Sabes que llevas demasiado tiempo en Tailandia cuando…

Mercado de Bangkok en On Nut

Vivir en Tailandia no es como estar en casa. Te cambia. Y eso es bueno. Porque bajar a hacer la caña al bar de Paco y comer sus grasientas tapas tiene su gracia, por supuesto, pero no puedes estar toda la vida a base de bravas y chocos.

Lo que ocurre es que quizás entonces te vuelves un tipo raro. Tan raro como ven los hombres de ojos redondos a los de rasgados párpados. Y un día te despiertas para darte cuenta de que han cambiado un montón de costumbre en tu vida y que tu rutina es más pintoresca que la de una ladyboy brasileña que hace vida en las Ramblas de Barcelona.

¿Qué es lo que te hace notar que vivir en Tailandia ya se ha vuelto una rutina?

  • Te levantas y tu desayuno es un plato de arroz o, mucho mejor, una sopa de fideos. Ponle más picante por favor.
  • Empiezas a colgar perchas en las agarraderas de los asientos de atrás en tu coche, con tus camisas y tus americanas. Pones una papelera en el vehículo y tienes a mano tenedor y cuchara por si hay que comer allí. Nunca más respetas un paso de peatones.
Mickey Mouse en coche de Bangkok

Ojo a los dos porta-matrículas de Mickey Mouse. Están muy de moda, pincha en la imagen para verlos de cerca.

 

  • La calle hierve a 35 grados de humedad, pero tú llevas tus tejanos largos y tu mejor camiseta. Cuando ves a un occidental con sus pantalones cortos y su mochila a cuestas le llamas farang. Sin acordarte que tú también llegaste así al país.

 

Blanco nuclear para vivir en Tailandia

 

  • Si vas a la playa, te gusta quedarte a la sombra. Es más, nunca más vuelves a salir al sol, odias la piel morena y quieres estar blanco. Ya no te gustan las chicas morenas, prefieres mirar a las blancas de piel. Aunque no a las inglesas lechosas.
  • En el gimnasio vas sin chanclas, eso de los hongos (espero) es un mito. Y por supuesto, nada de desnudarse en público. Cuando el extranjero se queda en bolas le miras con mala cara. Has de quitarte la ropa interior con la toalla envuelta en la cintura.
  • Para vivir en Tailandia y salir a la noche, siempre te pones tu americana. Y eso que el termómetro sigue en 30 grados. Lo importante es vestir con estilo, aunque tus compatriotas te miren con horror, enfundados en sus camisetas de tirantes.
  • Duermes con un nórdico que en España sólo en invierno y pones el aire acondicionado a 19 grados. ¡Qué bien se duerme resguardándote del frío en la cama!
  • Si estás de vacaciones en España, te molesta que en el metro haya gente que no sepa que es necesario ducharse tres veces al día. De hecho, estás muy enfadado porque los hay que ni se duchan.
  • ¿Cómo es posible que en España huela tanto a porro? ¿No se dan cuenta de que si te pillan con algo te vas a la cárcel directo o sobornas a la policía con mil euros? Ah, vale, que eso sólo pasa al vivir en Tailandia.
Hay Day en el metro de Bangkok. Vivir en Tailandia

Hasta los oficinistas respetables de buena edad van en el metro cuidando de su granja virtual.

  • Sabes cómo funciona Hay Day, el maldito juego de la granja para iOS y Android. Tus amigos juegan. Los hombres y mujeres sensatos también lo juegan. Y conoces a parejas que han roto pero aún comercian en sus granjas digitales, pese a no responderse las llamadas.
  • En la discoteca pides botella y te la guardan, ¡qué menos! Son las 23 horas y ya te has hecho una fila de cubatas, la noche se va a hacer larga…
  • El mejor momento de la noche, claro, es cuando te comes una sopa de fideos antes de ir a dormir a casa. Con la chica que has conocido esa noche. Los fideos son como el preservativo, innegociables y obligatorios.
  • Si ves a una pareja besarse en la calle te sorprende. Y en la discoteca ni se te ocurre ponerle el morro a una chavala, para esas cosas se necesita privacidad.
  • Para ti, 7 Eleven es el principio y el fin de todo. Pruebas todas las bebidas (sobre todo las energéticas) y todos los arroces que venden ahí. Cualquier día a las dos de la madrugada te haces una escapada al que está delante de tu casa.
  • Y sobre todo, al vivir en Tailandia hablas de lo genial que es vivir en Tailandia. Y de las pocas ganas que tienes de volver a casa.
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13 comentarios

  1. oscar dice:

    7 eleven dominara el mundo!

