

La tasa de contagio llegó a alcanzar el 1,8% de la población y el Gobierno optó por ofrecer retrovirales de forma gratuita. Mientras en Camboya o en Birmania no se sabía cuánta gente podía ser portadora del virus y dejaban morir a los enfermos de sida, en Tailandia intentaron dar solución.

¿Qué falló? La educación y la falta de información clara. Ese tema tan pendiente en la sociedad siamesa, quizás el peor de los males que ensombrecen al país. Siempre bajo su prisma religioso y su costumbre en no ofender a los demas, no perder cara e intentar mirar hacia otro lado. Todo menos mirar de frente a la realidad.

Si bien repartieron preservativos e intentaron concienciar a la gente, para frenar el avance del VIH se utilizó también el miedo. No se habló de cómo avanza la enfermedad, de las formas en que los portadores del virus pueden llevar una vida digna y normal. Tenerle miedo al sida para que la población extremase las condiciones.

Niña con sida en Tailandia

Es fácil distinguir a Ni entre el resto de niñas. Es de las más joviales, siempre está riendo, hablando con todos, y bailando cuando ponen música. En la foto, pega un buen puñado de corazoncitos en su perro favorito. Antes puso un par en mi camiseta y otro en mi cámara. Foto: LGJ.

Exteriores de la Casa de los Niños. Foto: LGJ.

Exteriores de la Casa de los Niños. Foto: LGJ.

Su estrategia funcionó atropelladamente. “Los de mi generación le teníamos miedo al sida, lo veíamos en televisión, se habló de muertes dolorosas”, explica un religioso en la treintena que asiste a los enfermos de Wat Phra Baht Nam Phu, el templo que acoge a enfermos terminales de sida. “Si algo se grabó en nuestra memoria es que se trataba de una enfermedad terriblemente contagiosa”.

Muertes y cuerpos demacrados en las noticias, la concepción errónea de un contagio muy peligroso y, para acabar de darle forma, drogadicción y prostitución de por medio. Un cóctel que caló con fuerza. Durante mucho tiempo, dio resultado. El miedo al sida paralizó el auge del VIH.

Las mujeres más afectadas acabaron por ser las inmigrantes de Laos, Birmania o Camboya que se dedicaban a la prostitución y desconocían ese miedo. Pese a la alta tasa de infidelidades que existe en Tailandia y la escasa pasión de los tailandeses por el uso del condón, el número de contagios se frenó. En 1990, la enfermedad se contagió a 140.000 personas, mientras que a finales de la pasada década rondaban los 8.000 casos nuevos por año.

La falta de educación sexual es uno de los grandes problemas de Tailandia

La falta de educación sexual, en un país tan dado a la infidelidad, es uno de los grandes problemas de Tailandia.

También, desde hace mas de cinco años, el tratamiento con retrovirales es gratuito. Aunque el Gobierno no ha podido penetrar en todos los estratos sociales. La estimación es que algo más de un 80% de los infectados siguen el tratamiento. Pero, ¿qué ha ocurrido con todos estos portadores del VIH?

Con esa falta de educación en qué consiste realmente el sida, la sociedad no estaba preparada. Muy pocos ciudadanos comunes saben que, si una persona toma los retrovirales, es casi imposible que contagie a alguien incluso con contacto sexual total. También desconocen que los contagiados por VIH pueden tener hijos que no tengan la enfermedad.

donaciones caridad tailandia

La mayor parte de los fondos que recibe la escuela proceden de donaciones privadas. Foto: LGJ.

Igual que en otras partes del mundo, muchísimas personas con VIH en Tailandia viven con normalidad y no desarrollan la enfermedad. Pero, si no lo ocultan, sí que viven en la total exclusión social. El tren del progreso no se detiene por nadie en Asia y los que no pueden subirse se quedan a un lado, tirados en el arcén.

Quien reconoce que es seropositivo ha de enfrentarse al rechazo. Pasa en todo el mundo. Sólo que aquí hay un portador del virus por cada cien personas.