  2. Eli dice:

    Ayer descubrí tu blog… ¡Y me encanta!

    Me gusta tu manera de escribir y contar lo que vives para que los que no estuvieron puedan sentirse un poco más cerca de una ciudad que, sin duda, apetece conocer (y ahora más).

    Solo compartimos 4 meses en El Mundo, pero el talento no necesita mucho tiempo para apreciarse 🙂

    Te seguiré leyendo!

    • ¡Mil gracias Eli!

      No sabes la ilusión que me hace tu comentario. Me alegro de que te guste, si lo disfrutas leyendo ya me sirve.

      Qué recuerdos de aquellos tiempos cuando aún éramos becarios, ¡va a hacer siete años!

  3. Iñaki dice:

    Muy buen relato, la verdad es que lo clavas, jaja, en todas ellas me he sentido identificado, al menos un poquito… Me permito añadir una de cuño propio, para los que nos movemos en moto y no coche. Ahí va: Te das cuenta de que vives en Tailandia cuando conduciendo por una calle cualquiera con tu moto, otra moto llevada por cualquier local (o grupo de ellos) se te cruza sin avisar justo a medio metro, dándote el tiempo justo justo para frenar, si es que ibas atento, en el último nano-segundo. Acto seguido, miradas que se cruzan y tímidas sonrisas a modo de disculpa te hacen pensar que: 1- No es necesario enfadarse y hacer uso del claxon sonora y escandalosamente o cagarte en la “mare que et va a parir” como haríamos en la piel de toro. 2- Simplemente con frenar y devolver la sonrisa será suficiente para que lo que podía haber sido un choque serio se quede en mera anécdota que luego puedas contar en un Blog de expatriados.

    Muy buen post, recibe un saludo!

    • ¡Muy bueno Iñaki! Eso es de lo mejor, que al final todo se arregla con una sonrisa. Muchos dirán que son unos falsos, pero yo lo prefiero así. Si tienes cualquier percance, sonríes y sigues a lo tuyo. Creo que para el estrés es mucho mejor.

      ¡Saludos!

  4. Victor dice:

    Me llamo Victor, tengo 27 años y me ha encantado el post. Quiero ver si me podéis ayudar entre todos los que dejasteis vuestra vida aquí para ir a Thailandia. Somos una pareja de Barcelona que desea irse a vivir a Thailandia. Los dos tenemos trabajo aquí pero trabajamos para vivir.. Vamos como muchísima gente. Pero cada vez la cosa está peor y bueno nos gustaría que fuéramos “asesorados” por alguien que vive allí y planear con tiempo nuestro viaje de ida para no tener sustos inesperados. Buenos consejos, nivel de vida necesario, trabajo, visados, etc…lo básico para aclimatarse y el tiempo necesario. Por el momento nos gustaría vivir a las afueras para estar tranquilos, pero todo depende del trabajo, etc..

    Gracias de antemano!

  5. BRUNO dice:

    Estimado amigo Luis,

    Hace ya casi un mes desde que, googleando “material muay thai Bangkok” aterricé por casualidad en tu Bizarre Planet. Se convirtió entonces en mi única guía práctica, junto a los comentarios de amigos, para la preparación de esas navidades surasiáticas, aunque también pillé la biblia azul haciendo tiempo en Barajas. Y ya que nos llevas de la mano a Action Zone intentaré aprovecharlo; en cambio el otro sitio (¿Power Sport?) me parece de momento geográfica y lingüísticamente fuera de mi alcance para una primera estancia.

    Llevo desde entonces con ganas de escribirte y felicitarte. Si bien lo hago tarde, lo hago probablemente mejor, o por lo menos de manera más interactiva ahora que vuelvo a Suvarnabhumi Airport 24horas justas después de mi llegada, esta vez de camino hacia las playas del sur.
    24 horas para recuperarme del jetlag, tomar el pulso dominical de la capital, y medir mi grado de siamo-compatibilidad, bizarra o no. 24 horas ¿acaso llevaré ya demasiado tiempo en el reino de las sonrisas educadas y pistolas escondidas?

    Pues mal había empezado. Años deseando este viaje, meses haciendo mis laboriosos pinillos en muay thai, semanas de lecturas tuyas sobre los entresijos de la vida y del alma de este pueblo, esta larga preparación mental estuvo al punto de irse al traste en el último momento y hacerme aterrizar peor que como un farang, como un E.T.
    Poco amigo de reducir el séptimo arte al tamaño de un Tablet, fue solamente hacia el final del largo vuelo que, vencido por el aburrimiento terminé echando mano del vídeo. Una nutrida selección de tonterías, pocas destacaban. Me había perdido en el cine el taquillazo del año en España: “Ocho apellidos vascos”, bueno, por fin la ocasión de verlo… tremendo error. Inicialmente me costó trabajo encontrarle la gracia a esas exageradas caricaturas pero poco a poco, me fue pasando lo mismo que con las chucherías de un “sewen” local: empiezas haciendo la mueca pero luego no puedes parar. Después de tantas horas con el trasero torturado por el asiento el aterrizaje me llegó demasiado pronto y fue con los demás pasajeros levantándose para salir que con la muerte en el “arma” abandoné en la iglesia a nuestro “Antxón” costalero y a su novia abertzale. En los largos pasillos de Suvarnabhumi resonaban en mi interior los casticismos contrapuestos de la Iberia más profunda y me sentía más ibérico que si me hubieran criado con bellota. Y eso que yo si que soy un farang, etimológicamente hablando. Bueno, ma non troppo, pero eso es otro asunto…
    ¿Iba a saludar al oficial de inmigración con un sonoro y desplazado “Agur!”? Tal vez reforzado, por mi desgracia y perdición, por una viril palmada en la espalda genuinamente vascongada? Afortunadamente, la visión celestial de las chicas encantadoras de sonrisa discreta, voz suave y delicada y cortesía exquisita me reubicó rápidamente: desde luego, eso ya no era Euskal Herria.

    Llegando al alba al hotel, pasada la medianoche centroeuropea que extrañamente nos toca, me resultó fácil superar la primera prueba y desayunar con una reconfortante sopa, y arroz con pollo picante. Reventado de sueño, superé con igual naturalidad la segunda al abandonar a la rubia clientela la piscina a orillas del Chao Phraya para dormir profundamente como realmente se descansa: bien tapadito por el edredón que te protege del frescor artificial a tope. Para desperezarme, un paseíto por el barrio sin más interés que el primer 7-eleven que se me cruzó por el camino y algún brebaje de café para recuperar la suficiente lucidez para decidir la próxima etapa.

    Criado en una cuidad mediterraneísima con gran tradición de mercadillos, les tengo un cariño y afición particulares. Al leer en el “azul” sobre Chatuchak, ya tenía claro cómo empezar este domingo tropical. Siendo más friolero que un papú en Alaska, nada mejor que un buen polo, jeans bien gruesos y sneakers calentitos para enfrentarme al calor y al hedor de la inmensa sección mascotas, donde encontré lo único que hubiera querido llevarme de todo el zoco: esos increíbles peces multicolores. Eso dicho, este largo paseó me encantó: la completa inutilidad y falta de calidad de la inmensa mayoría de los artículos expuestos me confirmó que se trata de un sitio de lo más auténtico: como buen marcadillo que se precie, casi su único interés reside precisamente en el bullicio, en la multitud de vendedores, compradores y demás transeúntes. Los productos no son más que un pretexto para provocar este encuentro. Óptimo primer acercamiento.

    Me quedaba un rato antes de la velada en el Rachadamnoen, así que después de haber llegado en taxi, vamos a ver ahora este metro pa´l centro. Poco vi de Sukhumvit. Nada más salir mi instinto de viajero y cazador etnológico me susurró que había descubierto el hábitat natural de los tristes ricos de las telenovelas que había oteado distraídamente en el hotel, o más bien de sus admiradores y pretendidos imitadores. La madriguera en cuestión tenía la forma de un brillante shopping mall del nombre sorprendente de Terminal 21.