Sólo quedan iniciativas como las de la fundación Thammarat. Hacer de la exclusión social una comunidad. En la escuela donde todos los niños llevan la marca del VIH, nadie va a discriminar al de al lado. Y todo está bien para los que sí se subieron al tren, ya que sus hijos no tendrán que jugar en el mismo patio que los muchachos de la Casa de los Niños.

 

El VIH se ceba con los menores

 

Niño tailandia VIH

El Rey de corazones en San Valentín. Al menos, a quien más pegatinas le pusieron en la cara el pasado sábado. Foto: LGJ.

El miedo al sida funcionó en su momento. Pero los contagios se siguen produciendo. Precisamente, con mucha fuerza en las escuelas, entre todos esos adolescentes que no saben de sexo ni de sus posibles consecuencias. Porque de los 10.000 contagios anuales, el 40% se producen entre chicos y chicas que aún van al colegio.

Todo por la fijación de las autoridades tailandesas por esquivar la educación sexual. En un país considerado el burdel más popular del planeta, aún se sigue hablando de que la virginidad se ha de perder en la noche de bodas. Y los que están en el poder son los mismos que dicen que si más de la mitad de los adolescentes mantienen sexo regularmente es, precisamente, por la existencia de condones.

Jamás irá alguien a una escuela a explicar a los adolescentes cómo han de usar un preservativo. Tampoco les hablarán de venéreas. Y cuando alguien propone instalar máquinas expendedoras de condones, la recta moral tailandesa les prohíbe el paso. ¿Conclusión? Las cifras antes mencionadas de contagio y también 200.000 embarazos no deseados entre adolescentes al año.

niños tailandeses bailando

Bailando al ritmo de luk tung. Las risas y la diversión en la Casa de los Niños. Foto: LGJ.

Perdidos en este sinsentido, los nuevos guardianes de la moral religiosa que rigen el país, los militares que llegaron sin que nadie les votase, siguen apelando a lo mismo. En lugar de mirar de cara a la realidad, se pierden en el discurso conservador y tradicionalista. Haciéndole un flaco favor a la gente.

Para el pasado 14 de febrero -fecha que muchos adolescentes se reservan para perder la virginidad-, los oficiales pidieron a la muchachada que no practicasen sexo, que no tocaba, y que se fuesen al templo a rezar. Vamos, lo que sería una ducha fría en plan budista. Les podría decir alguien lo que ocurre cuando le prohíbes algo a un niño.

Siguiendo con los sinsentidos, ante el hecho de que el 43% de los adolescentes no usen condón y que las venéreas se hayan quintuplicado entre los chicos y chicas de 10 a 19 años en una década, el Ministerio de Salud le echó la culpa a los condones. Dijeron que la culpa es de los preservativos, que son demasiado grandes y avergüenzan a los muchachos, por lo que deciden dejar de usarlos.

breakdance tailandia

Los niños y adolescentes de la fundación Thammarat también practican y bailan ‘breakdance’, una pasión entre los jóvenes siameses. Foto: LGJ.

Mientras sigan echando la culpa al tamaño de los mini-yo de sus adolescentes y no quieran educar a los jóvenes en relación al sexo, dudo que el Ministerio de Salud pueda cumplir su plan de reducir el número de contagios en cinco años.

Porque el VIH no es algo reservado exclusivamente a grupos marginales como quieren vender -a veces aparecen pseudo-estudios que afirman la mitad de las ladyboys están infectadas-, sino que le puede pasar a cualquiera que no tome precauciones. Y para que se protejan, antes hay que educar.

Tampoco opino que anunciar que Tailandia eliminará el sida en tres quinquenios sea posible. Aunque intenten vender humo con artículos populistas en prensa. El Gobierno, en lugar de llenarse la boca hablando de que sólo en Siam todo el mundo tiene acceso a los retrovirales gratis, podría plantearse entregar el tratamiento a las mujeres birmanas que lo solicitan en lugar de negarse. Sobre todo teniendo en cuenta que suelen dedicarse a la prostitución más barata, la que no necesita condón y que llama a los hombres tailandeses de menos recursos.