    Una vez superado el trauma inicial de verme saludado al entrar por un uniformado que se me cuadró haciendo el saludo militar, angustiado por la eventualidad de tener que reciprocar, me vi rápidamente recompensado. Desde este terminal la Bangkok centro-urbanita, asumiendo sin tapujos su kitsch y su pijería, despega confiada hacia la postmodernidad globalizada, hacia el occidente tan raro como fascinante.
    Una gran capital por tema de cada planta, entramos por una Roma hollywoodiana de falsas columnas clásicas falsamente derrumbadas al estado de falsas ruinas a los pies de falsos dioses. Hinchado de un paternalismo condescendiente hacia tanta ingenuidad y mal gusto, lo entendí todo al acercarme a esta Vespa más vieja que la mía, orgulloso símbolo de mi latinidad reivindicada, frente a la cual una señora en hijab intentaba calmar a sus niños, felices motoristas por un momento.
    Nosce te ipsum? Damn right, buddy, y eso es el propósito de todo viaje. Nuestro ilustre antecesor Kerouac tuvo su satori en París, la revelación interior me llegó en la Roma de cartón piedra de Sukhumvit. Este chaval a mi lado era yo, con sus ojos rasgados, su pelo teñido de rubio castaño, su piel cuidadosamente clara, él era yo, y era nosotros en L.A., París o BCN, con nuestras clases de muay thai o de kendo, nuestros sushi al almuerzo, nuestros tatuajes extremo-orientalizantes, nuestros bambúes de plástico, nuestros panteón de dioses multi-brazos o sentados en loto que venden copas caras con música lounge en las playas malagueñas o seguros de hogar en Berlín. Hasta el punto que el mismísimo santo nombre de Buddha ya parece sacado del catálogo de Ikea.
    Olvidando mis pretensiones de street food, bebí este trago hasta el final cenando junto a mis compañeros de clase sociocultural siameses en el teppanyaki del sótano.

    Persistía este K.O. anímico en el taxi hacia el Rachadamnoen. Abandoné las entradas caras a la platea rubia y lechosa en gran uniforme de gala en el que no faltaban ni las chanclas ni la cerveza para zambullirme en la grada donde los gritos y comentarios de los aficionados ritmaban los combates igual que la música. Decididamente, los contrastes y paradojas de esta Tailandia no son ni mayores ni peores que los míos propios. Tal vez viviéndolos y disfrutando de ellos aquí pueda por fin llegar a aceptarlos dentro de mí.

    Viaje y jetlag me impidieron enfrentarme a mis contradicciones nocturnas y alcanzar tal vez la plena y suprema siamitud. Pero sin manivela, porfa.
    Las 24 horas no dieron más de sí, y después de todo, nadie es perfecto como bien se replicó a Jack Lemmon, que de juergas entendía un rato…

    • ¡No veas, Bruno! Has explicado aquí con pelos y señales tu aterrizaje en el Reino. Gracias, sobre todo, por dejar aquí tus impresiones.

      Sin duda, curioso eres un rato. No dudo que habrás disfrutado de ese primer encuentro con Siam, además de todo lo ocurrido posteriormente. Los detalles que dejas me han identificado en algunos momentos y me han arrancado alguna sonrisa. No eres el único que tuvo que ver ‘Ocho apellidos vascos’ en un vuelo, yo la tenía descargada y la vi en mi portátil en un vuelo largo. Me pareció mala, pero tiene situaciones de tópico que me hicieron gracia. Y sobre todo la acabé enterita.

      Lo que cuentas es una llegada como ha de ser a Tailandia. Sorprendido por todo, y viendo las diferencias entre lo que uno imagina al llegar a Asia y lo que hay en realidad. Eso mismo que comentas de nuestro Muay Thai y nuestro sushi es como para los asiáticos lo de la Vespa o la torre Eiffel.

      Una pena que ese domingo no pasases por el estadio del Channel 7 a ver los combates, son una pasada y está al lado del mercado de Chatuchak. Donde, por cierto, yo voy de vez en cuando y nunca a comprar. Es totalmente inservible lo que hay en Chatuchak, pero como mercadillo tiene su gracia. Sólo por ver gente rara y, ante todo, para comer. Mucha porquería a tres pesetas que merece la pena ser probada.

      Sigue contando cómo fue el resto del viaje. ¿Estuviste entrenando mucho? ¿Saliste de noche al final? Espero que haya un sí a todo ello…

      ¡Abrazo!

  6. BRUNO dice:

    ¿Curioso soy un rato? Así que bizarro a mi manera, y muchas gracias por darme la bienvenida con este piropo que me hace sentirme en casa entre tus páginas.

    Luis, hay un Magallanes, un Elcano en cada uno de nosotros. Debemos echarnos a la mar para experimentar en persona que por muy lejos que queramos ir, siempre volvemos al punto de salida y por muy rápido que quieras correr acabarás topándote contigo mismo.
    Había todavía algo de Bangkok y desde luego mucho de bizarro en la Barcelona en la que te criaste, antes de que se convirtiera en esta Disneylandia para guiris nostálgicos de Freddy Mercury. Tal vez sea propio eso lo que viniste a buscar, a reencontrar tan lejos en tus circunnavegaciones nocturnas, y por ese motivo te mueves en esta ciudad como pez en agua. Algunos indicios apuntan a que Bangkok también va tomando el mismo camino, pero aún queda muchísimo margen, afortunadamente.

    Me crié en las afueras de una ciudad diez veces más chica que la tuya, donde eso del extrarradio significa viñedos, olivos, monte y playa. Y no de chiringuitos con rubios borrachos y rubias atrevidas, sino de baños deportivos en calas rocosas e inaccesibles o disfrutando de la soledad y libertad de la tabla de windsurf. Y por muchos años y kilómetros que tenga uno, sigo siendo esa mezcla de beach boy y de cateto. Por necesidad y curiosidad he aprendido el lenguaje de la ciudad pero me sigue siendo un idioma extranjero, y la selva de Nana me parece más hostil y sembrada de minas que la jungla camboyana. Tú y yo no nos ahogamos en las mismas aguas.

    Nunca podría tener con Bangkok el grado de complicidad que tienes con ella. Pero podemos seguir siendo amigos ella y yo y vernos de vez en cuando, siempre pasaremos un buen rato mientras no nos hagamos ilusiones. Yo vengo de playas sureñas y vaya donde vaya siempre soy del sur, del monte y del mar.

    Gracias por hablarme del estadio de Channel 7, no tenía ni idea de su emplazamiento ni de los días de actividad. Espero en mi próximo viaje tener el gusto de ver esos combates en tu compañía después de picar algunas porquerías de 3 bahts o pesetas.

    Mi experiencia de entrenamiento está apropiadamente clasificada en tu departamento de gimnasios.

    Ah por cierto, no iba a hacer el viaje de vuelta sin ver el final de Ocho apellidos vascos…. Termina como todo buen culebrón tailandés.

  7. Aaron dice:

    Vivir en Tailandia no es como estar en casa. Te cambia. Y eso es bueno. Porque bajar a hacer la caña al bar de Paco y comer sus grasientas tapas tiene su gracia, por supuesto, pero no puedes estar toda la vida a base de bravas y chocos.

    Lo que ocurre es que quizás entonces te vuelves un tipo raro. Tan raro como ven los hombres de ojos redondos a los de rasgados párpados

    realmente todos los puntos lo dice todo………. es decir solo un ambiente diferente cambia el ambiente, es la única forma, no existe otra.

    Compatriota de lo mismo, Realmente yo pienso en eso igual a ti.

  8. perejoan dice:

    soy un jubilado que deseo desaparecer de España pero mi pension es baja y si le añado que al salir de españa piewrdo una cantidad añadida que dicen que es para igualarlo con el IPC. Y alli casarme seria un sueño,pero solo con una chica casera,no experimentada en aspectos mas sexuales de haber vivido muchos encuentros.Eso tambien esta en españa. Bueno alguien que pueda darme algun consejo con sentido comun y no ofensivo,sera de agradecer.
    un abrazo a todos/as. barcelona

    • Antonio dice:

      Mi consejo sería que antes de nada pinches en la pestaña “Guía de Tailandia” de este blog y te la leas entera, pero sobre todo la sección “Pistas para empezar una vida en Tailandia” donde hay una serie de artículos muy buenos que te aclararán muchas cosas.
      Luego ya es cuestión de preguntar por algún detalle más concreto.

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