 

Templos y budismo para los enfermos

 

Wat Phra Baht Nam Phu sida tailandia

El altar en el templo Wat Phra Baht Nam Phu. Los sacos que se ven detrás son los restos humanos incinerados de los enfermos de sida que murieron en el templo.

La Casa de los Niños de la fundación Thammarat se financia gracias a donaciones anónimas, pero también está ligada estrechamente con la religión. Forma parte de la iniciativa social del templo Wat Phra Baht Nam Phu, conocido por ser el templo y hogar para enfermos de sida más publicitado del país. Los pacientes reciben atención gratuita hasta el tramo final de sus vidas.

El templo, a unos 40 kilómetros de la Casa de los Niños, fue una iniciativa religiosa creada en 1992, cuando el Gobierno no daba abasto antes los enfermos de sida. Allí, monjes y médicos voluntarios -los dos únicos extranjeros son una pareja de holandeses- aceptan tanto a enfermos como a casos terminales. Les administran los retrovirales y cuidan también de los que están en la fase final de la enfermedad.

La labor es sin duda loable. No creo en la religión como salvación de males, pero si el budismo tailandés quiere mostrar su benevolencia al mundo de esta forma, lo aplaudo. Porque se benefician los 2.000 pacientes que viven allí. El templo los separa en una zona para hombres, otra para mujeres, una tercera para familias y una planta especial donde pasan sus últimos días los enfermos terminales.

Una parte de los 100.000 bahts mensuales que reciben por parte del Gobierno y de donaciones privadas también se destinan a la Casa de los Niños. Es más, cuando son adolescentes y han de abandonar la escuela pueden ir a Wat Phra Baht Nam Phu y residir hasta que son ancianos.

Niñas Tailandia

Foto: LGJ.

Es una bendición para los chavales de la Casa de los Niños que exista un lugar así. Y también una desgracia. Porque aún siendo felices y teniendo un lugar para huérfanos, la sociedad no está preparada para entender que los niños, si siguen su tratamiento, son niños normales.

Quizás en un futuro Tailandia logre sacarse de encima su moralismo y sea capaz de hablar directamente a su pueblo, de educar pensando en el futuro de sus gentes y no en su tradición budista y en el qué dirán. Parece complicado a corto y medio plazo, pero nunca se sabe. Mientras, habrá que conformarse con las risas de los niños que acoge la fundación Thammarat. Cuanto menos, los muchachos tienen una vida digna y feliz. Aislados del resto del mundo, pero una buena vida al fin y al cabo.

Un niño corre y juega, feliz, en su 14 de febrero. Foto: LGJ.

Un niño corre y juega, feliz, en su 14 de febrero. Foto: LGJ.

Nota: Todas las fotos que aparecen en este reportaje fueron realizadas en una visita a la Casa de los Niños y al templo Wat Phra Baht Nam Phu durante el pasado sábado 14 de febrero. Los tutores de los chicos dieron su permiso para poder ser publicadas, ya que demuestran lo más importante de estos chavales: que son sólo niños normales.

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3 comentarios

  1. Aaron dice:

    Dicen que el sida es una enfermedad producida en unos laboratorios. Nos quieren castrar a todos.

    http://elpais.com/diario/1986/10/27/sociedad/530751609_850215.html

  2. Titus dice:

    Que pasa Luis, no había visto este post. El trato a los sidosos en Tailandia, en especial a menores de edad, es terrible.
    No se si has estado en Wat Pra Baht Nam Phu, pero yo al menos tengo intención de ir algún día. Me entere de su existencia por una foto de una adolescente que estaba en los huesos, Nok, dando la mano a un voluntario antes de morir y desde entonces se me quedó grabada a fuego en mi mente.
    Es una experiencia que en parte me da algo de miedo emocionalmente pero sin duda algo que te va a llenar mucho mas que ir a un jodido resort.
    Un abrazo crack.

  3. Maria dice:

    Hola es muy triste saber tanto dolor en muchas personas a causa de esta terrible enfernedad…siempre rezare x todos uds y k dios les de las fuerza y la resignacion para esta lucha diaria…dios ilumine sus dias

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